Si bien todos sabemos que algún día nos vamos a morir, algunas personas le temen a la muerte, y mucho. Independientemente de cuán sana sea nuestra vida, hagamos lo que hagamos, no podemos escapar de ella. Se trata de una condición universal que nos iguala a todos.
Muchas veces, cuando nos enteramos de que alguien falleció, pensamos que eso le ocurrió a otro. En el fondo, lo estamos proyectando en los demás. Algunos se ríen frente a la muerte (por ejemplo, cuentan chistes en un velorio) pero no por falta de respeto sino porque sienten angustia al recordar que el ser humano es finito. Es un modo inconsciente de decir: “Yo todavía sigo aquí”.
Y cuando uno llora desconsoladamente la partida de un ser amado, lo cual es normal y terapéutico en su justa medida, no solo está lamentando la pérdida sino además lamentándose por sí mismo al pensar que un día se encontrará en esa posición. La verdad es que, aun cuando seamos personas de fe que esperan un lugar maravilloso en el más allá (llamado cielo), nadie quiere irse del más acá.
La muerte suscita dos miedos en la gente:
1. La forma en la que vamos a morir.
2. Lo que nos vamos a encontrar después de la muerte.
Todos le tememos al “cómo”. Hay personas que le tienen miedo al sufrimiento y dicen: “Yo no quiero perder mi lucidez antes de irme”; o: “Yo no quiero tener que sufrir para partir”. Y en segundo lugar le tememos al “después”. Nadie sabe con certeza lo que hay más allá de este mundo. Algunos manejan la idea de cielo o infierno. Y otros tienen la creencia de que no haya absolutamente nada después de la muerte. Los que tenemos fe vemos la partida como un “cambio de vehículo”, que consiste en abandonar el envase (cuerpo) para pasar a la presencia del Creador.
El gran escritor Víctor Hugo expresó: “No he muerto; empezaré a trabajar nuevamente por la mañana”. La fe en algo después de la partida (y en esta vida, por supuesto) nos permite percibir la muerte no como un punto final sino como una coma o un paréntesis. Tener la convicción de que no se trata de una pared sino de una puerta a un estado mejor disminuye grandemente el temor que todos compartimos en mayor o menor grado.
¿Cómo podemos superar el miedo a la muerte?
Fundamentalmente concentrándonos no en cómo o cuándo vamos a dejar esta tierra, sino en la manera en la que vamos a vivir nuestras vidas hasta que ese día llegue. Y para que el pasaje sea lo menos traumático posible, lo ideal es fijarnos el objetivo de vivir en plenitud cada minuto que tengamos de vida. Todos por igual tenemos a nuestra disposición cuatro regalos para vivir con pasión, con intensidad, con alegría. A saber:
a- Abundancia de deseos
b- Abundancia de palabras
c- Abundancia de herencia
d- Abundancia de vida interior.
La muerte no debería conducirnos a tener miedo sino a reflexionar sobre la clase de vida que escogemos. Por eso, elijamos tener una vida interior plena llena de amor, de deseos, de buenas palabras y de sueños.