Así como nuestra provincia de Catamarca ha dado al país y al mundo hombres y mujeres que se destacaron en distintas disciplinas, también hombres y mujeres de otras provincias argentinas sobresalen en el mundo notoriamente. Los ejemplos son muchos y la mayoría son de dominio público de amplio conocimiento.
La entrega anual de Premio Nobel, cuya primera edición fue en el año 1901, es un reconocimiento internacional que se otorga a personas o instituciones por sus trascendentales aportes a la Literatura, a la Paz, o por investigaciones y descubrimientos de Física, Química, Fisiología o Medicina y Economía. En definitiva, las contribuciones notables a la humanidad, permiten que aquellos que logran objetivos propuestos reciban el premio al esfuerzo, pero sobre todo al beneficio que el descubrimiento lleva a la humanidad. Esas acciones destacadas deben haber sido desarrolladas el año anterior o encontrarse en proceso con resultados reveladores en el momento de la entrega.
Cinco argentinos recibieron ese reconocimiento desde la creación del Premio. Ellos son el doctor Carlos Saavedra Lamas, político, diplomático y jurista argentino, quien recibió el Premio Nobel de la Paz. El doctor Bernardo Alberto Houssay, médico y farmacéutico argentino, recibió en la disciplina de Medicina. También médico y farmacéutico, y además bioquímico. Luis Federico Leloir fue acreditado con el Nobel de Química. El arquitecto Adolfo Pérez Esquivel, también escultor y activista por la paz y los derechos humanos del mundo, recibió el Premio Nobel de la Paz. Finalmente, el doctor César Milstein, químico y biólogo nacido en el país -pero nacionalizado británico- fue premiado por sus aportes en Medicina.
En la próxima entrega de Premios Nobel, también habrá un argentino, su nombre: Pedro Pablo Opeka. El presbítero Opeka, próximo a cumplir setenta y dos años, nació el 29 de junio de 1948 en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires. Es hijo de D. Luis Opeka y de Da. María Marolt, inmigrantes eslovenos que llegaron a nuestro país en enero de 1948 escapando de crueldades del gobierno de Josip Broz Tito, “el Mariscal Tito”.
La acción y decisión de servicio de un hombre, además de la visión natural, como se da en este caso del Padre Pedro, es una muestra evidente de que cuando se quiere, se puede. Y también es una muestra de que la fuerza de un hombre, no tiene más límites que los que él mismo se impone. Una mente abierta, generosa y lúcida no tiene espacios demarcados, por el contrario, en ésta, todo es posible.
Pedro Pablo Opeka es el segundo de ocho hermanos. Desde muy niño demostró aptitudes sobresalientes en la práctica del fútbol, juego que le sería de utilidad deportiva no solo por la actividad física misma, sino que por medio de esto pudo entrar en confianza con los habitantes de Madagascar, uno de los cinco países más pobres del mundo. También desde niño aprendió rápidamente el oficio de su padre: la albañilería, otra de sus pasiones que le permitiría cambiar la suerte de miles de habitantes del mundo.
A los dieciocho años ingresó en el Seminario de San Miguel, donde ha tenido como profesor en Teología a un sacerdote que con el tiempo sería una celebridad mundial: Su Santidad Jorge Mario Bergoglio. Tenía veinte años cuando viajó a Europa para estudiar Filosofía y Teología. Luego viajó como voluntario a Madagascar, experiencia que lo marcaría a fuego y prácticamente cambió o acentuó su visión del hombre y la pobreza y cómo salir de ella.
En el año 1975 fue ordenado sacerdote en la Basílica de Luján, con la Congregación de San Vicente de Paul, ya con la visión determinada de combatir la pobreza y, a través de esa lucha, lograr el bienestar de aquellos que padecen hambre. Decidió entonces regresar a África para ayudar en esta parte del mundo. Como pocas personas ha logrado realizar notables obras teniendo como guía su corazón y la necesidad de los humildes. No había podido borrar de su mente, desde su viaje anterior, a aquellos niños y mayores, mezclados con perros y chanchos, buscando comida en los basurales.
Su vida en Madagascar puede dividirse en dos partes.
Los primeros quince años los pasó trabajando en el Sur donde la pobreza, según su observación, es digna porque había trabajo. Así fue hasta que en 1989 pasó por un mal momento; su salud le jugaba una mala pasada. Por haber contraído paludismo y malaria fue trasladado a Francia donde se recuperó, sosteniendo que tenía “un zoológico en su estómago” debido a las enfermedades contraídas. Sin embargo, débil como estaba, se hizo cargo de la Parroquia de Antananarivo, en la capital de Madagascar.



