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El terremoto que hizo temblar a Catamarca

El sismo de Pomán del 4 de febrero de 1898 alcanzó una magnitud estimada de 6,4 en la escala de Richter y dejó graves consecuencias en la región.

20 de septiembre de 2026 - 00:05

(Última parte)

La situación alimentaria era crítica. Muchas familias sobrevivían con una dieta reducida a locro, maíz y duraznos. También comenzaron a aparecer problemas de salud, entre ellos numerosas afecciones de la vista. El Dr. Adolfo Córdoba instaló una carpa donde atendía a numerosos enfermos. También se destacó la colaboración de Segundo F. Nieva, Pastor Giménez, Friero Aboy y otros vecinos. Por su parte, Hilario Furque, además de relevar los daños provocados por la catástrofe, dirigió las obras destinadas a levantar galpones y campamentos para alojar a los damnificados.

Los informes hablaban de una extensa región afectada: Saujil, Mutquín, Mishango, Palanpalan, Joyango, Huañomil, Apuyaco, San José, San Miguel, Rosario, Siján y otros distritos presentaban graves daños. Desde Pomán hacia Colpes, una distancia calculada entonces en unas doce leguas, el paisaje era descrito como una sucesión de ruinas y desolación. En Pomán su iglesia no se derrumbó porque caída estaba ya. En Saujil se había caído la antigua iglesia, no así la nueva que se estaba construyendo; en otros pueblos eran muy pocas las casas que permanecían en pie. En Mutquín, las familias se refugiaban bajo los árboles o a campo abierto, temerosas de nuevos movimientos de la tierra. Según lo descrito por Lafone Quevedo, expresaba con profunda angustia Estratón Gómez:

“No sé qué será de nuestra triste vida, sin hogar y con soles abrasadores y grandes tormentas que vendrán después de estas conmociones de la atmósfera…”.

Cuando la lluvia se sumó al terremoto

Habían llegado los enviados del gobierno (Córdoba y Furque) cuando esa noche del miércoles 9 de febrero, una tormenta extraordinariamente violenta; viento, lluvia, granizo, y relámpagos se combinaron sobre una población que ya no tenía casas donde refugiarse. La misma se extendió hasta el día jueves, con numerosas familias aun viviendo a la intemperie. Las intensas lluvias en Chumbicha provocaron nuevos derrumbes, transformaron las calles en verdaderos barrancos y dejaron los caminos prácticamente intransitables por la creciente.

El 10 de febrero, otro fuerte movimiento volvió a sacudir Pomán. Según la noticia, se produjo alrededor de las cuatro de la madrugada y provocó nuevos desprendimientos, entre ellos parte de la torre de la iglesia, que ya se encontraba seriamente comprometida. Pero todavía faltaba uno de los episodios más dramáticos. La noche del miércoles los fuertes viento arrancaron de raíz árboles, familias enteras huyendo de un lugar a otro. La carpa instalada por el Dr. Córdoba ese mismo día que llegó a Pomán, fue destruida por la caída de una enorme rama de terebinto. Entonces surgió el temor a una inundación. Gritos desgarradores, sentidos pedidos de auxilio elevados al Altísimo, suplicando su divina protección! ¡Llantos de damas, gemidos de niños y sollozos de jóvenes y ancianos!

Tal era la desesperación que hasta la iglesia fue asaltada por los fieles. Cuadros con diferentes imágenes, ornamentos estrambóticos y de variados gustos, tapices, reliquias y, en fin, todo aquello que la fe crea y el arte le da forma, volaba sobre las cabezas de la muchedumbre angustiada. Era tal el afán por apoderarse de aquellos objetos sagrados, considerados una suerte de protección y consuelo, que en aquellos supremos momentos se convertían en la panacea de los afligidos. La población abandonó nuevamente la plaza y se dirigió hacia La Puntilla, buscando un lugar más seguro. Durante la marcha, un franciscano (R. P. Juan B. Reynoso) entonaba cánticos religiosos y la multitud respondía con el tradicional “Ora Pro Nobis”. La escena resulta estremecedora: hombres, mujeres y niños desplazándose en medio de la oscuridad, el barro y la lluvia, llevando consigo imágenes y objetos religiosos. El corresponsal de La Ley escribía:

“Durante la noche del día doce se sintió un temblor inexplicablemente fuerte, provocando, como es consiguiente, la natural alarma entre los vecinos. En los días siguientes, hasta el 14, disminuyeron notablemente, si bien no cesaron, cosa que no favorece en definitivo…”

En Catamarca, mientras tanto, la preocupación por Pomán crecía. El diario “La Ley” había iniciado una suscripción para reunir fondos y había convocado a personas de buena voluntad a organizar la ayuda. El 17 de febrero, el clero de Catamarca anunció la creación de una suscripción popular para socorrer a las víctimas de Pomán, Saujil y los distritos vecinos. La solidaridad incluso cruzó los límites provinciales. Desde La Rioja llegó una contribución de $318 destinada a los damnificados. Pocos días después, el 19 de febrero, las distintas comisiones de auxilio existentes fueron unificadas en una sola Comisión de Auxilios a las víctimas de los temblores. La presidía el juez federal Dr. José María Valdez; como vicepresidente quedó el ministro de Gobierno, Javier Castro; tesorero, José Abel Terán; secretario, Carlos A. de la Vega; y como vocales, el vicario Rafael D'Amico, Luis Besson y el ministro de Hacienda Osvaldo Gómez. El objetivo era claro: reunir y administrar los recursos provenientes de Rioja, Salta, Tucumán, Córdoba y Buenos Aires, etc. y destinarlos de la manera más eficaz posible.

Mientras el departamento de Pomán luchaba por sobrevivir, Chumbicha también sufría las consecuencias. El terremoto del 4 de febrero había derrumbado varias casas, aunque sin provocar víctimas mortales. Después llegaron las lluvias torrenciales del día 9 y nuevamente el día 15 las calles quedaron inundadas e intransitables, aparecieron nuevos derrumbes y finalmente se desplomaron la Escuela de Niñas y el Centro Social. Calmada las tempestades apareció otro enemigo: la langosta, una manga comenzó a devorar campos, sembrados y plantas. Así, para muchas familias, la emergencia dejó de ser solamente habitacional. También estaba en juego la posibilidad de conservar sus cosechas y, con ellas, el alimento y los recursos necesarios para sobrevivir.

Los remesones también se sintieron en El Fuerte

En medio de esta historia regional aparece un testimonio particularmente valioso: el de Samuel Lafone Quevedo, escrito desde Pilciao y publicado por La Nación. Su relato permite ampliar considerablemente el mapa de la catástrofe. Señala que Pilciao se encontraba aproximadamente a ocho leguas del centro del desastre y que el Fuerte de Andalgalá estaba a unas doce, separados por las Salinas. En Pilciao el día 4 de febrero fueron dos remesones fuertes el primero a las 9,30 hs según meridiano que tenía en el patio, pero los edificios no sufrieron daños importantes. En el Fuerte de Andalgalá, en cambio, algunas casas resultaron agrietadas. Lafone intentó encontrar una explicación en las características del terreno. Consideraba que Pilciao se encontraba asentado sobre profundos mantos de aluvión, mientras que el Fuerte estaba situado casi sobre la falda. Su observación constituye uno de los testimonios más interesantes de la época porque representa una interpretación contemporánea del fenómeno, basada en la observación de un hombre familiarizado con la geografía y las características naturales de la región. Escribió que Amanao, ubicado aproximadamente a seis leguas al oeste de Pilciao. Allí se desplomaron de barrancas y laderas de los cerros, acompañado por fuertes estruendos oída desde el ingenio. El sabio relacionó estos fenómenos con una posible fractura geológica, que suponía vinculada a las vertientes de aguas termales de la zona.

Una nueva amenaza

Como si la provincia no hubiera sufrido suficiente, apareció otro problema: la invasión de langostas. El departamento de Pomán ya estaba afectado por los daños del terremoto cuando las mangas comenzaron a amenazar las cosechas. La Comisión de Extinción de la Langosta de Catamarca solicitó autorización para enviar un inspector y contratar trabajadores que combatieran la plaga. La propuesta fue considerada también una forma de ayuda para los damnificados: además de combatir la langosta, permitiría generar trabajo y proteger las cosechas. Desde Buenos Aires se autorizó la operación con una suma de hasta $3.000. La naturaleza parecía ensañarse con una población que apenas comenzaba a recuperarse. Al llegar al 26 de febrero, los periódicos continuaban hablando de la catástrofe. Los temblores habían disminuido, pero no habían desaparecido por completo. Para entonces ya era evidente que el terremoto del 4 de febrero no podía considerarse simplemente como un acontecimiento de una noche. Había sido el comienzo de una sucesión de fenómenos que durante semanas alteraron la vida de los catamarqueños.

Las noticias de febrero de 1898 muestran que no fue sólo un terremoto, sino una tragedia humana: muertos, heridos, viviendas destruidas, familias sin techo, caminos intransitables y pérdidas económicas. Desde entonces, Catamarca no volvió a vivir un sismo de semejante magnitud; ni siquiera los movimientos de 2004 alcanzaron aquella dimensión. Cambian los tiempos, pero no el miedo frente al rugido de la tierra ni la incertidumbre ante lo que puede suceder después.

Texto y Fotos: Colaboración del Investigador Claudio Benjamín Balsa

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