“Yo sufrí mucho… a mí me lastimaron… la vida ha sido muy dura conmigo” son algunas frases típicas de las personas que se colocan en el lugar de víctima, porque así es como se ven a sí mismas. Pero una cosa es contar un dolor, compartirlo; y otra muy diferente es victimizarse.
Quien se victimiza se para en un lugar de impotencia. Sin darse cuenta, ha armado una “encerrona mental” de la que no logra salir. ¿Por qué? Porque, con sus palabras y acciones, declara su propia derrota. Quedó atrapado en esa actitud derrotista que no le permite ver más allá de su dolor.
En realidad, la persona que usa su dolor como carta de presentación, con su postura, manipula a aquellos que están a su alrededor. Dicha manipulación, que en ocasiones hasta puede generar risa, se produce por esa voz interior que le dice: “El otro me está lastimando, yo no tengo absolutamente nada que ver”.
La victimización siempre busca el reconocimiento externo. Al principio, la gente escucha a quien actúa de este modo. Pero, con el tiempo, los demás ya se empiezan a sentir incómodos, al punto de que algunos optan por alejarse. Lo cierto es que a nadie le agrada estar cerca de alguien negativo que vive para quejarse de “lo que el mundo entero le hace porque está en su contra”.
Todos atravesamos por circunstancias duras, como el año que acabamos de pasar que ha sido tan difícil. Pero todos deberíamos pararnos siempre en el lugar de responsabilidad. Y jamás usar nuestras vivencias tristes para obtener algún beneficio o lograr algo. Y mucho menos, para intentar manejar a otros a nuestro antojo.




