En el saber popular que deambula con mucha fuerza aún en el interior profundo de Catamarca, muchas veces el Diablo aparecía, hacía sus fechorías y luego, como por arte de magia, desaparecía. Solo a veces, quedaba una casi imperceptible línea de humo, pero siempre un fuerte olor a azufre impregnaba el ambiente, señal clara de la presencia del mal, decían los viejos conocedores de la vida de aquellos tiempos.
El Rincón del Diablo
¿Los vecinos del lugar se preguntaban, de dónde viene? ¿De dónde sale? ¿Y cuándo se esconde, dónde va? Preguntas que no eran fáciles de responder pero que estaban siempre presentes.
Un día, como tantos otros del verano de La Florida, a unos metros distante del Cachiyuyo, en el departamento de Tinogasta, el fuerte sol, como era y es habitual en esta zona, se dejaba sentir. De pronto, un niño de unos seis años, descalzo, corrió de una pequeña sombra hacia un pequeño espacio con yuyos, donde puso sus pies para protegerlos del terrible calor. Se quedó quieto unos segundos como esperando que sus pies recuperen la temperatura normal.
Corrió nuevamente y se detuvo en una sombra de la casa tipo rancho. Todo esto sucedía bajo la mirada escrutadora del abuelo Abraham, quien, desde bajo la galería de la casa, también tipo rancho, observaba cada detalle de esos movimientos y sufriendo por el abrasador calor que parecía que iban a derretir como un blando chocolate, los pies del niño. También lamentaba su extrema pobreza pues su economía no alcanzaba para comprar las zapatillas para el pequeño.
Estaba en medio de esos reclamos mentales, cuando algo lo sobresaltó, del otro lado de la pared donde el niño protegía sus pies en una pequeña sombra, pudo ver una larga cola con movimientos como la mueven los gatos preparándose para cazar, moviéndose con picardía, calculando el momento de actuar y caer sobre la presa. El viejo, curtido y experimentado por los años, sabía que esa cola no era otra cosa que la presencia del Diablo, que venía por el niño, quien inocentemente enfriaba sus pies, con una sonrisa inocente y sin reclamar nada a nadie, ese era su vida y no había pensamientos adversos a ese modo.
Cuando el viejo Abraham empezó a moverse, sigilosamente, en la dirección que estaba su nieto, el Mandinga con un rápido movimiento, casi imperceptible, tomó al niño entre sus brazos y empezó a correr.
Por momentos se veía la figura satánica que corría, en otros momentos solo se veía al niño, como suspendido en el aire que, sin mover su cuerpo, se desplazaba a gran velocidad. Cosa de mandinga, pensaba el abuelo Abraham mientras miraba el desplazamiento satánico.
Abraham empezó a gritar y a dar la noticia que el Diablo llevaba al niño. Los pocos vecinos con alguna herramienta en mano, que ahora se habían transformado en armas, corrían en la dirección que el viejo indicaba, algunos emitían palabrotas, en otros, el rezo había aparecido.
Ningún vecino quedó ajeno a este momento, pues todos sabían que no era la primera vez que el dueño del mal aparecía y que tampoco sería la última, entonces llegaban a concluir que nadie debía quedarse quieto, pues les podía tocar en el futuro y necesitarían ayuda.
Rezaban en voz alta, casi a los gritos, mientras corrían detrás del maligno, que como presumiendo de sus habilidades y fortaleza física, corriendo subía y bajaba las montañas, mientras el niño asustado, sin saber lo que pasaba, abría grandes sus ojos.
Una vieja mujer que apenas se movía, por su edad, apareció saliendo del caserío, en sus manos portaba una cruz, a la que levantaba lo más alto que podía. Hacía dos pasos y se detenía, a pesar de su imposibilidad para caminar, quería ayudar, rezaba en silencio, apenas moviendo los labios y haciendo a cada instante la señal de la Cruz.
De pronto, el perseguido y sus perseguidores entraron a un rincón rodeado por montañas. No era grande el espacio pero tenía una redondez casi perfecta. El Diablo se sintió acorralado, mientras temerosos y amenazantes, los vecinos rodeaban y se acercaban a Satanás, quien de pronto dejó al niño y se perdió entre unas piedras enormes, unas al lado de las otras, y cuya unión sirvió de puerta para la fuga satánica.
Los vecinos tomando al niño entre sus brazos, emprendieron el regreso al vecindario, mientras sonoramente pudo escucharse el lamento del representante del mal, lamentando la derrota. Luego y dentro de ese espacio geográfico, todos se arrodillaron, rezaron, dieron gracias al Señor, nuestro Dios, y al finalizar este acto religioso, se pusieron de pie y continuaron su camino hacia el poblado, que, si bien no era muy numeroso, eran muy unidos y trabajadores.
Por decisión unánime, este espacio geográfico empezó a ser conocido como El Rincón del Diablo. Este espacio se encuentra ubicado donde se unen los pueblos abandonados y despoblados de La Florida y Santa Cruz, a pocos metros del pueblo del Cachiyuyo, conocido en otros tiempos como La Estancia de Cachiyuyo, todos estos pueblos ricos en otros tiempos, abandonados en el presente, pertenecen al distrito de San José, en el departamento de Tinogasta, Catamarca.
Texto: Colaboración de Oscar Hugo Alaniz