Descendientes propietarios de lo que queda del último alambique existente en Valle Viejo buscan apoyo para restaurar el edificio y los artefactos que atestiguan el esplendor del aguardiente. Sería una joya turística.
¿Y si se recupera la bodega de los Flores?
El espacio vital que agoniza desde hace 34 años detrás de un viejo portón céntrico de San Isidro debería convertirse en un soñado paseo para que, propios y extraños, citadinos y visitantes, conozcan la historia de la otrora próspera elaboración del aguardiente.
Una actividad tradicional que, precisamente por próspera, fue largamente perseguida cuando no prohibida y criminalizada.
Vestigios de aquellos años de esplendor del laboreo de la uva macerada para destilarle, gota a gota, la bendita bebida que arde al tragar.
Se trata del último edificio en pie de esta industria emblemática que le dio nombre y renombre a Valle Viejo, desde tiempos inmemoriales: el alambique de la Bodega Extravid, que hizo grande don Juan Emilio Flores promediando el siglo pasado, sucediendo la tradición y el arte aprendido de don Segundo Macedo. Actualmente, Ana Barros Lencina y su prima María Florencia Lencina Fadel, ambas descendientes de quinta generación por línea materna del apellido Flores.
El lugar, dos enormes salones con maquinaria y artefactos bien conservados aunque tapados por el paso del tiempo, se ubica casa por medio de la actual sede de ECA Emergencias Médicas, sobre la Ruta Nacional 38, en Tres Puentes, Valle Viejo.
Antecedentes históricos
“La industria del aguardiente, que procede de la destilación de uva, es de vieja data, ya que su nacimiento surge de la época colonial, principios del siglo XVIII en forma de industria artesanal incorporada al patrimonio económico de la provincia. Hacer historia sobre esta industria es hacer historia de los viñedos en Valle Viejo, que en 1579 se plantaron los primeros vástagos por don Alfonso Carrión en la localidad de Huaycama, (…) procedían del Oeste catamarqueño donde ya era notable la producción en Londres, departamento Belén”, apunta una tesis universitaria de Susana Garaventa, Teresita Nieva y Mirtha Segura de Roger, que citan a Ana Isí (1980) en su trabajo “La industrialización del aguardiente”.
Así, la producción de Las Chacras no solo ganó fama por el algodón, las frutas y hortalizas con que proveyó primero a sus pobladores y luego a la ciudad fundada al otro lado del río del Valle, sino que su aguardiente y sus frutos secos eran comercializados con destino al Alto Perú y al Río de la Plata durante la época colonial.
También “se destacan por su calidad los departamentos Pomán, Santa María, Belén y Tinogasta, siendo el primero el que entre los años 1895 y 1925 logra, con su próspera industria, que el 70% de su economía esté representada” por el cultivo de la vid. Lafone Quevedo aporta datos al respecto: de 1875 a 1881 la producción podía calcularse en 300 hectolitros lo que, para esa época y dado lo rudimentario de su elaboración puede considerarse insuperable proyección.
La industria vitivinícola podría haberse constituido en el eje motor de la economía provincial, que fue detenida por equivocadas medidas de gobierno que obstaculizaban la plantación. Recién dejaron libre de impuestos a partir de 1884 por ocho años y se premiaba con $ 70 m/n por hectárea que se plantaba. En 1886 surge el impuesto por litro de vino y aguardiente que se elaboraba. A partir de esta fecha comienzan a surgir trabas mediante cargas fiscales y severos controles de toda índole, que desaniman al productor haciendo imposible la extensión y pasando así la industria a ser patrimonio exclusivo de grandes capitalistas y dando lugar al cierre de casi la totalidad de las bodegas, de reconocida calidad de producto por todo el país.
Así, los pequeños productores que pueden ser considerados los pioneros de la industria pasaron a ocupar la categoría de peligrosos delincuentes sometidos a una implacable persecución que respondía a lo dictado por la Ley”.
Este golpe a la industria llevó primero a la producción clandestina y finalmente al abandono de los viñedos, emigrando su mano de obra a otras provincias. Sin embargo, el productor, tenaz y comprometido con sus tradiciones, volvió siempre a la carga. ¿Cómo iba a desperdiciar la ventaja competitiva de saber que en esa tierra fértil se daban inmejorables las condiciones para lograr la graduación alcohólica de 40 grados para producir un exquisito aguardiente “seco” o “abocado”?
La prueba de que Valle Viejo era una zona privilegiada para esta producción la dan los números: entre 1940 y 1947 se superaron los 662 mil litros. Pero otra vez, en 1949 las cosechas vuelven a decaer, quedando sólo tres departamentos activos: “Pomán, con Aguardiente El Chango de Augusto Andreatta e hijos, el Aguardiente Don Pío (de Pío Augier) y San Sebastián (José Gil Diamante); en Fray Mamerto Esquiú, con Vicente Garriga, y en Valle Viejo con el Aguardiente Isí (Elías Isí), El Coyuyo (Felipe Maidana), Río del Valle (González Lelong), Aguardiente Silva (Lindor Silva), El indio (María A. de Avellaneda) y Extravid, de Miguel Flores, hoy todos desaparecidos”.
Hacia 1967, todavía la Bodega Extravid tenía prestigiosos clientes que solicitaban sus exquisiteces: la Casa Raggio, Forchieri y Cía S.A. de Buenos Aires, Grandes Almacenes El Gallito, distribuidora de la ciudad de Tucumán y la vía comercial de la Casa de Catamarca, por la que se proveía a distintos clientes en esa metrópoli.
Luego, otra vez los vaivenes del país y por fin en 1986, el amargo cierre. A 34 años, el edificio es un bastión del aguardiente. El último refugio de aquella historia de trabajo, encuentros y desencuentros.
Ojalá quienes intentan desempolvar su historia encuentren el apoyo necesario para recuperar un edificio “con valor histórico propio, arquitectura (que) data del año 1900, gran parte de la estructura conserva el material de construcción de la época (adobe y techo de tejas)". Que llegue a convertirse en un museo-bodega boutique con guías explicando un recorrido por los años de tan vasta producción. O lo que surja de alguna propuesta ingeniosa.
“Hay tanta historia por contar… tradiciones que perdimos con el tiempo, costumbres que fueron desapareciendo. ¿Cómo explicar este sentimiento que me moviliza el alma? Saber que tenemos una bella historia por contar, saber que la podemos compartir y poner a flote esto que desde hace años venimos queriendo darle forma”, expresa Ana Barros Lencina dando rienda suelta a la ilusión de toda una familia.
El rescate de este patrimonio se impone ante la magnitud de antecedentes históricos que cobijó al aguardiente como fuente de trabajo para varias generaciones de chacareros. Nada menos que el aguardiente. La noble actividad, la tradición tan propia, la vocación presumida en tan inolvidables noches festivaleras, merece mucho más que un último trago.
Texto: Carlos Gallo
Fotos: Ariel Pacheco
Fuente consultada: Textos citados en “Bodega Extravid Flores – Valle Viejo. Una propuesta de interés histórico cultural y su incorporación al Turismo Rural – Garaventa-Nieva-Segura de Roger, Julio 2003 – F.C.E.yN. (UNCA).
Texto destacado: Adobes adentro, la bodega permanece detenida en su tiempo.