La vida del sargento primero (post mortem) Mario Antonio Cisnero pasó por aristas épicas en sus intensos 26 años. Tenía apenas quince cuando viajó desde Catamarca a la Escuela Militar para formarse. Lo acompañó un hermano. Era 1971. Hasta entonces, Mario, octavo entre diez hermanos de una sencilla familia, había sido un muchacho de barrio que siempre demostró interés por la carrera militar. Desde aquella temprana emancipación el derrotero de Mario, el “Perro”, tuvo un solo eje: prepararse para ser el mejor soldado.
El sargento Cisnero, más cerca que nunca
“Cuando escribía contaba o cuando venía traía diplomas, medallas y cosas que le daban por sus carreras, sus triunfos en la preparación. Mamá, papá y todos en casa estábamos orgullosos de él. Pero no teníamos en ese momento verdadera idea de lo que ya significaba Mario para sus compañeros”, cuenta la hermana que en el presente ha concentrado los recuerdos familiares del héroe.
Al momento de alistarse para ir al conflicto de Malvinas, el “Perro” era un militar de élite, entrenador de los grupos comandos más avanzados con que contaba el Ejército Argentino. También había estado en el Perú y en otros puntos haciendo avanzados ejercicios propios de los cuerpos especiales de combate.
“El 11 de diciembre de 1981 fue el último día que lo vimos. Lo habían destinado a La Pampa y tenía que presentarse el 2 de enero allí”, relata. No obstante, cuando estalló el conflicto bélico el día 2 de abril de 1982 y desde el momento que las tropas invasoras se acercaban al archipiélago austral, sorpresivamente el suboficial catamarqueño no había sido convocado para las maniobras.
Un audio (tomado de Youtube) del propio “Perro” Cisnero cuando aún estaba en el continente, pone en evidencia la ansiedad que lo carcomía y que se transformaba en necesidad. Tenía que ir al teatro de operaciones. “No me puedo sentir bien estando acá mientras están pasando estas cosas en nuestro país. Desde el 2 de abril que me siento impotente. Es demasiado egoísmo de mi parte, pero ayer y hoy, con este despelote (sic) que hubo en las (Islas) Georgias (del Sur)… vivo prendido de la radio, a ver qué pasa… para colmo todos mis compañeros están allá, el único infeliz que debe andar dando vueltas por acá soy yo”.
Fue entonces cuando él comienza a preparar todo para irse. Deja sus pertenencias, la ropa y un auto en La Pampa y viaja a Campo de Mayo para hablar con los jefes. Él quería ir sí o sí. “Pero no nos avisó nada. Aunque mamá ya había fallecido, no quería preocuparnos. Al único que le dijo que iba a Malvinas fue a nuestro hermano Héctor, que vivía en Buenos Aires. Él siempre iba a parar allí. “Si no vuelvo, no me lloren. Yo rendido no vuelvo”, le dijo a Héctor después del interminable abrazo en la despedida de su sangre.
Crudamente, la siguiente noticia que tuvieron de Mario fue a fines de la guerra, el día que se estaban librando los más duros combates en el Monte Dos Hermanas. “Recen porque es la zona donde está Mario”, advirtió Héctor a sus hermanos de Catamarca como para que vayan poniendo en sobreaviso al padre, ya avanzado en edad. Finalmente, un oficial del Regimiento llegó ese domingo a la noche hasta el domicilio para notificar que Mario había caído en combate, en esos días pasados.
“Primero fue muy pero muy duro. Pusimos sobre la mesa una foto y la biblia que él tenía, para rezar a Dios por su alma. Él era muy católico. Los primeros años fueron todos muy duros. La sensación era de bronca, de impotencia, de no poder hacer nada, ni dónde llevarle una flor. Vinieron los homenajes, la gente que se acercaba a decirnos cosas de él. Uno entiende que siempre se habla bien de los muertos, pero era cada vez más. Como le dije antes, no teníamos idea de la dimensión de su figura”, reconoce Gladys.
Actuación en el conflicto
Ciertamente, la actuación de Mario en la Guerra del Atlántico Sur debe haber sido algo excepcional, lo que se dice superior a lo normal o esperable. Así lo demuestran no sólo los reconocimientos sino los testimonios de sus pares. La colocación de placas y la erección de numerosos bustos en su honor en la mismísima Escuela de Suboficiales “Sargento Cabral” de Campo de Mayo, en Catamarca, en Córdoba, en La Pampa, los homenajes en Argentina y en Chorrillos (Perú), su mención en páginas centrales de los más importantes libros publicados acerca del conflicto, cientos de artículos periodísticos, el abundante material existente en Internet, las filmaciones y los testimonios orales y visuales de sus contemporáneos dan cuenta no sólo de una preparación excelente para la acción armada, sino también del alto concepto del que gozaba el hombre en toda la tropa.
“Seguramente por eso, y porque todos los 10 de junio visita a Catamarca el Mayor (RE) Villarroel, que vive en Rosario, para dar gracias a la Virgen por lo que él cree que fue un milagro, es que de a poco la sensación de dolor fue cambiando”. También comprendió la familia del “Perro” Cisnero que su deseo infinito era el de quedarse para siempre en el camposanto, ese pedazo de suelo que abrazó hasta dar su vida.
El relato de la valiente defensa que hicieron Cisnero y sus compañeros de trinchera desde una elevación donde divisaban a la tropa inglesa recién desembarcada y lista para avanzar sobre Puerto Argentino está puntillosamente detallado en una nota periodística que le hicieron al Mayor (RE) Jorge Vizoso Posse y que publicó La Razón el dos de agosto siguiente a la rendición. “Allí, o sea al poquito tiempo, nos enteramos cómo murió nuestro hermano”, explica la mujer. Sintéticamente, se sabe que fue Mario quien abrió fuego al detectar movimiento cercano y él mismo con sus compañeros quienes sostuvieron un largo tiroteo con las tropas invasoras, hasta verse irremediablemente superado por la tecnología del rival. En ese combate, el grupo de Cisnero estaba contiguo al de otros comandos líderes como Rico y Villarroel.
Cuando cayó Mario, tomó su arma Villarroel y siguió hasta donde pudo, pero cuando avanzaron los ingleses hasta la línea de vanguardia, “los remataron a todos, incluso a Villarroel que se había ‘hecho el muerto’ aunque salvó porque la bala rebotó en una medalla de la virgen que llevaba puesta”.
Respeto y honor
“Una gran duda que siempre tuve y tuvimos todos es qué pasó con el cuerpo de Mario desde que murió ese 10 de junio en Monte Dos Hermanas. Quién lo llevó al cementerio y cuándo”, expresa todavía con dolor Gladys. Pero cierta calma y sosiego llegó a la familia cuando, estos últimos años, pudo develarse que los cuerpos de los argentinos caídos en Malvinas fueron tratados con respeto por los ingleses y sepultados con los debidos protocolos.
Más de doscientos soldados del Ejército Argentino dieron su vida por la Patria en Malvinas. Sus cuerpos están sepultados en el cementerio de Darwin y de a poco, van agregando a las tumbas nombre y apellido de los que hasta hace poco eran “Soldados argentinos sólo conocidos por Dios”.
Gracias a numerosas gestiones de mucha gente de bien, igual que muchos de sus compañeros, los restos de Mario Antonio Cisnero ya fueron identificados. El pasado 13 de marzo viajaron a Malvinas los familiares, entre ellos Gladys.
“Ya había ido en el ’91, pero esta vez fue diferente. Encontré paz. Pude llorar”, resalta con la emoción y el amor de toda una vida esperando para volver a estar cerca. En ese momento de dolor se acercó Geoffrey Cardozo, el militar inglés que recogió los cuerpos de más de 200 enemigos y estableció el cementerio. “Vino a saludarme. Yo estaba arrodillada ante la tumba de mi hermano. Me abrazó y me dijo: He leído mucho del ‘Perro’, es un honor saludarte”. Al requerimiento de Gladys, Cardozo le confesó que el 17 de enero de 1983 personalmente retiró once cuerpos de Dos Hermanas. Entre esos, estaba el de Cisnero.
La placa “Soldado argentino solamente conocido por Dios” quitada de su tumba será colocada en su ciudad natal en un lugar a designar que elegirán de común acuerdo las autoridades y los familiares. El alma del soldado ya encontró paz. Su cuerpo y su sangre abonan el suelo de la querida perla austral.
Textos: Carlos Gallo
Fotos: Diego Rodríguez e Infobae.
Fuente: Audio de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=429_53JpkZo
Familia y museo
Mario Antonio era el octavo hermano de la familia que fundaron Luis Cisnero y Elisa Salgado. Luis, trabajador de la construcción, y Elisa, guapa ama de casa, criaron diez hijos sin permitir que nunca les falte algo en la mesa, en la salud o en la educación: Agustina, Silvia, Leticia, Mirella, Orlando, Héctor, Gladys (dos años mayor), Mario, Hugo y Zulma. En casa de Gladys, en el Barrio General Paz (zona Oeste de la ciudad Capital), está el museo privado que honra la memoria del “Perro” Cisnero. Para visitarlo hay que contactarse al celular 383-4383179 y así acordar con antelación día y hora.