Ella es Esther Suárez, de la congregación Hermanas Misioneras Franciscanas de María cuyo cometido es la evangelización y la promoción humana. Nació hace 92 años en Icaño, departamento La Paz, y desde su ordenación dedicó su vida al servicio de quienes la necesiten. Misionó en distintas provincias y países, pero lo que realmente marcó su vida misionera fue haber estado en Mauritania, África. Allí pasó los años más difíciles de su vida evangelizadora, sufrió hambre, calor y otras tantas dificultades, pero siempre al lado de pobladores que aún viven en lugares donde la civilización demora en llegar. Tras algunos años allí, su salud comenzó a desmejorar a tal punto que la obligó a volver a la Argentina. Sin embargo, al poco tiempo y con más fuerzas y vocación que nunca, volvió a su misión mariana en su país.
Religiosa catamarqueña cumple con la cuarentena confeccionando barbijos
La hermana Esther pasa sus días en la casa que la congregación posee en el barrio porteño de San Cristóbal, ayudando tanto a las religiosas ya mayores o con problemas de salud, como a las personas que llegan a la casa en busca de contención y asistencia. Pero su misión no termina ahí. A su edad aún se da el lujo de enseñar tejido, bordado o pintura en telas a sus “alumnas”.
Además, en su tiempo libre también le quedan ganas de estudiar. “El saber no ocupa lugar”, dice orgullosa y bromea. Desde su tablet que adquirió a través de ANSES, toma clases de inglés que baja de YouTube; aprendió a usar el Whatsapp y con eso se comunica con familiares, amigas y con su comunidad religiosa. ¡Y ahora, también tiene su perfil en Facebook e Instagram!
Realmente sorprende su lucidez y energía. Nunca está cansada y siempre dispuesta a aprender algo más y a dar una mano. Cocina como nadie. En su familia dicen que se sienten orgullosos de tenerla, además de considerarse “privilegiados”. Y no es para menos…