Luis Franco

Sobre noción de género

Una mirada sobre el rol de la mujer, a lo largo de la historia, y del mismísimo patriarcado.
domingo, 19 de julio de 2020 · 01:01

Comenzar a discurrir sobre este tema inexorablemente implica aceptar que el autor belicho Luis Leopoldo Franco fue un adelantado. Basta reparar en su obra cumbre, “La Hembra Humana”, la que fue publicada en 1961, cuando ni siquiera los primeros conceptos sobre el género estaban definidos sino en precoz formación. Así, la noción de la “supremacía en la relación de poder” en favor del varón, “la relación asimétrica entre estos poderes” o la cuestión cultural del “patriarcado” que subyacía y subyace en la familia o en cualquier sociedad recién fueron deconstruidas en su marco jurídico con la celebración de los primeros Tratados Internacionales, tales como el CEDAW (1979) o la llamada Convención de Belém Do Pará (1994) y que hoy son reproducidas, por ejemplo, en la Ley Nacional 26.485 de Violencia de Género, de 2012. A la vez, se debe aclarar que me referiré a algunas de las ideas que Franco volcó en la obra en cuestión y solo excepcionalmente se transcribirán textualmente sus frases.
Así fue que Luis Leopoldo Franco, a pesar de haber nacido y sido criado en una aldea (como él se refería a su querido Belén), gracias a su talento natural y a su vastísima cultura pudo percibir en aquellos tiempos los patrones culturales sobre los que se asienta esa supremacía, creando con su pluma lo que se ha dado en llamar la mayor alabanza que se ha escrito sobre la mujer. En La Hembra Humana, Franco, después de repasar los diversos y vigentes (en esa época) criterios científicos sobre las diferencias físicas, biológicas, psicológicas y espirituales entre el varón y la mujer, termina por concluir que no existe ninguna que alcance esa autoridad y que pueda justificar la supremacía del primero sobre la segunda. Al contrario, afirma el escritor belicho que la naturaleza dotó a la mujer de un sinnúmero de dones en los que aparece mejor preparada que el hombre para descifrar los misterios de la vida, sin perjuicio de concluir que entre ambos sexos, los que son como los dos polos de la tierra (se atraen y repelen recíprocamente), solo existe equidistancia y complementariedad, con lo que tira por tierra todos los mitos que constituían el pensamiento dominante, especialmente el proveniente del dogma religioso.
En lo físico es cierto que el varón le lleva ventajas, siempre que se hable de fuerza, reflejos o velocidad. No obstante, si se trata de “resistencia al dolor”, al hambre o “reacción ante situaciones inesperadas que impliquen peligro”, la mujer lleva la delantera.
En lo mental, la mayor predisposición genética al suicidio, a las aberraciones sexuales o a la criminalidad le corresponde al varón. Reconoce que la mayor diferencia reside en que psicológicamente la mujer siente y piensa distinto que el hombre, sostiene que aquello de “que la Donna et movile” es en absoluto falso. Si hay alguien que resulta cambiante, ese es el varón, que es” individuo” por antonomasia, mientras que la mujer es “especie”, atada a la tierra y, por lo tanto, más conservadora y realista que aquél. El varón es “buscador”, “descubridor”, “aventurero”, de allí su carácter cambiante, el que lo hace, por ejemplo en el amor, que esté en una búsqueda constante de la mujer ideal, de modo “que parece enamorado de la mujer en general”. Por el contrario, la mujer vive el amor más intensamente, “ella se enamora de un hombre en particular”.
Eso “de que la mujer no puede guardar un secreto porque su alma tiende a extravertirse” no es más que otro prejuicio. Está demostrado que por naturaleza quien necesita mostrar lo recóndito de su alma es el varón, mientras que la coraza que tiene la mujer y que no es otra cosa que “su pudor”, hace que sea reservada.
La mujer vive la maternidad mucho más intensamente que la paternidad el hombre. Ella trasunta el amor a través del hijo y se siente responsable no de la vida de este, sino de la conservación de la especie. Vinculado con  este tema, concluye en que la naturaleza sometió a la mujer a la “tara” (así la llama) de procrear, traducida en la necesidad de que su cuerpo se transforme completamente para alimentar con sus propias células al niño en crecimiento y en que luego de un parto en que experimenta un dolor no equiparable a ninguno de los que sufre el hombre, tenga que amamantarlo ella sola. Para Franco esta sola circunstancia bastaría para que el varón no únicamente la respete sino que la ponga en un altar. Como se ve, y según creo, este pensamiento va mucho más allá de aquél que pregona que ceder a una mujer el asiento en un transporte público es la máxima actitud varonil de reconocimiento hacia ella.
Estudios científicos afirman que el dominio, por parte del hombre de los medios de producción y, por consiguiente, su poder económico superior, no siempre fue así. En el comienzo de los tiempos el varón era cazador, y por lo tanto nómade. Mientras que la mujer, obligada por la cría de la prole a estacionarse en su vivienda, hizo que esta inventara la agricultura y con ello pasara a manejar la economía de la incipiente sociedad (en realidad, de la tribu). De allí a hacerse cargo del gobierno de la tribu solo quedaba un paso, por lo que la mujer comenzó a gobernar sus comunidades, de forma que, por ejemplo, el parentesco se definía por ella. El hombre se agregaba a la familia de la mujer y era más importante la persona de un tío que el padre mismo de un niño. Esto duró hasta que el hombre inventó el arado, por la que la relación de poder se invirtió, para terminar consolidándose en favor del varón cuando este se hizo sacerdote y relegó a la mujer a la función de criar la prole, asumiendo esta el mandato religioso de que, verbigracia, el sexo no había sido creado por Dios para gozar si no “para que perdure la especie”. Esto se lo reprocha Franco a todas las religiones y no a una en particular.
Es en este punto que este escriba, por haber sido formado en el credo religioso católico, se resiste a tomar para sí este razonamiento. Empero, a juzgar por lo que uno sabe y ve en todas las religiones, no puede más que admitir que el día que la mujer pueda ser sacerdote, pastor o rabino o el jefe máximo de una Iglesia, podrá cuestionarse la verdad que subyace en éste.
Para el belenisto el postulado de “que la historia de la humanidad nos demuestra que en su inmensa mayoría los grandes hombres, inventores, descubridores, héroes, poetas, músicos, etc., han sido varones”, no es más que “una cuestión de oportunidades”. A la mujer no se la dejó ser por las profundas raíces culturales que justifican el patriarcado, o por lo menos, no en la medida que la mujer pudo. Concluye Franco en que “el día que las mujeres gobiernen, tendremos sociedades más justas”.

Texto: Colaboración de Carlos Moreno