Hace dos semanas, en el 8M, la tierra vibró. A cada paso, las mujeres se hicieron sentir. Marcharon para recordar a las que ya no están, por las que esperan justicia y por las que están en lucha. De esta manera, dejan huellas para las mujeres de las próximas generaciones.
Mujeres en la trinchera
A las 17, llegaron desde distintos barrios “de la periferia” a la Plaza 25 de Mayo. Salieron a las calles con sus banderas y con carteles, empujando cochecitos, con sus bebés en sus brazos, mientras los amamantaban; iban con tambores y su pedido de justicia y de igualdad de derechos; éste fue su grito de guerra.
Las mujeres de los sectores populares también se hicieron escuchar. Son anónimas, pero sus vidas están atravesadas por un pasado y un presente difíciles, con carencias, con miedos, con violencia, pero, pese a la carga que llevan sobre sus hombros, lejos de hundirse, se levantan todos los días y construyen. Son las mujeres que paran las ollas en comedores y merenderos, que gestionan para que algún médico llegue a los asentamientos y barrios más precarios, que hacen trámites para que los jóvenes puedan terminar la escuela y para que niños y niñas reciban apoyo escolar y puedan continuar con sus estudios.
“Es un día de lucha, no de festejo. La deuda es con nosotras porque ser mujer no nos tiene que costar la vida”, fue una de las frases expresadas en la Marcha por el Día de la Mujer Trabajadora.
Las mujeres de los “feminismos populares”, las que no disfrutan de los privilegios de clase, encabezaron la marcha por el 8M. En sus filas, los grupos de la diversidad sexual también caminaron. A las 17.30 comenzaron a caminar por calle República hasta la Legislatura Provincial para retornar por Ayacucho y luego por San Martín hasta la Plaza 25 de Mayo.
Fue un día por la memoria de las que ya no están; de reflexión por el presente que atraviesa a las mujeres entre las conquistas y las deudas pendientes, y de lucha por todo lo que aún queda por delante.