jueves 26 de marzo de 2026
Análisis

El burlesque subió a escena en Catamarca

Por Gabriela Borgna

A fines de julio se estrenó en la Sala Calchaquí la obra “Tengo tetas, tengo pito y talento” escrita y dirigida por Lucas Salas, con la actuación de Rodolfo Berrondo como protagonista y Oscar Taborda como asistente de escena. La obra, que lleva ya sus primeras seis funciones a sala llena, vuelve este sábado 15 a la misma sala municipal y luego estará el 28 en Santa María y al día siguiente en Belén.

El autor, director y productor Lucas Salas usó por primera vez la venta de entradas a través de la plataforma Alternativa Teatral, que permite el pago con todos los medios de pago digitales y que mantiene tanto un registro histórico de todas las obras que la eligen con una pestaña en la que las y los espectadores pueden dejar sus comentarios.

En el caso de esa producción catamarqueña, destacaron tanto el disfrute de esta pieza humorística como la discriminación que aún hoy padecen quienes no se ajustan a la heterosexualidad. También la asocian con el género de stand-up, expresión inglesa para los comediantes y humoristas que monologan de pie frente a un micrófono y de cara a los asistentes.

En términos de la historia teatral, “Tengo tetas, tengo pito y talento” es bastante más que eso. Es un “burlesque”, uno de los varios espectáculos populares de variedades que se vale de la parodia y la exageración de rasgos de lo socialmente inaceptable o discriminatorio – que incluía a travestis mujeres y varones - que irrumpió en Europa durante la primera mitad del siglo 19. Argentina lo recibió con la gran inmigración de fines de ese siglo y, durante largas décadas, fue ninguneado por las clases ilustradas pese a que sus varones jóvenes lo frecuentaban en busca de aventuras amorosas clandestinas. Teatro prostibulario por su cercanía con los piringundines del puerto y los arrabales.

En Francia surgirían el vodevil (farsa de dormitorio) y el cabaret (taberna o bodega). El pintor Henri Toulouse Lautrec hizo de la cartelería publicitaria para estos espectáculos, obras de arte universalmente reconocidas. El dramaturgo alemán Bertolt Brecht y su socio musical Kurt Weill, desde su perspectiva ideológica, tomaron ese formato que incluía canciones populares para elevarlo a la categoría de un arte aceptable para las clases medias.

Durante el Renacimiento europeo, las mujeres tenían prohibido actuar, pero no los homosexuales quienes ganaban sustento – y hasta reconocimiento popular – en roles femeninos. En el teatro kabuki japonés, existe el “onnagata”, actor entrenado para trasvestirse y encarnar la figura femenina. Hasta bien entrado el siglo 19, actores y actrices no eran enterrados en tierra consagrada sino del otro lado del muro del cementerio.

En el Río de la Plata, muchos actores populares -Florencio Parravicini, Enrique Muiño, Elías Alippi, Tita Merello- surgieron de estos géneros populares y del circo de primera y segunda parte creado por la familia Podestá, de la que el catamarqueño Ezequiel Soria fue el primer director de compañía y a cuyas funciones asistían políticos como Carlos Pellegrini, ya siendo ministro de Hacienda de la segunda presidencia de Julio A. Roca. En el legendario cabaret porteño Armenonville cantó por primera vez Carlos Gardel, en la fiesta de fin de año de 1913.

Entonces, ¿por qué “Tengo tetas, tengo pito y talento” es un burlesque contemporáneo? Porque en ese monólogo de una hora, el actor Berrondo es Walter, un gay que ama trasvestirse en su humilde dormitorio y cantar temas icónicos de la música popular mientras increpa a su dormido amante de ocasión fuera de escena. Entre las increpaciones al dormido, las canciones y los cambios de un vestuario de brillante y artificial extravagancia, vuelve desde un pasado para nada lejano, el mundo clandestino de los amores y desamores homosexuales que incluyen golpes propinados por terceros y las presentaciones en los boliches en los arrabales de las cuatro avenidas que marcan pertenencias de clase en esta ciudad, antes de que las Drag Queens fueran aceptadas.

Ese notable relato que Walter transpira con guiños irónicos o sarcásticos, pone a la platea ante un espejo del que es difícil escaparse. La carcajada propone una salida a la distorsión moral espejada por esta obra que es más que una afirmación militante de los derechos de las disidencias. Es traer a escena un género que durante décadas disfrutaron las clases populares y aún escasamente transitado en estas tierras.

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