Los hornos de Quillay

Develando antiguos saberes metalúrgicos en los valles de Hualfín

Arqueólogos encontraron un centro de fundición de cobre compuesto por hornos, herramientas y habitaciones que datan de tiempos previos a la colonización española.
domingo, 7 de junio de 2020 · 01:06

Si pensamos en un sitio arqueológico por excelencia en nuestra provincia seguramente nos trasladaremos imaginariamente a la localidad de Londres, Belén, donde está emplazado el yacimiento del período incaico más importante de nuestro país: el Shincal de Quimivil.

Sin embargo, hace pocas semanas otro sitio empezó a sonar en los medios de comunicación, y también está ubicado en el mismo departamento. Se trata de Quillay, en pleno valle de Hualfín, a unos 60 Km. al norte de la ciudad de Belén, donde un grupo de investigadores del CONICET y otros organismos dieron a conocer un importante hallazgo que echa luz sobre los innovadores saberes metalúrgicos de los pueblos originarios en tiempos del imperio incaico o incluso mucho antes. 

Específicamente se encontraron treinta hornos de fundición prehispánicos y otras estructuras, y para revelar los secretos que guarda este descubrimiento, Revista Express entrevistó al director del proyecto, el Dr. Marco Antonio Giovannetti, que pertenece a la División Arqueología de la Universidad Nacional de La Plata.

El académico recuerda que el yacimiento se conoce desde hace varias décadas, ya que en los años cincuenta se hacen las primeras excavaciones, y luego en los noventa, el arqueólogo Rodolfo Raffino es el primero en dar cuenta sobre la existencia de los hornos. Sin embargo, resalta que “hace una descripción somera de lo que ve en superficie y es lo único que quedó registrado acerca del sitio”. 

Su intervención llega más adelante, en 2012, cuando cuenta con la aprobación del CONICET y la Dirección de Antropología de Catamarca para encarar un proyecto de larga duración. “Cuando fuimos al yacimiento nos dimos cuenta de que era mucho más grande de lo que habían planteado los arqueólogos anteriores. De hecho, multiplicamos por tres la cantidad de hornos e incluso creemos que son más”, destaca.

- ¿Cuál es la estructura de este centro de fundición? 

- Cuando excavamos nos dimos cuenta de que lo que estaba enterrado era mucho más grande de lo que se veía en superficie. Encontramos estructuras de dos metros de alto aproximadamente, con dos cámaras, una superior y otra inferior, y encima de eso están divididas por un consolidado piso de cerámica cocida y perforado por agujeros que conectan ambas cámaras. Esto nos dio a entender que era una tecnología bastante compleja y que no se conocía en las investigaciones previas. 

En este sentido, Giovannetti explica que, según la investigación, el mineral podría venir de Capillitas o de alguna otra mina abundante en cobre: “Los mineros se metían en socavones, extraían desde ahí; en recuas de llamas por el camino del Inca probablemente llegaban a esta zona de Quillay y ahí producían una primera etapa de la fundición que es lo que nosotros llamamos la reducción primaria”.

- Entonces… ¿cómo funcionaban los hornos?

- Las rocas pulverizadas o molidas se ponían en la cámara de arriba, y abajo se encendía un fuego de muy alta temperatura, había que sobrepasar los 1.100 grados porque esa es la temperatura que se funde el cobre. Por los conductos el aire caliente subía y comenzaba a fundir todo ese material mineral, que a su vez iba cayendo por gravedad por estos agujeros hacia la cámara de abajo, y por unos conductos pequeños hacía circular esa lava hacia afuera para que se enfriara naturalmente.

Una vez frío, con martillo de piedra lo partían y obtenían fragmentos de cobre que los hacían pasar por una segunda fundición para purificarlo. Así obtenían una especie de lingote y eso era lo que transportaban a otro lado.

Al respecto, el investigador sostiene que los objetos de metal se producían en talleres ubicados en otras regiones ya que “no hemos encontrado nada que nos diera cuenta que había talleres para la producción final de objetos ya labrados en Quillay –y agrega–. esto es lo interesante porque significa que tenían una logística incaica de amplio territorio regional: extraían de minas de Catamarca, fundían la primera parte ahí, y probablemente la llevaban a otras regiones, incluso los objetos terminados fueron hasta el Cuzco o redistribuidos a otros centros importantes, como por ejemplo, el Shincal. Allí encontramos objetos de bronce y cobre que probablemente hayan sido producidos con el material que salía de Quillay”.

Sobre el tipo de metal que se fundía, comentó que al principio las hipótesis contemplaban el oro y la plata, pero finalmente las evidencias les señalaron que se trataba de cobre: “Es la primera vez que tenemos esta primera etapa de obtención de cobre nativo en nuestros estudios”.

Además de los hornos, encontraron herramientas como martillos de piedra, morteros, crisoles, cucharas, fragmentos de objetos refractarios y estructuras de habitaciones. Sobre este último hallazgo, comenta que “las habitaban, en el tiempo en el que trabajaban los hornos, los especialistas que tenían que pagar su tributo a los Incas. En esos espacios dormían, hacían sus actividades cotidianas, incluso en uno de ellos encontramos una especie de cocina donde se producían los alimentos para estos trabajadores. Encontramos fogones con restos de maíz, zapallo, algarroba, poroto, huesos de animales y morteros de piedra”.

- ¿Qué magnitud tiene este hallazgo?

- No se equipara con otros hallazgos en toda América. Ni siquiera en Perú o Bolivia hay algo de esta magnitud, es el más grande que se haya encontrado. En el Pucará de Tilcara hay excavado un taller que producía objetos de metal, quizás materia prima de Quillay haya llegado hasta ahí; y si bien en Jujuy hay hornos y evidencia de fundición del cobre en su etapa primaria, no es de la magnitud que hay en el yacimiento catamarqueño. Y esa es la importancia que tiene este sitio porque está dando cuenta que los Incas montaron acá un espacio de enormes dimensiones.

En este punto el académico se pregunta ¿Esta tecnología era producto del conocimiento que los Incas trajeron al lugar? “Los Incas si bien tenían muy buenos conocimientos en el trabajo del metal, oro, plata, bronce, que es una aleación que se hace a partir del cobre, parece que los mejores conocimientos estaban en el Noroeste Argentino; y quizás en Quillay uno esté viendo el cruce entre una tecnología o saberes locales y toda la maquinaria y logística incaica para llevarlo a una escala mayor”, reflexiona.

Y ahora, luego del impacto mediático sobre el hallazgo, ¿cómo continúa el proyecto?

El proyecto sigue vigente ya que está apuntalado en tres sitios: Quillay, Los colorados y el Shincal, más allá que esta primera parte terminó el año pasado. Por supuesto que el impacto mediático es un incentivo enorme, con sinceridad no lo esperábamos y hay que agradecer a la agencia de noticias de la Universidad de La Matanza que hizo una nota sobre esto y a partir de ahí se viralizó por todos lados; hasta en el exterior, la noticia salió en una radio rusa para Latinoamérica. 

En este sentido, señala que este impacto “ojalá se tradujera en posibilidades de financiamiento, que la provincia se interese porque tienen un yacimiento único, de hecho, los materiales más importantes ya fueron devueltos a la Dirección de Antropología, y para este año tenemos previsto hacer una devolución de mucho material de las excavaciones. Por eso sería interesante que la provincia pueda exponerlo en algún momento, ya que lo más importante para nosotros es la divulgación de este trabajo”.

Ritual de clausura

Entre los elementos enviados a Antropología de la provincia, Giovanneti destaca el hallazgo de un textil, hecho poco común ya que no se suelen preservar. Se trata de una manta pequeña encontrada a la entrada de un horno que podría tener 500 años o más, y aunque deteriorada por el paso del tiempo, todavía se aprecian los hilos y hasta un diseño.

“Interpretamos que estos hornos en algún momento tuvieron una clausura ritual. En arqueología, llamamos un evento de clausura cuando los cierran o los dejan; y en el mundo andino es muy común hacerlo con toda una ritualización ya que los metales están considerados elementos sagrados. Con ellos no se hacían elementos cotidianos ni armas, se creaban adornos que tenían que ver con el mundo de lo sagrado y la espiritualidad, así que no nos extraña que, al momento de cerrar un horno, uno se encuentre con una ofrenda como este bonito tejido”. 

En esta línea, reflexiona sobre el aspecto sagrado que tenía para estos pueblos la actividad minera: “Hay una tradición importante, incluso previa a los Incas, pero no se la puede separar del carácter sagrado que esta población tenía con respecto a su medio ambiente. La Madre Tierra y los Apu, espíritus poderosos de los cerros, daban esta riqueza a los hombres para que pudieran disfrutarla, y a la vez, hacer una conexión con la naturaleza”.

- Para finalizar, según tu criterio, ¿existe la posibilidad que el público pueda conocer este yacimiento como hoy es el caso del Shincal?

- Ojalá porque, además, el paisaje es hermoso. Hay una familia viviendo cerquita que tiene muchas necesidades. Por ejemplo, en el Shincal los hijos e hijas de gente que criaba animales ahí hoy son guías de turismo. Que la misma gente del lugar se convierta en los protectores y, a su vez, los que puedan divulgar ese conocimiento es lo ideal.  

Sería muy bueno, solo habría que diseñar un plan para protegerlo. Claudia Yapura, de la Dirección de Antropología, me llamó, yo sé que están interesados, hasta el Gobernador le planteó que tenía interés. Ojalá que algo pueda hacerse, luego de la transcendencia de la noticia.


Lidia Coria
Fotos: Gentileza Dr. Marco Antonio Giovannetti
 

Equipo

El equipo estable está compuesto por el director del proyecto, Marco Antonio Giovannetti; la investigadora Josefina Spina que realizó una tesis sobre el yacimiento; los arqueólogos Edgardo Ferraris y Mariana Valderrama; el técnico topógrafo Gustavo Corrado; la antropóloga Gregoria Cochero, además de estudiantes que asistieron en las campañas de trabajo.
En tanto, las instituciones que apoyaron el proyecto fueron la Universidad Nacional de La Plata, el CONICET y la Dirección de Antropología de Catamarca. 
 

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