Pedro Pablo Opeka, nominado al Nobel de la Paz

“El asistencialismo no debe ser permanente”

En su obra benéfica realizada en Madagascar, África, muestra el camino a seguir, si en verdad la sociedad quiere ayudar a los que menos tienen.
domingo, 21 de junio de 2020 · 01:07

Así como nuestra provincia de Catamarca ha dado al país y al mundo hombres y mujeres que se destacaron en distintas disciplinas, también hombres y mujeres de otras provincias argentinas sobresalen en el mundo notoriamente. Los ejemplos son muchos y la mayoría son de dominio público de amplio conocimiento.
La entrega anual de Premio Nobel, cuya primera edición fue en el año 1901, es un reconocimiento internacional que se otorga a personas o instituciones por sus trascendentales aportes a la Literatura, a la Paz, o por investigaciones y descubrimientos de Física, Química, Fisiología o Medicina y Economía. En definitiva, las contribuciones notables a la humanidad, permiten que aquellos que logran objetivos propuestos reciban el premio al esfuerzo, pero sobre todo al beneficio que el descubrimiento lleva a la humanidad. Esas acciones destacadas deben haber sido desarrolladas el año anterior o encontrarse en proceso con resultados reveladores en el momento de la entrega. 
Cinco argentinos recibieron ese reconocimiento desde la creación del Premio. Ellos son el doctor Carlos Saavedra Lamas, político, diplomático y jurista argentino, quien recibió el Premio Nobel de la Paz. El doctor Bernardo Alberto Houssay, médico y farmacéutico argentino, recibió en la disciplina de Medicina. También médico y farmacéutico, y además bioquímico. Luis Federico Leloir fue acreditado con el Nobel de Química. El arquitecto Adolfo Pérez Esquivel, también escultor y activista por la paz y los derechos humanos del mundo, recibió el Premio Nobel de la Paz. Finalmente, el doctor César Milstein, químico y biólogo nacido en el país -pero nacionalizado británico- fue premiado por sus aportes en Medicina.
En la próxima entrega de Premios Nobel, también habrá un argentino, su nombre: Pedro Pablo Opeka. El presbítero Opeka, próximo a cumplir setenta y dos años, nació el 29 de junio de 1948 en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires. Es hijo de D. Luis Opeka y de Da. María Marolt, inmigrantes eslovenos que llegaron a nuestro país en enero de 1948 escapando de crueldades del gobierno de Josip Broz Tito, “el Mariscal Tito”.
La acción y decisión de servicio de un hombre, además de la visión natural, como se da en este caso del Padre Pedro, es una muestra evidente de que cuando se quiere, se puede. Y también es una muestra de que la fuerza de un hombre, no tiene más límites que los que él mismo se impone. Una mente abierta, generosa y lúcida no tiene espacios demarcados, por el contrario, en ésta, todo es posible.
Pedro Pablo Opeka es el segundo de ocho hermanos. Desde muy niño demostró aptitudes sobresalientes en la práctica del fútbol, juego que le sería de utilidad deportiva no solo por la actividad física misma, sino que por medio de esto pudo entrar en confianza con los habitantes de Madagascar, uno de los cinco países más pobres del mundo. También desde niño aprendió rápidamente el oficio de su padre: la albañilería, otra de sus pasiones que le permitiría cambiar la suerte de miles de habitantes del mundo.
A los dieciocho años ingresó en el Seminario de San Miguel, donde ha tenido como profesor en Teología a un sacerdote que con el tiempo sería una celebridad mundial: Su Santidad Jorge Mario Bergoglio. Tenía veinte años cuando viajó a Europa para estudiar Filosofía y Teología. Luego viajó como voluntario a Madagascar, experiencia que lo marcaría a fuego y prácticamente cambió o acentuó su visión del hombre y la pobreza y cómo salir de ella.
En el año 1975 fue ordenado sacerdote en la Basílica de Luján, con la Congregación de San Vicente de Paul, ya con la visión determinada de combatir la pobreza y, a través de esa lucha, lograr el bienestar de aquellos que padecen hambre. Decidió entonces regresar a África para ayudar en esta parte del mundo. Como pocas personas ha logrado realizar notables obras teniendo como guía su corazón y la necesidad de los humildes. No había podido borrar de su mente, desde su viaje anterior, a aquellos niños y mayores, mezclados con perros y chanchos, buscando comida en los basurales.
Su vida en Madagascar puede dividirse en dos partes. 
Los primeros quince años los pasó trabajando en el Sur donde la pobreza, según su observación, es digna porque había trabajo. Así fue hasta que en 1989 pasó por un mal momento; su salud le jugaba una mala pasada. Por haber contraído paludismo y malaria fue trasladado a Francia donde se recuperó, sosteniendo que tenía “un zoológico en su estómago” debido a las enfermedades contraídas. Sin embargo, débil como estaba, se hizo cargo de la Parroquia de Antananarivo, en la capital de Madagascar.

Combate de la pobreza
Es allí donde empieza otra etapa con una tarea enorme al fundar Akamasoa, que significa “Buenos Amigos”.
Creó veintidós barrios, construyó espacios verdes, lugares para las prácticas deportivas y escuelas públicas y gratuitas a las que concurren por la calidad educativa y en las que solo aportan económicamente aquellos que sus finanzas les permiten. 
La terrible gravedad de la situación social le permitió desarrollar acciones para combatir la pobreza. Su acción se basó fundamentalmente en transmitir el sentido de revalorizar la capacidad interior de cada uno, de creer en ellos mismos y que sean ellos quienes trabajen para superar esta situación, la cual sería imposible de erradicar de otro modo, si se ejerce un paternalismo que dure en el tiempo. Les enseñó a valerse por sí mismos, por eso el Padre Pedro sostiene que “el asistencialismo, cuando se vuelve permanente, salvo extrema necesidad, se convierte en dependiente al sujeto que se asiste y Dios vino al mundo para hacernos libres, no esclavos”.
Con este pensamiento, cambió la realidad de los pobres de Madagascar. La transmisión de estas concepciones, con las que resignificó el potencial individual, permitió cambiar la actitud a los habitantes del lugar, al que trasformaron con el propio trabajo, con el propio esfuerzo y aunque, si bien recibieron ayuda externa, aprendieron a valerse por sí mismos y a observar que sus obras son tan valiosas al punto de cambiar no sólo su lugar sino la realidad propia.
Cuando empezó, el Padre Pedro observaba cómo los niños sacaban comida del basural para alimentarse, e incluso se peleaban entre ellos por ese alimento desechado por otros. Con su propio trabajo y esfuerzo, los basurales, unos de los más grandes del mundo, fueron transformándose en barrios. Urbanización con casas de material que empezaba a permitirles vivir dignamente, pasando de basurales a ser lugares habitables. 
Pero la obra más importante del Padre Pedro es haber enseñado a vivir con lo que cada uno produce. Por ello, con convicción sostiene que ayudar a un pobre no es dándole lo que necesita para superar el momento, sino que hay que enseñar que es posible cambiar una situación con su propia lucha, con su propio esfuerzo.

Familiares en el país
Ampliamente reconocido en el mundo, muy poco en Argentina, este religioso ha recibido múltiples reconocimientos, pero el más importante para él, es haber logrado que miles de habitantes de Madagascar, hayan comprendido que todo se puede a partir de la propia decisión y que nadie dará una solución estable, si ésta no se consigue con humildad y con esfuerzo propio.
Indudablemente el Padre Pedro es merecedor de numerosos homenajes y por ello mismo nace este artículo, pero también porque este sacerdote que brilla en el mundo, en Catamarca tiene familiares, un sobrino, Maximiliano Brumec. Sí, el actual Senador por el departamento Capital, es hijo de una hermana del sacerdote, Elena Opeka, la tercera de esos ocho hermanos, quienes están en permanente contacto con Pedro.
Y es el propio Senador Brumec que dice: “Este hombre es un ejemplo de lucha, ha sido y es el ejemplo de la familia, siempre nos habló de cómo ayudar a los pobres en silencio, sin esperar nada a cambio”. Cuenta que cuando los primos hermanos cumplían los dieciocho años de edad, entre los que él estaba, se reunieron con el sacerdote cuando realizaba una visita en Argentina. En esa reunión le dijeron que ellos se sumaban para salvar al mundo y que querían ir a África, el sacerdote los escuchó en silencio, y luego les respondió que, para salvar al mundo no hay que ir a ningún lado, pues que desde el lugar en el que se encuentre cada uno, debe hacer todo lo que esté al alcance para trabajar en beneficio de los que más lo necesiten.
Esta es la primera vez que nuestro país se suma a la propuesta para que el sacerdote Pedro Pablo Opeka reciba el Premio Nobel de la Paz, ya que en otras nominaciones anteriores solo lo propusieron países europeos.
Podría seguir enumerando las obras del Padre Pedro en el mundo, porque son miles las páginas que de él se han escrito. Diarios, revistas, libros, películas, televisión, radio, etc., hablan de él haciendo resaltar su obra. No obstante, con orgullo, yo solo diré que es un argentino que en el mundo cumple con la misión que Dios nos ha dado como tarea en nuestro paso por la vida terrena.
 

Texto y Fotos: Colaboración de Oscar Hugo Alaniz