miércoles 21 de febrero de 2024
Cara y cruz

El padre de la derrota

La inflexibilidad de Javier Milei obedece a un abordaje de la política sesgado y estático, renuente a metabolizar tanto las interpretaciones divergentes de los procesos pasados como los cambios que van produciéndose en el presente.

Es una limitación grave, porque su victoria electoral, obtenida sobre un sistema muy dañado en su credibilidad y legitimidad, abrió una etapa demasiado cargada de incertidumbres, que demanda imaginación y pragmatismo, pero sobre todo sutileza para reconocer los elementos que podrían contribuir con mayor eficacia a la edificación de un nuevo liderazgo.

El tuit con el que repudió el fracaso de la Ley Ómnibus condensa la concepción presidencial bajo el esquemático título “La Casta contra el Pueblo”.

10-1.jpeg

“Nuestro programa de gobierno –sostiene- fue votado por el 56% de los argentinos y no estamos dispuestos a negociarlo con quienes destruyeron el país”.

El tamaño del respaldo electoral que atribuye a su programa es falso. Sacó el 30% en primera vuelta y sumó en el mano a mano del balotaje contra Sergio Massa el 26% restante porque Juntos por el Cambio, que llevaba como candidata a Patricia Bullrich, ya no estaba en la cancha, y tampoco Juan Schiaretti y Myriam Bregman.

Casi la mitad del caudal que asigna al programa libertario es voto resignado y más contrario a Massa, identificado con el kirchnerismo, que a él.

A esta lectura debe añadirse que alrededor de un cuarto del padrón no concurrió a votar, lo cual reduce el 56% al 41%.

El detalle de la participación era significativo por las singulares condiciones que habían rodeado el inorgánico ascenso libertario.

Un calendario electoral hiperfragmentado que fue ratificando y alumbrando liderazgos provinciales que se proyectaron sobre el diseño de las listas legislativas nacionales, que dejaron configurado el Congreso en la primera vuelta. Era un factor de primer orden a considerar, dada la ausencia de inserción territorial libertaria más allá del área metropolitana.

Lo imperioso de diseñar una política encaminada a ampliar una base electoral de Milei, importantísima en un país tan presidencialista como la Argentina, era tan evidente como los actores que, por afinidad ideológica, podían nutrirla.

El discurso que pronunció en su asunción, de espaldas al Congreso y de cara la exaltada feligresía de la motosierra, fue un indicio de la errónea interpretación de la escena que en ese momento se subestimó por considerarlo una puesta en escena. Si había ganado contra la casta, predicando una propuesta altamente disruptiva, parecía razonable admitirle el dislate.

Pero la actitud de agresión y desprecio institucional se afianzó en sus primeros dos meses de gestión. A pesar de la cantidad de sectores y dirigentes que se mostraron dispuestos a prestarle apoyo, Milei se encapsuló en el microclima fundamentalista de su hermana Karina, el jefe de gabinete Nicolás Posse y los asesores Federico Sturzenegger y Santiago Caputo.

Cada paso hacia una coalición que le proporcionara la consistencia necesaria para gobernar fue torpedeado con tuits y desacreditaciones rabiosas.

Un caso de autosabotaje notable. Los coimeros y chantajistas ascienden ahora a la categoría de “traidores”. Además de los miembros del Congreso, forman en el bando enemigo los gobernadores.

Exacerbado en su enajenación, mientras su derrota se perfeccionaba en la Cámara baja, Milei iniciaba su gira internacional por Israel y difundía sus fotos en el Muro de los Lamentos.

A nadie puede echarle la culpa del estrepitoso fracaso que signa el inicio de su gestión. No hay precedentes de algo semejante y la paternidad por la alianza parlamentaria contranatura entre kirchneristas y antikirchneristas es indelegable.

No hay traición que alcance para justificar la estupidez y la incompetencia.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar