“Pepino, eras el alma del corazón. Darío Santillán, tus compañeros del Polo Obrero siempre te recordaremos. Octubre de 2005”. Así reza una placa repujada en aluminio, humilde, en Pozo el Mistol, muy cerquita de donde se construye un inmenso supermercado chino.
Piqueteros
En 2002 nace el movimiento piquetero en Catamarca. Seis años después del llamado “Cutralcazo”, una verdadera pueblada en la ruta que une Cutral Co y Plaza Huincul, en Neuquén. El reclamo unánime era trabajo, la desocupación pasaba el 30 % de la población en muchos puntos del país.
El comedor Darío Santillán llevaba el nombre del muchacho caído en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 que pusieron fin al gobierno de De la Rúa. Las primeras reuniones, las primeras asambleas de aquellos que con miedo y timidez primero se acercaban a organizarse por pan y trabajo, se llevaron a cabo en ese patio mitad de tierra y mitad de un contrapiso rugoso, al lado de un gran horno de pan. Doña Delia y Raúl “Pepino” Vizcarra vivían de la venta de pan casero y de algunas monedas que entraban por changas en la construcción. Tata, el mayor, el que tenía el rol de vendedor en una bicicleta pesada, ajada de andar por los mil y un callejones chacareros, recuerda sentado en el mismo patio con el horno, hoy averiado, “los días tremendos de tanto sacrificio”.
En ese patio pequeño se cocinaban más de 150 raciones de comida diariamente. Los vecinos venían con sus ollitas gastadas o los llamados ‘tapers’ y se llevaba la ración para la familia. Se conspiraba contra el Estado, para arrancarle comida, alimentos, materiales para mejorar las viviendas y en el cielo quedaba colgando el eco de cientos de voces por lo nunca jamás obtenido: el trabajo de verdad, estable. Cientos de anécdotas de aquel patio, donde también hubo ratos de empanadas y algún brindis luego de una jornada de humo y corte de ruta por alguna victoria obtenida. Otras veces, un túmulo de desarrapados, madres con sus niños en los brazos, pintaban carteles con letras que los pibes de la universidad que estaban en el movimiento, igualaban o resaltaban con pintura, por lo general roja. Había que sacar a los compañeros presos. A pie, en bicicleta, en motitos destartaladas, en algún camión de un vecino que cortaba y vendía bloques se trasladaban los piqueteros, para apostarse en las puertas de una comisaria o en las de un juzgado. En ocasiones, parecían no temer a nada. Nada frenaba a aquellos locos que ya lo había perdido todo para obtener lo mínimo e indispensable. Una decena de comedores y al menos ocho merenderos tenía la organización. La perfidia de los encargados de Acción Social era tal que escatimaban los recursos, al extremo de desabastecer a la organización, que debía ponerse otra vez en la calle para que le dieran lo ya prometido. Las asambleas donde se discutía y se organizaba todo, estaban cargadas de momentos emotivos. Era una escuela de democracia obrera la que se estaba cimentando.