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¿Cuándo cambiamos verdaderamente?

domingo, 10 de marzo de 2019 · 10:01

La persona con pensamientos que tienden a la obsesión, por lo general, fue sobreprotegida en la niñez y le transmitieron miedos. Miedo de todo y de todos. Tal vez le ocurra algo y surja un pensamiento negativo en su mente y, como resultado, pase todo el día, o toda la semana, o todo el mes, dándole vueltas a lo mismo en su cabeza.

Lo cierto es que todos podemos aprender a administrar nuestros pensamientos con rapidez. Si alguien habla mal de nosotros, deberíamos erradicar de inmediato las ideas que esa acción nos genere. Si comenzamos a pensar que vamos a perder el trabajo, siempre podemos reemplazar esa idea negativa por una positiva. Nuestra mente no está diseñada para funcionar en negatividad porque eso solo nos conduce al miedo tóxico.

Todos podemos desarrollar el hábito de decirle “¡basta!” a aquello que no deseamos que esté en nuestra mente. También podemos procurar, en cuanto de nosotros dependa, la compañía de personas positivas que nos ayuden a elevar nuestra estima y ser mejores personas. Y, en especial, jamás debemos “acordar” con lo negativo. Si alguien me comenta: “Esto explota en cualquier momento”, yo soy libre para elegir qué pensar y, como resultado, cómo me voy a sentir.

Cuando tenemos emociones negativas como tristeza, angustia, rencor, etc., se debe a que antes le permitimos la entrada a un pensamiento que nos condujo a sentirnos así. Pero cada uno tiene la posibilidad de escoger tener “mente de triunfador”. Nadie tiene autoridad sobre mi mente, excepto yo mismo. Por eso, gran parte de las dificultades que experimentamos están en nuestra mente y no afuera, como creemos.

Ahora, ¿por qué nos cuesta cambiar nuestra mentalidad?

Porque preferimos acomodarnos a efectuar cambios. Queremos cambiar sin que nada cambie, lo cual es imposible porque la vida es cambio permanente. Es por eso que podemos estar la vida entera haciendo siempre lo mismo, aun cuando eso nos provoca malestar. Pero debemos saber que cambiar siempre significa modificar o dejar algo atrás. Y hay que hacer un esfuerzo para lograrlo. Pero la decisión depende de uno mismo y de nadie más.

Nos cuesta cambiar además porque lo que venimos haciendo, aunque nos quejemos porque no nos gusta, nos trae algún beneficio. Alguien deprimido, por ejemplo, se siente mal pero también puede estar todo el día en cama y los demás están pendientes de él o ella. Solo cambiamos verdaderamente cuando atravesamos una experiencia negativa que viene con un mensaje especial: una enseñanza que nos transforma. Una vez superado eso, ya no somos los mismos.

Otra manera de cambiar profundamente es mediante las consecuencias de nuestras acciones. Toda acción posee una reacción, esa es una ley ineludible. Muchas veces culpamos a los demás por el estado en el que nos encontramos pero, en realidad, estamos donde estamos por lo que hicimos (o dejamos de hacer) antes. Para aceptar eso, se requiere de un trabajo interno profundo.

Todos podemos superar nuestros temores y cambiar lo que haga falta. Pero para ello, necesitamos sanar nuestro yo afectado y comenzar a confiar en nosotros mismos, es decir, a aceptarnos y valorarnos tal como somos con habilidades y capacidades para ir tras nuestros sueños.

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