Cuando Jesús dijo que “pongamos la otra mejilla”, frente a alguien tóxico, estaba diciendo que renunciemos al derecho de venganza. Es decir, que no devolvamos mal por mal. Porque, si lo hacemos, nos vamos a simetrizar y a entrar en una batalla que no nos corresponde. Nuestra reacción jamás debería ser salir a “diagnosticar” a aquellos que pareciera que viven para dañar a los demás. Porque, de esa manera, estaríamos cayendo también en toxicidad.
Lo que sí tenemos que hacer es mantenernos alertas frente a los manipuladores, los abusadores, los psicópatas, que tanto abundan por estos días. Esos que, en términos psicológicos, denominamos “personalidades disfuncionales”. Todos tenemos rasgos negativos que nos avergüenzan. Pero hay algunos a los que deberíamos mantener lo más lejos posible.
Encontramos gente tóxica en todos los ámbitos: en la política, en la religión, en la familia, en el trabajo. Lo importante es reconocer que todos fallamos, que todos lastimamos, en algún momento. Aceptarlo e, incluso, pedir perdón no nos hace débiles ni peores que otros. Pero algunas personas parecería que necesitan lastimar siempre a alguien. Porque, así como hay quienes nos nutren y nos hacen bien cuando están cerca; hay otros que nos enferman porque solo buscan dañar a los demás.
En general, el psicópata, ambiciona el poder. No es agresivo, como se cree popularmente. Aquí no nos referiremos al psicópata que es un asesino serial, sino más bien al psicópata adaptado a la sociedad que encontramos cotidianamente. Se trata de una persona con un bajo (o nulo) nivel de empatía. ¿Qué significa esto?
Que no considera al otro y lo percibe como un objeto al que primero usa y luego descarta, cuando ya no le es útil. Por ejemplo, si le dicen que llegue a las siete, vendrá a las siete y media. Porque no respeta los límites. La norma es un robo a su libertad interna. Es por ello que necesita transgredir y siempre es mentiroso. ¡Puede mentir aun mirando a los ojos!
Los seres humanos, cuando nacemos, atravesamos lo que se llama “proceso primario” por el que, toda vez que tenemos una necesidad (por ejemplo, comer porque sentimos hambre), pasamos a la acción directa (llorar, gritar, patalear, etc.). Se trata de un instinto de satisfacción. Pero, de a poco, nuestros padres nos van enseñando a esperar: “Ahora no, más tarde, mañana”. Eso se conoce como “proceso secundario”: quiero A y evalúo si puedo tenerlo ya o tengo que esperar. En base a eso, tomo una decisión.
El psicópata quedó atascado en la personalidad infantil de acción, en el proceso primario. De manera que, cada vez que quiera algo, irá por ello sin evaluar las consecuencias. Y no le importará aplastar a otros en el camino. Por eso, frente a él o ella, lo mejor es procurar el contacto cero. Y, si es un familiar con el que tenemos cercanía, recordar estas dos palabras fundamentales: “sí” y “no”. Es decir, ponerle límites siempre que sea necesario.