La integran mujeres que se unieron para cantar, con caja y corazón, coplas con las que evocan herencias ancestrales. Le pusieron perfume de mujer al carnaval y ahora se preparan para llevar su canto vidalero al Festival Margaritas.
“Con la cajita en la mano/ Ya saben a lo que vengo/ A divertirme cantando/ Que es el gusto que yo tengo” dice una de las coplas de bienvenida con la que la comparsa Wankara -integrada exclusivamente por mujeres – elige presentarse cada vez que, convocada o por motivación propia, sale a compartir su canto ancestral.
Wankara es el nombre en lengua originaria de la caja grande, complemento y proyección del canto vidalero que estas mujeres, con historias y ocupaciones distintas, asumen como propio y buscan mostrar y difundir.
La comparsa Wankara se conformó a fines de noviembre de 2019 para acompañar el espectáculo “Varela Lezana en danza” que realizó como muestra final un grupo de estudiantes de ISAC, y luego fue generando y sumando espacios de presentación hasta convertirse en protagonista de las celebraciones de carnaval que se sucedieron durante febrero en la capital catamarqueña.
Sandra “Warmy” Sosa, música, compositora, cantante e investigadora de las formas poéticas y musicales de la vidala, fue quien aglutinó al grupo que también integran Claudia Finamore, Silvia Gordillo, Beatriz Casimiro, Mariángeles Nieva Santillán, Natalia Ayala Cabrera, Pamela Irace, Irina Armendáriz y Anita Campos.
“Siempre quise que se formara una comparsa, porque no es lo mismo cantar solito. La música del carnaval es eminentemente grupal, es un compartir, tienen que sonar los tambores y las wankaras, acompañando este canto gutural” dice Sandra.
Y así fue como Wankara, que se generó para acompañar un evento puntual, fue encontrando una misión que se les delineó de forma muy clara desde su primera presentación: convertirse en las transmisoras de este canto ancestral como eslabón presente -y consciente de su valor patrimonial- entre las generaciones pasadas y las futuras.
Mariángeles es profesora de psicología y ofrece una interpretación de esta conexión especial que -sienten grupalmente- viene sucediendo cada qué vez que la comparsa Wankara canta al son de sus cajas. “No es casualidad que nos hayamos encontrado, si bien Warmy ha sido el puente entre nosotras, se ha creado algo muy especial en los vínculos, nos ha pasado de generar una conexión muy especial con nuestros antepasados, cada una a través de su propia historia, y de ver cómo eso se proyecta al futuro, en nuestros hijos”, destaca Mariángeles.
Y así como en la comparsa hay quienes vienen estudiando e investigando sobre la copla como manifestación cultural, al grupo también lo integran mujeres que han mamado la copla desde chicas. Como Beatriz Casimiro, oriunda de Puerta de Corral Quemado en Belén, que se emociona al evocar a su padre, coplero.
“Yo llevo la copla en la sangre, en el alma. Mi papá cantaba, era coplero, nació en El Tolar y después se fue a vivir a Puerta de Corral Quemado. Y él vivía cantando, mientras regaba, mientras cardaba los puyos. Recuerdo que siempre cantaba esta copla “De aquí vengo/ y acá estoy/ si no les gusta mi modo/ con su permiso ya me voy”. La cantó hasta una semana antes de morir, porque a él lo hacía feliz cantar”, cuenta Bety emocionada.
Tiempo después de su muerte Bety decidió retomar ese canto, que con las ausencias le daba tanta tristeza, para transformarlo en amoroso homenaje a su padre coplero.
“Bety es testimonio de la presencia de la copla en la vida cotidiana. La copla no es solo un canto ancestral, un patrimonio inmaterial que nos viene heredado, sino que está ahí, vivo, latente y basta que algo se sacuda para que resurja”, destaca Claudia Finamore, otra de las integrantes de Wankara.
Silvia Gordillo también viene de familia vidalera. Nacida en Colpes, Pomán, todavía recuerda a su abuela con la ramita de albahaca detrás de la oreja -montada en un caballo adornados con serpentinas- participar de los tradicionales topamientos de carnaval al son de cajas y coplas.
“Cuando las encontré a las chicas fue como recuperar esos recuerdos. Dicen que moviendo la tierra, uno va encontrando la raíz y yo siento que la encontré gracias a ellas, por eso estoy tan orgullosa de lo que estamos haciendo”.
Irina, junto con Anita, son las más jóvenes del grupo, las que marcan los tiempos de ensayo y las que no olvidan que deben anunciar y mostrar cada presentación en las redes para que Wankara, de a poco, vaya cruzando fronteras.
Irina destaca un desafío muy claro que también afrontan como grupo: “Estamos trayendo cantos ancestrales y de alta montaña a un contexto citadino, moderno y actual, y tenemos ese desafío de lograr esa hibridación para que esos cantos suenen genuinos, aunque los presentemos en un contexto muy distinto al de nuestros abuelos o antepasados”, señala.
Comparsa Wankara: coplas, caja y corazón
Magia
Cada vez que la comparsa suena algo mágico sucede. La luna ilumina, oronda, al grupo dispuesto en semicírculo. Los niños se acercan curiosos a tocar las cajas y descubrir cómo es que ese tun tun se escapa de ellas. Algún turista se deslumbra al sentir la fuerza de ese canto que nace de las entrañas de estas mujeres. O, como les pasó a las “wankaras” hace unos días en el Hogar de Ancianos, una mujer mayor se acerca a decirles: “Gracias por las coplas, me llenaron el alma”.
Es como si una energía especial se pusiera a circular cada vez que, en ronda, sin mucho artilugio ni escenario, estas mujeres cantoras echan a rodar sus coplas, o las que coplas que son de todos, porque forman parte del patrimonio inmaterial y la memoria de nuestros pueblos.
De hecho, el repertorio de Wankara está formado -por ahora- por mayoría de coplas recopiladas por Juan Alfonso Carrizo en territorio catamarqueño. “Y la parte musical, la del sonido, que le falta a los libros de Juan Alfonso Carrizo, la tomamos del registro que en 1960 hizo Leda Valladares en Catamarca y que está contenido en el mapa musical de la Argentina, de Leda Valladares, que editó el sello Melopea”, detalla Sandra, la investigadora del grupo.
Dicen que en el gusto está la variedad, por eso la selección incluye un repertorio temático variado, listo para salir al cruce en caso de contrapuntos, así como para poder dar cuenta de que, pese al tono lastimero que suele acompañar las vidalas, siempre pueden hablar de amor, de alegría y hasta de picardía, precisa Sandra y grafica: “Oiga mocito de Oca/ Convídeme hojita i´coca/ Si no tiene hojita i´coca/ La dulzura de su boca”.
Natalia Ayala Cabrera es estudiante del profesorado de música y siente que ser parte de Wankara y estar experimentando la copla desde este espacio colectivo le brinda un plus enorme a su formación. Y, en ese sentido, reflexiona: “Yo estudio música y jamás me enseñaron esto. No está incluido dentro de lo que son los diseños curriculares, y es una pena, estudiamos la música de Europa, pero no la nuestra. Por eso ser parte de esta comparsa es de gran enriquecimiento en mi formación como música y futura docente”, destaca.
Y todas coinciden en otro factor que hace que Wankara eclipse con su canto: que la integran exclusivamente mujeres, unidas en hermandad en torno al canto y la caja. “Somos de distintas edades, diferentes ocupaciones e historias, pero nos encanta poder mostrar a la mujer como protagonista de la historia de la música de Catamarca”, señala Natalia.
Y justamente con esta propuesta vidalera Wankara se presentará el sábado 28 de marzo en la 2º edición del Festival Margaritas, organizado por el movimiento de mujeres músicas de Catamarca. Vienen de muchas presentaciones que las tuvieron como protagonistas: el desentierro del pujllay en El Jumeal, El Jueves de Comadres en la Plaza 25 de Mayo y otras copleadas en distintos encuentros musicales a los que fueron convocadas.
Wankara -dicen sus integrantes- quiere seguir creciendo y proyectando su música tanto en escenarios como en talleres y espacios que permitan el disfrute, la transmisión de este legado y el compartir, porque de eso se trata su canto.
Mientras sueñan con poder cantar en la Fiesta del Poncho en julio próximo piensan en cómo seguir abriéndose camino con un objetivo claro: “Lograr que el público que escuche las vidalas respete y valore este canto, y que cantores que tienen un poco apagado el fueguito, se entusiasmen y vuelvan a cantar, porque las coplas -dice Sandra- son como las brasas: basta soplarlas un poquito para que el fuego se vuelva a avivar”.
Texto: Evangelina Quiroga
Fotos. Ariel Pacheco