En el tórrido imperio del Dios Inti, en lo profundo del valle ceñido por las azules elevaciones del Ambato y del Ancasti, irrigado por borbotones estivales de afloraciones de manantiales entre coloridos y rugientes cantos rodados.
Granaderos altaneros
Desde la Cuesta del Portezuelo “mirando abajo parece un sueño, un cañizo aquí, el tabaco allá”. Catamarca, la de los “mil distintos tonos de verde”, con estirpe diaguita y paladines que desaparecieron amparando a su pachamama sin rendirse, ni bajar la cabeza ante el filoso brillo de la espada del invasor.
Un frío otoñal de junio de 1955, regresaban al terruño los tesoros corpóreos de dos heroicos granaderos, hijos de la tierra de los “ranchitos sombriaos de higueras. Ambos partidos el 18 de abril de 1934 en la imperturbable comarca rayada por cauces secos, las cigarras callan en invierno y alborotan en verano.
Ya no eran humanos, glorificaron sus vidas al caer exánimes ante la ignominia de los pilotos atacantes, al defender la sagrada democracia y la investidura presidencial, lejos de sus mamas y tatas, allá en Buenos Aires. amparando a la Patria que clamaba ser honrada y enaltecida. Los cobijó bajo sus alas color del cielo, del mar y de la nieve de las coronas de los volcanes cordilleranos.
Montaron en corceles, igual que el libertador de América del Sur, los gallardos marcharon, aprendieron el arte de la guerra para valientemente ofrendar sus latidos si fuera necesario, como antes lo hicieron otros camaradas en los despeñaderos del Paraná y en la puna entre los helados montes de los Andes. Que los plomos abran sus pechos, antes que dar un paso atrás y entregar nuestra soberanía política. Ellos, como sus cobrizos antepasados, originarios del oasis norteño. El 16 de junio tampoco se dejan doblegar ante el ímpetu de los amotinados que llegan cabalgando en aviones.
Un luminoso día de febrero partieron ante el llamado de la Patria, cuando el torrente de las fresquitas, inquietas aguas del Tala tiraban arrastrando cuesta abajo las melenas de los sauces llorones, "mientras se oye a un chalchalero ensayar su canto sobre un nogal centenario ya". "En la Villa del Portezuelo, con sus costumbres tan provincianas, en la soga cuelgan quesillos de cabra". Los tres varones habían sido escogidos rigurosamente en el Regimiento 17 de Infantería, de acuerdo al reglamento redactado por el santo de la espada, que aún hoy rige la selección de un granadero.
Debían reunir cualidades de estatura alta, buen porte físico, duros y elegantes al andar, demostrar a primera vista que eran discretos para guardar celosamente un secreto, de rasgos curtidos por la vida, las faenas de laboreo, mirada sagaz, altivos, saber montar a caballo y tener afinidad con el mismo, sobre todo ser "corajudo".
Uno de ellos, apodado "el negro" por el tono moreno de su piel, de “talante altanero”, al que la Virgen lo protegió en las cruentas embestidas bélicas cuando defendía la Casa de Gobierno de la Nación y plaza de Mayo. Fueron destinados a la histórica unidad creada por el Gral. San Martín. Mozos de 21 años de edad, Pedro Teófilo Bustamante, (el negro altanero), Ramón Antonio Cárdenas, (Lito) y Laudino Córdoba, fueron beneméritos soldados, dignos de gran estimación.
Como sus predecesores, que se sobrepusieron a las tropas imperiales españolas en San Lorenzo Prov. de Santa Fe, en Chile y Perú, formados con las mismas exigentes instrucciones militares.
A cuatro meses de ingresar a la conscripción, la Patria fue herida de muerte por soldados argentinos también al servicio de las armas de la Argentina. La marina de guerra y su aviación, las que estaban subordinadas al pueblo, se sublevaron al Poder Ejecutivo nacional para destituirlo ilegítimamente con un golpe institucional y en acto de magnicidio contra el presidente Tte. Gral. Juan D. Perón, elegido en acto democrático y en paz.
Los escoltas presidenciales sanmartinianos observaron subordinación y valor para con el alto mando. Pertenecían a la caballería cuya función específica consistía en "Escoltar la Investidura Presidencial y el Sistema de Gobierno Constitucional", máxima distinción para un regimiento.
El fiel brazo armado de la patria nuevamente tuvo que trabarse en lucha, ya no con conquistadores colonialistas, sino con huestes de su misma bandera. Los que hicieron correr sangre, gran matanza hubo entre ellos.
Sembraron muertes con bombas y nutrido cañoneo aéreo para la cacería de los pobladores.
Los aguerridos, curtidos, altivos, robustos, sagaces y sobre todo, "altaneros y corajudos" granaderos no cedieron ni un solo “tranco”, tampoco permitieron que el despacho presidencial fuera asaltado ni usurpado por los terroristas del estado. Nueve escoltas procedentes de distintas latitudes de la extensa geografía dieron hasta el último respiro.
Dos eran de Catamarca, Ramón Antonio Cárdenas, quien cruzó la balacera insurgente conduciendo un camión cargado con combatientes, logrando llegar a las puertas de la presidencia.
Oriundo de "un pueblito de aquí", en Villa Dolores, Valle Viejo, donde las enredaderas de Santa Rita trepan los muros, ahogando los pilares de altas galerías, juguetonas se descuelgan de las vigas cargadas con colmenas de rubias abejas que regalan miel, manchando el ocre del suelo con cristales de pavesas fucsias de las antiquísimas y señoriales casonas de adobes que guardan secretos de la colonia.
El curtido granadero Laudino Córdoba, de “otro pueblito más allá, donde siempre un perro duerme bajo un tala”, tirador carabinero del tercer escuadrón, pasó a la inmortalidad en el campo del honor, oriundo del puesto campero de “laguna Lazareto” habitada por zorzales, liebres, tunales, con su cancha para carreras cuadreras cuyas herraduras tallaron en los pedregales la Avda. Manuel Navarro, hoy B° Santa Marta, ciudad Capital.
Los luchadores caídos en salvaguarda del estado de derecho, pasaron a la historia como Héroes Nacionales y Mártires de la defensa de la democracia y de la investidura presidencial.
El amigo y camarada de armas Pedro Teófilo Bustamante, héroe nacional sobreviviente, vio la luz en la punta de "un camino largo que baja y se pierde", en San Isidro, Dpto. Valle Viejo, donde "una chinita con una escoba de pichanilla barriendo el patio", se la ve levantar polvareda entre el degradé del verdor de la campiña.
El “negro chacarero” junto al escuadrón antiaéreo con “altanería” guerreaban apostados sobre la cubierta del palacio gubernamental contra las 40 naves argentinas, que arremetían con bombas encima de ellos, demoliendo parcialmente el monobloc, destruyendo sus bellas lucanas. Preferían la muerte antes que entregar la vida del presidente. Como bravos perros guardianes ante el paso de las naves que osaban volar por arriba de la cCasa Rosada, los rechazaban con dentelladas de armas pesadas.
Un milagro salvó de las fauces de la muerte al “corajudo y altanero” adalid, el “negro” Bustamante. Nuestros comprovincianos fueron parte de los combatientes que le dieron el Segundo Triunfo en Buenos Aires al “recreado” regimiento como custodia de los honorables presidentes.
Fue el 16 de junio de 1955 en la batalla de la Casa de Gobierno de la Nación, con sus carabinas, Mauser, ametralladoras MAG y su patriotismo vencieron a la fuerza con más supremacía del país. El alto mando del regimiento le encomienda al combatiente “altanero” Bustamante la dolorosa misión de repatriar a su provincia los restos de los héroes Cárdenas y Córdoba, viaja en tren escoltando junto a una comitiva civil y militar para depositar los ataúdes con los tesoros patrios cubiertos por banderas argentinas en los brazos de sus madres y familiares. Los atardeceres ya no son naranjas y las estrellas ya no brillan como en febrero cuando se fueron.
En la estación terminal de trenes el gobernador Armando Antonio Casas Nóblega, sujeto al orden constitucional y a la plena autoridad presidencial, en paz social, esperaban junto a la comunidad, el Regimiento 17 de Infantería, policía e instituciones. Los parroquianos habían viajado por polvorientas huellas para honrarlos en multitudinario recibimiento público y oficial.
El “altanero y corajudo” granadero escolta presidencial, el "negro" Bustamante al terminar su compromiso militar obtiene la baja.
De vuelta en su "pago" transcurre los días de manera apacible, contemplando las añiles montañas en los atardeceres, “cuando baja el sol, una majadita volviendo del cerro y los silbidos de los changuitos arrieros con sus hondas colgando de sus cuellos”, en la hermosa y quebrada Cuesta del Portezuelo, disfrutando del "Paisaje de Catamarca", zamba con la que el juglar don "Polo" Giménez pintó a su tierra.
Pasó más de medio siglo, increíblemente sus conciudadanos, la historia y la democracia sufrieron amnesia. Sus hazañas bélicas y actos de arrojo se convirtieron en enigmas y preguntas sin respuestas. La democracia por la que murieron fue indiferente, injusta y desagradecida con la memoria de nuestras “Joyas de la Patria”.
En el 70° aniversario en 2025 el Gobierno provincial, la Municipalidad de la Capital y el Concejo Deliberante los homenajearon con la construcción de un monolito con placa en la plaza matriz que recuerda sus nombres y la epopeya. Fue declarado de interés parlamentario por la Legislatura. El Concejo Deliberante los declaró ciudadanos ilustres post mortem y la Legislatura aprobó una ley para la construcción de un monumento. En otro instrumento legal instituye el “Día Provincial del Escolta Presidencial” e incluye la fecha del 16 de junio en el calendario de conmemoraciones oficiales. El Ministerio de Educación a través del museo histórico realiza exposiciones y charlas culturales con una rica colección y muestra de distinciones, medallas honoríficas, uniforme de reservista, fotografías, etc., fue declarada de interés parlamentario. La Secretaría de Educación Municipal mediante resolución declaró a los tres sepulcros de interés histórico, educativo y turístico.
El intendente capitalino, Gustavo Saadi, los distinguió con la mención “Orden San Fernando Honor al Mérito”.
Texto y Fotos: Colaboración de Pedro del V. Bustamante (hijo del granadero sobreviviente)