La necesidad que tiene Mauricio Macri de recuperar terreno en un Juntos por el Cambio que, pese a la derrota de Patricia Bullrich, retiene una significativa presencia en el Congreso y duplicó el número de gobernadores, confluye con la de un Javier Milei que autoanuló sus posibilidades de construir alianzas de cara al balotaje. Esta concurrencia podría explicar en parte la humillante reconciliación de Bullrich con el libertario instigada por el expresidente, que desistió de competir amilanado por el arduo trabajo que le hubiera demandado remontar las encuestas adversas y fracasó en el intento de entonarse encumbrando a su ahijada.
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El dinamitero loco
Milei quedó debilitado y a merced de Macri debido a un amateurismo político que, de ser su principal activo para capturar votos en una sociedad tramada por la depresión, el hartazgo y la rabia, pasó a techo electoral.
El libertario se estancó en el 30% de las PASO, mientras Bullrich se desplomó y Massa sumó más de 3 millones de sufragios.
Macri es su último recurso, porque es prácticamente el único miembro de la fauna política al que se abstuvo de agraviar. Los calificativos que descargaba contra Bullrich abren inmensos interrogantes sobre los efectos que tendrá el inesperado idilio que inició con ella apenas 48 horas después de las elecciones, tras una reunión secreta en la casa de Macri.
De montonera, terrorista y asesina alucinada por la violencia que no trepidó en poner bombas en jardines de infantes, la frustrada candidata mutó a aliada potable.
A Horacio Rodríguez Larreta lo tildó de cucaracha socialista solo útil para ser aplastada.
A los radicales, de traidores y herederos de Raúl Alfonsín, el peor presidente de la historia a su criterio y padre de la hiperinflación, no de la democracia. También reniega de Hipólito Yrigoyen, fundador del populismo según su singular interpretación de la historia nacional, aunque ahora recomienda a los boinablancas retomar la línea de Leandro Alem, que vaya a saberse cómo interpreta. Marcelo Torcuato de Alvear, Ricardo Balbín, Arturo Frondizi, Arturo Illia no existen: tiene que remontarse a las postrimerías del siglo XIX para rescatar algo de la UCR.
De la izquierda no puede esperar nada. De Elisa Carrió y otros sectores aliados a Juntos mucho menos.
Para arrebatarle el voto militar y de las fuerzas de seguridad a Bullrich, incurrió en la negación de los crímenes de la dictadura militar y retomó la defensa esgrimida por el siniestro almirante Emilio Massera en el juicio a las Juntas, lo que lo priva de cualquier posibilidad de acercamiento con las organizaciones de derechos humanos y el progresismo.
En síntesis, más que operador de motosierra, Milei fue un dinamitero loco. Llevó las descalificaciones a todo el que no concordara con él a un brutal punto sin retorno. Y así quedó a merced de las maquinaciones de su admirado expresidente Macri.
Solo Bullrich estuvo dispuesta a someterse a la farsa de una reconciliación inverosímil, arrastrada por unas estrategias de Macri de un barroquismo que las torna indescifrables desde el punto de vista político. Luego se empezaron a sumar otras dirigentes, en una sangría de individualidades que contrasta con el rechazo institucional de todos los partidos integrantes de Juntos salvo el PRO.
El factor determinante para decidir el polémico pacto, reveló Macri ayer, fue el consejo de su hija de diez años, Antonia, que para él vendría a ser Henry Kissinger.
El misilazo que descargó sobre Juntos por el Cambio confirma las razones del triunfo de Sergio Massa. El candidato y ministro de Economía del 140% de inflación, más del 40% de la pobreza y el dólar por arriba de los mil pesos se impuso sobre unos antagonistas signados por el desvarío y la dependencia política.