historia

Camino al cuarto centenario: Versión del hallazgo de la Virgen Morena

domingo, 3 de febrero de 2019 · 09:16

En esta primera entrega, ofrecemos el texto que los historiadores Mauricio Herrera y Ramón R. Olmos redactaron acerca de aquel hecho fundacional de la población de Catamarca.

“Un día de tantos -allá por 1619 a 1620- un indio al servicio de Don Manuel de Salazar, entró en conocimiento de que en las quebradas occidentales –algo al noroeste de la población indígena de Choya- veneraban sus congéneres una imagen, a la cual llevaban ofrendas y luminarias, a la par que realizaban ocultas fiestas en su honor. No es dable al cronista establecer con precisión desde cuándo se realizaba ese culto; pero es indudable que no podía ser muy viejo, porque de lo contrario hubiera fácilmente trascendido con anterioridad. Choya era un pueblo situado en la parte norte del terreno que actualmente ocupan en la ciudad de Catamarca los cuarteles del regimiento nacional de guarnición; quedaba pues hacia el este –más o menos un kilómetro- del actual pueblo del mismo nombre. En él existía una iglesia y los indios bautizados y católicos irían al templo cuando algún sacerdote cruzaba la región, a aprender a orar y a venerar a Dios del Calvario y a la Santísima Virgen.


Ningún dato hay –empero- del origen de la imagen y del porqué de su aparición entre las lomas ásperas circunvecinas.
¿No es éste, acaso, el primer milagro, el más portentoso, de esta Virgen que al correr de los años se convertiría en la más conocida, en la más amada, en la más venerada del norte de la república?


Allí, en una gruta humilde, perdida en el fondo de una garganta desolada de una árida montaña, mirando hacia donde sale el Sol, este pequeño simulacro de la purísima Concepción, había aparecido ante los ojos asombrados e ingenuos del indio sufrido y doliente.
Cualquier origen, más o menos conocido, que no fuera el de su simple presencia en el fondo de la gruta, hubiera sido recogido por la leyenda, transmitida con tanto fervor de generación en generación desde entonces.


¿Cómo es posible que se recogiera el detalle de las ofrendas, de los bailes que se dice se realizaban en su honor, del informe llevado a Salazar por su sirviente, de la visita del español a la gruta y de su conducción a donde vivía y no cualquiera otra noticia referente al porqué de su presencia en el agreste lugar de su aparición?


Mucho se ha escrito sobre la materia en que está hecha, sobre sus rasgos fisonómicos y su posible modelado por algún imaginero de la colonia. Ello no explica –empero- el hecho simple de su aparición. De esto nada se sabe.
Es por eso que decimos que ésta define su primer y más grande milagro.

 

No afirmamos, por cierto, que, a la manera de Lourdes, ella importe una realización sobrenatural.


Decimos sí que esa suerte de visita terrena, perdido en absoluto el camino seguido para hacerla, cerrada la puerta invisible de su entrada, definitivamente corrido el telón de su existencia anterior, importa, por ello y por el destino que la imagen tendría en la evangelización y patrocinio de la región del antiguo Tucumán y en general del país, un verdadero milagro, grande y auspicioso, con el que dio comienzo a una serie ininterrumpida de hechos portentosos, que le han granjeado una devoción tan extendida y tan uniforme.
Manuel de Salazar, que tenía el cargo de Administrador de los indios y ejercía algo así como una magistratura unificada de Comisario y Juez del incipiente poblado castellano, ocurrió presuroso al sitio indicado y, devoto como era, se llevó la imagen a su casa.
Estaba éste quizá en la banda oriental del río del Valle, en el primitivo pueblo indígena de Motimo, que sirvió de base, según parece, a la formación del caserío que poco a poco se fue aumentando a principios del siglo XVII y a partir de 1600, más o menos, por obra de los colonos españoles que se iban estableciendo, aquende y allende el río, con mercedes otorgadas por el gobernador, en Santiago del Estero.


Difíciles debieron ser naturalmente aquellos primeros balbuceos de lo que más tarde sería, trasladada a la banda oeste, la ciudad de Catamarca. Duros y difíciles, no porque el indio fuera bravo y cruel en el Valle, sino por la precaria condición de estos también mansos conquistadores, pobres, alejados enormemente de los centros de abastecimiento, convertidos en verdaderos Robinsones en la “isla” verde que regaba el río entonces llamado “grande”, rodeada de eriales extensos y desolados, en los que debió ser muy arriesgado aventurarse, sin compañía y sin vituallas, no obstante el talante de las tribus autóctonas, o por montañas abruptas y desiertas, sin senderos más o menos practicables y sin eventual hospitalidad en dura lejanía.


Se hicieron agricultores con la principal mano de obra de los indios, los que, no obstante, las ordenanzas de Alfaro, debieron padecer en general ruda condición.


El pequeño poblado de Las Chacras, que así comenzaría a llamarse por los cultivos en aumento, estaba situado en la parte oeste de la actual villa de San Isidro, arriba de la barranca del río, para defenderse de sus creces, el que, no obstante, a veces le producía verdadero pánico con su ímpetu que no respetaba obstáculos, con muy pocas viviendas castellanas, humildísimas con toda seguridad.


Dos piezas y uno o dos corredores con techos de caña y barro, para guarecerse del sol violento y de toda clase de inclemencias, el corral de las bestias mayores y el gallinero. Tenemos la muestra aún en las pequeñas aldeas de la provincia. Quizás también alguna quincha próxima, en que se cocinaría cuando no se lo hacía a la intemperie y otra, que serviría de granero o algodonero. He ahí todo.
Poco y mucho para los esforzados descendientes del Cid.


España ha sido siempre tierra de nobles y pobres señores, de valientes adalides, de cenceños caballeros. La morisma importó en la península el ensueño y el fervor, que en maridaje con la vocación poética galaico-portuguesa, formó una nueva levadura de nobleza, de ensoñadas expediciones novelescas, de afán de predominio y de conquista, de grandes empresas civilizadoras y de dulces inquietudes poéticas.


Los españoles fueron así, todo, menos mercaderes. Las inquietudes económicas que raían los jubones, no mellaron nunca las almas ni las armas.


Venidos a América, principalmente en busca de aventuras y de oro fácil, hallaron los más, no el oro legendario del Perú y Potosí, que ha dado más dolores que molicies, sino la máxima aventura de su vida, el trasplante al vergel en formación, de la familia y una nueva existencia.


Aquí, en el Valle, no fue precisamente una Arcadia lo que esforzados señores encontraron, pero sí una tierra virgen y pródiga, que les dio el pan sin darles lujo, que no por fácil y ubérrimo que pueda ser un collado, es siempre generoso cuando falta el capital y el empuje emprendedor. No fue una Arcadia para su habitual pereza de señorones, más sí un manso y acogedor rincón a la vera de un río, que era caudaloso en aquella época, ya que no se le alzaba el agua, en tan gran extensión y cantidad como ahora”. (Continúa el próximo domingo).

Texto destacado: “Esa suerte de visita terrena (…) importa un verdadero milagro”.

 

 

Otras Noticias