Escribo esta carta, después de haber leído en Facebook una carta de las familias belichas del norte de Belén sobre las peleas en Peñas Negras. La leí primero con enojo, luego con tristeza, con mucha tristeza y al final con un sentimiento de desesperanza.
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Carta de un exminero: "A mis hermanos belichos"
Mi primer enojo fue con todo, con la situación, con la policía, con los de la comunidad indígena, con los gobernantes, con las empresas mineras, ¡con todos! Porque para mí, que nací y viví en Belén toda mi vida, que trabajé en Fallaron Negro en los 90´, luego en Alumbrera y finalmente unos años en MARA, estas peleas son de toda la vida. No recuerdo un año en veinte años de trabajo en el rubro que no haya habido esas peleas. Como dice el refrán, "es una historia de nunca acabar". Por eso, ahí nomás después del enojo viene la tristeza. Es tan triste, tan doloroso ver a los vecinos, a los parientes, a todo el mundo tirándose la bronca entre hermanos y hermanas. Y lo más triste es que es por lo mismo de siempre. Yo comparto el pedido de las familias, por mejorar un poco la vida, por tener algunas comodidades. Yo mismo viví esa vida dura que esa madre relata, y claro que siempre queremos mejorar eso, pero hace años y años que se dan esas peleas y parece que nunca nada cambia. Hace treinta años que nos prometen salir de la pobreza, que nos prometieron mejorar la vida y la verdad que no cambió mucho eso. Sí, llegaron algunas rutas con asfalto, se hicieron algunos hospitales y escuelas y no mucho más. ¿Para eso sacrificamos tanto? ¿Nos peleamos tanto?... Yo ya vi en estos pagos a los Saadi, los Castillo, los Jalil…a todos los vimos, siempre prometiendo y llenándonos de palabras. Pero al final, la gente de Belén sigue con problemas para tener agua, para tener trabajo, para tener turismo, para tener médicos en esos hospitales, para tener maestros en esas escuelas que construyen norte adentro y que año a año se van descascarando sin que nadie haga nada.
Yo entiendo a esas familias que quieren trabajo. Yo entiendo a esos jóvenes. Yo también fui joven, y como muchos otros de mi generación trabajé en varios puestos de las mineras, algunas épocas de chofer, de transporte o maquinaria, en otras ocasiones más en seguridad, a veces en trabajo de campamento. Luego, en las épocas de crisis nos pasábamos a algún proveedor local de servicios hasta que volvía la buena época y nos volvían a contratar directo de las mineras. Por eso mi enojo no es con esas familias ni con esos jóvenes. Mi enojo es con los que hace 30 años nos mantienen peleando por migajas, por las sobras que dejan los políticos que se llenan los bolsillos. Ahí yo creo que esa carta de Facebook se equivoca, los de afuera, son los de otros países. Los empresarios que llegan en aviones y se van en aviones. Los de las 4x4 son sus lacayos del gobierno no más. Son los peoncitos, los que se quieren hacer los poderosos entre los que no tenemos nada. Porque la verdad, y esta es la verdad, después de tantos años, nuestra vida no cambió. No tenemos una buena vida. Sí, algunos nos hicimos la casa gracias a la minera, compramos una moto para el chango, mandamos a los hijos a estudiar a la ciudad, conseguimos remedios y médicos para nuestros tatas. Pero ahora, a la vuelta de la historia, el pueblo sigue parado, trancado en los mismos problemas, los mismos conflictos, la misma sensación de que nunca salimos, nunca arrancamos. Nuestros pueblos son los pueblos de la espera. Belén siempre está esperando, siempre estamos, finalmente, por comenzar los buenos tiempos. Yo ya no creo más en eso. Los políticos no van a cambiar, las mineras tampoco. Seguirán siendo trabajos maomenos y vidas maomenos. A mí me gustaría ver otro camino. Por eso intento que mis hijos no vayan a trabajar para la minera como yo hice. Es una discusión bien difícil en la casa. Claro que ellos quieren su plata fácil, además que como ellos dicen, la minera les da respeto en el pueblo. Pero eso no vale nada. Dura poco. Yo quiero que ellos hagan cosas en serio por el pueblo, desde cualquier lugar, que trabajen dignamente bien, como docente en la escuela, como ingeniero haciendo un buen puente, como abogado ayudando a los que necesitan. La minera no ha ayudado a nuestro pueblo, solo nos llenó de espejitos de colores, de regalos para el fútbol, de luces para la plaza y alguna que otra obra.
Como escribí al inicio, estoy desesperanzado, por lo menos de las promesas mineras y políticas. Ya son décadas y años de eso. Aunque sea, me gustaría ver a la gente peleando por otra cosa, por un cambio en serio, por una vida mejor para el pueblo todo, no para algunos. Yo me solidarizo con esas familias, las entiendo, yo también quiero que les vaya mejor, pero lamentablemente, creo que se están dejando engañar. Tal vez terminen entregando su identidad, su tierra, su montaña, lo más valioso que tienen, por muy poquito, por unas mejoras que al final del camino, no cuentan. Se lo digo con total sinceridad, es así medio injusto, pero cuando uno consigue mejorar su vida privada y conseguir eso con lo que tanto soñó, el auto, la casa para los hijos, la salud para los abuelos, recién ahí, se da cuenta que eso no alcanza, que si el pueblo está peleado, siempre triste y tirándose para atrás, lo otro queda chiquito.
Yo siempre pensé que Belén tiene todo pa’ ser un pueblo grande. Tiene la cultura, los músicos y su historia, los escritores, el poeta más grande de la provincia. Tiene turismo de sobra, la ruta 40 y los festivales. Belén es cuna del poncho, cómo va a vivir solo de la minería, no tiene sentido. Hace años estamos engañados con eso. Tenemos animales, tierras, los mejores tejidos y supimos tener las mejores bebidas y dulces. Tal vez sea solo un sueño, pero otro Belén debería ser posible. Uno, donde principalmente, los vecinos no se anden peleando y la policía no ande pegando. Uno sin tanta pobreza y miseria. El Belén grande que nos merecemos todos los belichos.
- T., trabajador minero