Escribir hoy sobre aspectos de la obra de Jorge Luis Borges sin caer en la repetición de numerosos libros y artículos o en una reelaboración de los propios es tarea difícil. Sin embargo, cada tanto conviene recordar, aunque en exiguas líneas, algún aspecto de su vida y su literatura; en este caso, la relación entre el singularísimo Borges y Publio Virgilio Marón, el más importante poeta de la clasicidad.
Es claro que los vínculos entre las obras de estos grandes de la literatura no se reducen a meras menciones ni a citas aisladas, menos a las únicas tres que adelanto en el título, sino que se desarrolló a través de conexiones íntimas que recorren las obras por canales subterráneos, detalles, guiños y alusiones de compleja captación, tema sobre el cual han escrito lúcidos investigadores de diversas partes del mundo. Pese a esto, sirva la brevedad necesaria de las siguientes líneas para repasar esta fraternidad.
La familia Borges vivió en Europa desde 1914 a 1921. Jorge Luis inició su estudio del latín en el Collège de Genève (Ginebra, Suiza), donde aprender este idioma significaba mucho más que repetir declinaciones. Era una lengua de cultura que definía las humanidades. “La materia principal era el latín y pronto descubrí –aseguraba Borges– que, si uno era bueno en latín, podía descuidar un poco los demás estudios”. Luego de 1919, cuando la familia Borges se instala en Mallorca, Jorge Luis continúa los estudios de latín bajo la tutela de un sacerdote con quien “repasamos Virgilio”. Es decir, un Borges de bachillerato que podía acceder al gran poeta latino no a través del reflejo de una traducción, sino en su lengua original. Las tres obras de Virgilio, Bucólicas, Geórgicas y Eneida, asoman en momentos fundamentales de la vida de Borges y en pormenores de su obra. Dentro de un entramado complejo mayor, subrayo tres citas con las que Borges expresa o conceptualiza el sentimiento patrio, la meticulosidad de un escritor y la admiración estética.
Dulcia linquimus arva
Al regresar a Buenos Aires, luego de los años en Europa, el segundo libro de poesía que Borges publicó fue Luna de enfrente en 1925. En este incluyó un poema titulado Dulcia linquimus arua, del que hay dos versiones con pocas diferencias entre sí. Las tres palabras en latín pertenecen al tercer verso de la primera bucólica de Virgilio: nos patriae finis et dulcia linquimus arua (“dejamos nosotros los límites de la patria y los queridos campos”). Son palabras del pastor Melibeo quien debe abandonar, no por su voluntad, los campos de sus mayores, es decir, la patria. Este concepto es esencial: la patria es el lugar de nacimiento donde, a la vez, ya descansan las cenizas de los abuelos. Patria es la tierra de los antepasados. El poema de Borges expresa, primero, el redescubrimiento del extenso campo que su familia dejó al viajar a Europa. Los antepasados vivieron esos campos y los convirtieron en una patria: “Una amistad hicieron mis abuelos / con esta lejanía / y conquistaron la intimidad de los campos”. No hay un solo verso que incluya la palabra “patria” porque el sentimiento surge de la concordia militar y labradora de sus antepasados con esos campos: “Fueron soldados y estancieros / y apacentaron el corazón con mañanas”. El sentimiento hacia esa lejanía roza por momentos el tono bucólico: “Su jornada fue clara como un río / y era fresca su tarde como el agua” […] “y los alegró el resplandor / con que aviva el sereno la espadaña”. Luego, el poeta señala su distancia de esos mismos campos: “Soy un pueblero, ya no sé de esas cosas, / soy hombre de ciudad, de barrio, de calle”. Su alejamiento es nostálgico o melancólico: “los tranvías lejanos me ayudan la tristeza / con esa queja larga que sueltan en las tardes”. La familia Borges realizó un segundo viaje a Europa, de 1923 a 1924. Y el poema, incluido en el libro de 1925, posiblemente también registra el sentimiento de la segunda separación de la patria y la incertidumbre del regreso, la misma duda del pastor Melibeo en aquellos versos de las Bucólicas que muchos preferimos dejar sin traducción por cierta complejidad poética: En umquam patrios longo post tempore finis, / pauperis et tuguri congestum caespite culmen / post aliquot mea regna videns mirabor aristas?, cuyo sentido se engloba en una anticipada nostalgia al preguntarse si “¿después de largo tiempo, algún día volveré a ver las fronteras de la patria, el techo de mi pobre cabaña cubierto de hierba; luego, contemplando mis reinos, admiraré algunas espigas?”. El poeta moderno y el pastor antiguo exponen al unísono la propia incertidumbre de si volverán a ver los queridos campos de su patria.
In tenui labor
En septiembre de 1982, coincidiendo con el bimilenario cumplido de la muerte de Virgilio, Borges publicó un breve escrito en el diario Clarín, donde destacó unas palabras de las Geórgicas con un puntual comentario: “In tenui labor. Más allá del contexto y de su interpretación literal esas tres palabras bien pueden ser una cifra del delicado Virgilio”. Esas palabras pertenecen al libro cuarto, sexto verso, que trata sobre el don divino de la miel, de las abejas y su minuciosa e inadvertida tarea. El poeta latino va a cantar “los admirables espectáculos de las cosas pequeñas” (admiranda tibi leuium spectacula rerum): pequeñas las abejas, leve la materia poética, pero no insignificante su reputación. Borges descubre en esas tres palabras, “in tenui labor”, el delicado procedimiento poético del mayor poeta latino; ha dado con el epíteto más apropiado, “el delicado Virgilio”, que fácilmente podría ponerse en latín: “tenuis Vergilius”. La inteligencia de Borges como lector, aplicada a la literatura, ha señalado “la cifra del delicado Virgilio” no como un mero escritor, sino como un vate, como un poeta verdaderamente inspirado por los dioses.
Las tres obras de Virgilio, Bucólicas, Geórgicas y Eneida, asoman en momentos fundamentales de la vida de Borges y en pormenores de su obra. Las tres obras de Virgilio, Bucólicas, Geórgicas y Eneida, asoman en momentos fundamentales de la vida de Borges y en pormenores de su obra.
Ibant obscuri sola sub nocte per umbram
En la dedicatoria a Leopoldo Lugones (El Hacedor, 1960) y en el prólogo a la Eneida de 1985, una de las citas repetidas por Borges es Ibant obscuri sola sub nocte per umbram. El verso pertenece al libro sexto de la Eneida, que relata el descenso al mundo de los muertos. Eneas y la Sibila han llegado a las fauces de una profunda caverna, a un lugar sin pájaros; un temblor y un aullido de perros indican la apertura del infierno. Ambos ingresan al abismo de secretos y tinieblas. A menudo los traductores de este verso deciden transferir el sentido y evitar el arte de Virgilio. Borges se detiene en ese problema de índole estética. En la dedicatoria, la cita se convierte en un elevado elogio sin énfasis a Lugones, ya que lo recuerda junto a John Milton y a Virgilio por el uso magistral de una figura literaria en común, la hipálage. En el prólogo, por su parte, el comentario resulta una observación esencial: “No se trata –escribe–, de una mera figura de la retórica, del hipérbaton; solitarios y oscura no han cambiado su lugar en la frase; ambas formas, la habitual y la virgiliana, corresponden con igual precisión a la escena que representan”. El arte verbal plasma una exacta representación visual, semejante a la de Borges cuando escribe: “el negro jardín en la alta noche”. Borges insiste en que el arte de la Eneida, el arte de Virgilio, hoy –es decir, 1985– se ve perjudicado por “nuestra manera de leer los libros en función de la historia, no de la estética”, que es su propio modo de leer no solo literatura, sino también gran parte de la filosofía. Borges continúa: “Virgilio se propuso una obra maestra… Como si fuera breve, el extenso poema ha sido limado, línea por línea.” Subraya así dos procedimientos: el arte deliberado de la escritura y la vigilancia en detalle de la obra.
Un joven poeta, el poeta esencial
Borges convoca a su Virgilio al siglo XX para expresar el temprano sentimiento de la patria con tres palabras de las Bucólicas; con otras tres de las Geórgicas, la delicadeza artística; y con uno de los hexámetros más memorables de la Eneida, la admiración por el arte deliberado de las grandes obras. En las tres citas escogidas, en solo trece palabras, resuena la “nostalgia del latín” y una porción del arte poética de Virgilio fluye como arte virgiliano en parte esencial de la obra de Borges quien, al final de su vida, reconocido mundialmente como un escritor sustancial e imprescindible, evocaba así al gran poeta latino del siglo de Augusto: “Una vez me preguntaron: ¿Qué piensa usted de los poetas contemporáneos? Yo les dije: Y… hay un joven poeta, Virgilio, que promete mucho”. Con su refinado e inteligente humor, Borges actualizó la vigencia de Virgilio, deslizó sus hábitos y preferencias, confirmó su perdurable amor al latín desde su adolescencia y nos recordó su agudo criterio estético, aplicable a cualquier logro o a cualquier torpeza en la diversa poesía de hoy.