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SOCIEDAD

El corazón de Esquiú y el Caso Morales

En el fragor de la investigación para hallar a los culpables del crimen de María Soledad, un hecho novelesco desvió la atención de todos.
3 de mayo de 2020 - 01:00 Por Redacción El Ancasti

Entre tantas fechas significativas, este año se cumplirán treinta años de la restauración de una de las reliquias más preciadas por los devotos de Mamerto Esquiú: su corazón. Es que, hasta el ignominioso robo ocurrido el 30 de octubre de 1990, y por razones que la ciencia no logró explicar fehacientemente, el corazón de Esquiú se había conservado indemne desde su muerte, ocurrida 107 años antes.

Pero aquel arrebato en la iglesia contigua al Convento de San Francisco, donde la reliquia fue celosamente custodiada por más de un siglo, no fue lo peor. También fue vilmente arrojada y abandonada en el techo del tinglado del playón deportivo del Colegio Quintana, en la misma manzana del convento.

Mucho se dijo acerca del objetivo de aquella afrenta. Corrían tiempos agitados en Catamarca. Menos de dos meses habían pasado del crimen de la adolescente chacarera María Soledad Morales, cuyo cuerpo fue hallado con signos de inusual violencia, despertando el reclamo silencioso del pueblo por justicia.

Altos funcionarios del gobierno provincial recibían acusaciones de complicidad en el ocultamiento de pruebas y de connivencia con los verdaderos culpables, sindicados como “hijos del poder”.

Con la atención de la prensa nacional instalada en Catamarca, la vinculación de ambos hechos se hizo inevitable. Entonces cobró fuerza la opinión de que quien robó el corazón era funcional a la idea de desviar la atención de la investigación del crimen. La desazón de los devotos recibió cierto alivio cuando fue hallado el corazón en el techo.

Por eso, aquella restauración fue necesaria en virtud de la acción de los agentes externos -como el viento, el sol y la diferencia de temperatura entre el día y la noche- propios de su permanencia de varios días a la intemperie.  
 
Retorno

Entonces, el corazón tuvo que ser enviado fuera de Catamarca para su restauración. Los especialistas aseguraron que los tejidos no habían sufrido consecuencias considerables en su conservación.

Tiempo después, el padre guardián del convento franciscano de Catamarca fray José Paz anunció con alegría la llegada del corazón. Éste fue devuelto, con la solemnidad que suele dar la Iglesia Católica a sus santos.

El paso de la guardia de honor montada por los Gauchos de la Virgen del Valle y Soldados del Regimiento de Infantería 17 recorrió las calles céntricas antes de llegar a la iglesia del convento, donde fue nuevamente depositado para su exposición en el pasillo de la derecha de la nave central. Allí, en una de las paredes donde, en 1943, se dispuso un nicho recubierto de piedra ónix color verde veteado, cerrado con una vitrina y una puerta de bronce, labrada, donación hecha por una dama de Buenos Aires.

¿Quién hubiese imaginado tal desventura para el corazón de un hombre que en vida hizo un derroche de paz y bien, y que sólo pedía para su alma el descanso con los suyos después de muerto? En efecto, el deseo final de Esquiú, todavía siendo obispo de Córdoba, en aquel verano de 1883, fue que cuerpo sea sepultado en la diócesis de Córdoba, pero anticipando que su “corazón es de los catamarqueños”.

Posiblemente esto pruebe aquello que “cuanto más santo es un hombre, más peligrosos son sus enemigos”. Mucho más cuando, ya en 2008, ocurrió el segundo robo de la reliquia, que aún no ha sido hallada. Pero todo es posible para quienes tienen el don de la fe. Mientras la Ciencia Médica no encuentra explicación racional para sus milagros, la Iglesia ya reconoce la heroicidad de sus virtudes y se apresta a beatificar a este siervo de Dios.
 
Lo inexplicable

Como cuenta el padre Luis Cano en “Fray Mamerto Esquiú, obispo de Córdoba (Argentina)”, desde el comienzo, la cuestión de este corazón resultó un verdadero milagro: “Al conocerse la noticia de la muerte del padre Esquiú, corrió el infundado rumor de que había sido envenenado (…) Ocho días después de la muerte, y habiendo estado cuarenta y ocho horas sepultado el cadáver directamente en tierra sin ataúd, se hizo la autopsia en el Hospital San Roque, de Córdoba, bajo la dirección y responsabilidad del doctor Antonio Seara. El cuerpo ofrecía todos los síntomas de la descomposición. En sus vísceras no se encontró ninguna sustancia extraña. En cambio, el corazón estaba intacto.

El doctor Seara, maravillado por el fenómeno, colocó reverentemente el corazón en un frasco con alcohol y lo llevó a su casa, con la intención, según sus propias declaraciones, de enviarlo a Buenos Aires, al museo de Ciencias Naturales. Don Odorico Esquiú, (…) solicitó al doctor que le entregara el corazón, para conservarlo ‘como un recuerdo de familia’. El doctor Seara se lo entregó, juntamente con un testimonio autenticatorio, escrito y firmado de puño y letra. (…) a su paso por Catamarca, se hospedó en el Convento de San Francisco. Mostró a los frailes el tesoro que llevaba en una cestilla de mimbre sin ninguna protección. Los frailes le suplicaron que lo dejara en aquel convento, donde Mamerto había ingresado a la orden y en el que había vivido tantos años.
 
Fotos: Gentileza Alberto L. Ocampo
 

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