SALUDO A LO QUE DEVIENE
¡Salud! Todo está hecho con material de fuga
con su adiós y su albricia en cada extremo.
El presente es un baile de libélula.
Todo está caminando y avanzando
y todo está cambiando y ascendiendo,
y ella, ella la temida, es forma
del movimiento solo.
Más allá de latidos y amapolas y sueños,
más allá del espanto y la ceniza,
lo que fue recomienza...
Ninguna cosa existe fuera del tiempo en marcha.
El movimiento, sacra levadura,
lo leuda todo.
El letargo, las pausas y las lápidas
son ilusiones transeúntes.
El eterno reposo es la quimera
de las almas cansadas.
Y las mismas estrellas vivaquean
sin detenerse, es claro.
La muerte es el más vano de los sueños.
Lo que está adentro estuvo afuera
o aún lo está.
¡La cantidad, oh dioses, trocándose en espíritu!
Ya por los agujeros que el gusano
abre en la oscuridad
se miran las estrellas.
La apariencia se impregna de esencia y se hace diáfana.
La vida angosta hecha de sustancia infinita.
Las formas venideras fraguándose a ojos vistas.
¿No zumban las abejas ebrias de miel futura?
¿No puede un beso ser inmortal de belleza?
El cargado de augurios y destino,
el hombre jornalero de la tierra y de la historia,
el que avanza creciendo como un río
¿no es el que ya transita por encima
de las nubes y el tiempo?
El pasado
es venerable como la armadura
de un héroe difunto,
pero a nosotros no nos sirve
y nos estorba ya.
El hombre corcovado de siglos y despojos
¿no ha de asumir al cabo
la contagiosa navidad del alba
con su alma siempre encinta de esplendores inéditos
que peligró morir bajo la carga
de un astro muerto:
la fe vuelta de espaldas?
(En secreto las brújulas vuélvense hacia el futuro,
septentrión verdadero.)
Espoleada por el hombre
y hastiada ya de su horizonte inmóvil
escribirá la Esfinge su secreto
en su piso de arenas y de siglos
donde hundidos están los horizontes
que emergerán mañana.
Luis Franco - (De Insurrección del poema)
Rosario Andrada es abogada, escritora catamarqueña. Su escritura está signada por la mitología calchaquí y el paisaje.
“El Señor de Autigasta es uno de los libros más trascendentes de Leonardo Martínez. Elegí La Casa porque refleja la infancia, donde el viento penetra en caseríos y va contando historias, estampando imágenes, ordenando las cenizas y los sueños, algo que solo un gran escritor puede hacer”.
LA CASA
Mi padre
heredó de viejo
la casa y los alfafares de mis abuelos.
La casa estaba en ruinas,
puertas y ventanas tapiadas.
Las hormigas habían levantado grandes túmulos
en los pisos.
Los techos filtraban el agua de las lluvias
y por los huecos de las tejuelas rotas
la luz caía en figuras cambiantes.
Mi herencia fue otoño.
La iguana, que tenía su cueva
en la sala de sillones sombríos,
empezaba a dormir su sueño de invierno.
Las comadrejas abandonaban el nido
hecho en la maraña del clarín de guerra
y en el patio
sólo se oía la embestida del viento.
Los alfafares ya eran montes
de vegetación áspera y cerrada,
guarida secreta de habitantes
de la casa.
Ahora,
en un rincón del sueño,
miro volar bandadas de pájaros
hacia las altas sombras.
Desde un galope de ansias
la nostalgia me invade
como un lienzo infinito.
La casa está vencida,
el tiempo clausurado.
Leonardo Martínez (De El Señor de Autigasta)
Patricia Álvarez es escritora, activista y docente andalgalense. Tiene innumerables publicaciones en las que se destaca el amor por su tierra.
“Cuando ya es muy noche en la vida y el amor espera en alguna parte, desearía que muchos leyeran La Lenta Agonía, el último poema de Baus de Jorge Paolantonio, porque tiene esa cesura con la que solía espaciar sus versos. Lo recuerdo tan bien en sus largas conversaciones porque en ese poema final juega con la semanticidad que urde el fuego, porque al final del día una se pregunta si es momento de anunciar los otros fuegos en los que dejaremos de arder”.
LA LENTA AGONÍA
négliangeliconosceranomai
ilnostro martirio.
ALDA MERINI
rama del sauce apenas toca cenizas de la hoguera
y hay un soplo barre y esparce las chispas muertas
como si un aniversario doloroso festejase el día
en que cada padre dejó a oscuras a cada uno de sus hijos
hoy son huérfanos pero habitan el rescoldo leve sollozo
de los pies ya sin retorno mudos desvanes de memoria
al costado de lo que fueran palitos de tola y retama seca
armar la pira cuando la luz se agote abanicar la yesca
recomenzar lo cotidiano anunciar los otros fuegos
en los que dejaremos de arder hasta siempre o nunca
con el empeño vano persistente de nuestra vieja sombra
Jorge Paolantonio (De Baus)
Arturo Herrera es doctor en Letras, escritor, docente universitario. Investiga y profundiza el conocimiento sobre nuestras letras.
“Tengo preferencia por muchos otros poemas de Juan Bautista Zalazar, pero escojo ahora Las Palabras porque es su lección de creación literaria y, a la vez, de su exquisita práctica de la lírica”.
LAS PALABRAS
Abren un tiempo, un pulso y un espacio.
Por ellas uno escapa de sí mismo.
Yo soy lo que les digo: estas palabras.
Y también lo que callo. –Por el indio–.
El nombre es mariposa o solo viento
que está sobre las cosas. Su latido.
Es como piel que trae lo que llama,
con su silencio a medias, un vacío.
Por el lado de hablar me voy oyendo
las futuras cosechas de rocío.
¿La muerte no es estar SOLO en el nombre?
Lo escribe con mayúsculas el grito.
Hay que cavarse hondo para hallarlas.
¿Y si esto que decimos fuera el alma?
Juan Bautista Zalazar (De Cosechas de rocío)
Enrique Traverso, alias Silvio Olivari, es un escritor y comunicador chacarero que ha dedicado gran parte de su vida a difundir la literatura local.
“Recomiendo que lean La Encomienda, un poema de María Emilia de Suárez Hurtado, que se destaca por su sencillez, porque tiene la simpleza de una flauta de caña”.
LA ENCOMIENDA
Como todos los viernes
va la encomienda, hijo.
En un paquete, encima, a la derecha,
van los primeros nísperos.
Llevan el sol de julio
y el olor del romero vecino.
Cuando la abras,
sentirás la tierra y el agua y el viento en el camino.
Y en los bolsillos la redondez casi silvestre
del amarillo hinchado -son los mismos-.
Con su agridulce pintón, por el apuro
de enviarte en albricias
la primavera en julio.
Un pájaro picotero
probó la madurez
y en uno de ellos, va también el mensaje
del canto
que te envían los pájaros.
Van también el patio y la dama de noche,
que trepaba con sus pañuelos blancos.
Y el olor de la menta pisada,
y el verde ceniciento del olivo,
y el rosal.
Y el lapacho y las siestas sin olvido.
Va la acequia, va el naranjo.
Va la casa en los nísperos.
Van las palabras que el corazón pronuncia
sin poder acallar:
- ¡Hay nísperos maduros, mamá!
Entre tantas cosas que lleva la encomienda
nada será tan nuestro y tan mío,
como el beso redondo de los primeros nísperos.
De Obras poéticas - María Emilia de Suárez Hurtado
Camila Ortega es escritora y comunicadora social, orientada al desarrollo local.
“Elegí este poema de Víctor Aybar porque todos somos un poco más divinos, un poco más animales cuando caemos y golpeamos irremediablemente en el amor”.
“...Y cuando he soñado tanto que yo
no soy de este mundo.
Alejandra Pizarnik
Amo de la manera más inhumana,
en el silencio,
en la quietud,
en la traición de la noche.
Aborrezco este espacio que contengo
por (no) tenerte,
por no encontrarte,
por acechar tu sombra.
¡Silencio!
Que no griten las palabras de esta boca de papel.
Un murmullo se acerca y
pasa birrítmico trae:
grita en diástole,
muda en sístole.
Su conjuro me delata.
¡Silencio!
Este espacio izquierdo que contengo.
¡Silencio!
Amo y tiemblo, inhumanamente.
Que no griten, que no salten, que no pronuncien.
Mi verso malherido
que soy
que ama.
Víctor Alejandro Aybar (De Dúo Nocturno)
Franco Guillermo Dré es abogado, profesor universitario de Ciencia Política y Derecho Público, seleccionó el poema III de Pulsando el crepúsculo con una sola yema, de Enrique Traverso.
“Creo que la potencia de lo poético se reduce, al final, a esa máxima que dijo Gelman en su discurso al recibir el Premio Cervantes en 2007: Pero ahí está la poesía, de pie contra la muerte”.
III
Amanecemos
la luna y yo
bajo este cielo
diáfano
todos los pájaros despiertan
al monte
lo imantan de verde
y el oscuro ser
de la noche
se hace diminuto
oquedad de las piedras
silencio de las huacas
y se guarece por fin
en el ojito de una lagartija
soy el que está
pulsando el crepúsculo
con una sola yema
se corre el telón del cielo
las nubes naufragan a barlovento
aturdo mis recuerdos
la añoranza de tu piel y tu ombligo
con este jolgorio de pájaros
las charatas ensordecen a las perdices
que se quedan tiesas
entre las ramas de los garabatos.
Un hombre es una silueta
en el mundo
y le da vida al camino
las arañas debajo de las piedras
sienten el crepitar
de la tierra
la claridad me enseña la boca sonriente
de las pasacanas.
El mundo recomienza
yo comparto este balcón de montaña
con los quebrachos
y un gato amarillo
que se deshace en cacerías
de saltamontes transparentes.
Mariel Zapata es editora y estudiante de la Tecnicatura en Gestión Socio Cultural. Seleccionó un poema de Camila Ortega.
“Este poema tiene piernas propias, baila en la página… y luego salta en la empatía de cada lector, ¿no lo creen así? ¿quién no se sintió así alguna vez? Como un yo lírico que mira a través de la ventana un día de lluvia y luego despierta”.
AUTOFLAGELO
Lentamente me volveré uno de esos seres
que lloran en el banco de una plaza,
que hablan y también discuten solos.
Dejaré de acomodar mi pieza, la casa y la
vida misma.
Coronaré con chubascos mi cabeza.
Seré uno de esos que se quedan hasta
que el bar los corre.
Contaré a todos mi historia una y mil
veces, hasta que todos
los del pueblo la sepan de memoria y la
odien.
Los amigos a esta altura habrán
abandonado.
Me dejaré de bañar, y cuando lo haga solo
lo haré a modo de riego.
Me arrastraré por las calles,
perderé pelo, dinero y lujos.
El llanto habrá dejado una mueca de
indiferencia en mi cara.
Me olvidaré de las flores y de mi nombre.
Entonces.
Recién entonces,
entenderé que el propio abandono
no tiene nada de poético.
Camila Ortega Arévalo (De Flores de desasosiego