Todos, ya sea que lo queramos o no, tenemos que atravesar alguna crisis a lo largo de nuestra vida que viene a generarnos miedo y sufrimiento. Muchos se preguntan: “¿Por qué me sucedió esto a mí?”. Cuando asumimos esa actitud, en el fondo, nos vemos a nosotros mismos débiles e indefensos frente a la adversidad. Necesitamos comenzar a vernos, voluntariamente, más fuertes que todo lo malo para ser capaces de enfrentarlo y superarlo.
Sin minimizar lo negativo que nos ocurre, vernos fuertes nos permite expresar: “A pesar de este dolor, de esta dificultad, de esta carencia, me voy a poner de pie y voy a seguir caminando”. Cuando tomamos autoridad sobre la crisis y no nos dejamos vencer, esta deja de tener poder sobre nosotros a nivel emocional. Muchos huyen de los desafíos porque les temen, pero ignoran que son la única forma de darnos cuenta de que tenemos la capacidad de enfrentar cualquier situación difícil que aparezca en el camino.
Las crisis que tanto miedo nos producen, por la incertidumbre de lo que pueda suceder (una reacción normal y universal), nos impulsan a cambiar nuestra perspectiva de la vida para siempre. Como resultado de sentir que nuestro mundo se derrumba (en la crisis), nos transformamos en seres humanos fuertes, profundos, sólidos y más sabios. Una crisis, a pesar del dolor que trae aparejado, debería conducirnos a decir: “Aprendí que soy más fuerte que cualquier crisis”.
Algunos solamente descubren su potencial interior ilimitado en medio de una crisis. Pero, ¿cómo podemos tenderle una mano al que fue derribado en sus emociones y está sufriendo por alguna crisis inesperada (porque perdió un ser querido, porque perdió su empleo, porque su pareja lo/la abandonó, etc.)? Ayudándolo a ser restaurado. A quien se cayó y no puede ponerse de pie, nosotros podemos restaurarlo. La persona siente tanto dolor, que no tiene fuerzas para levantarse y avanzar.
Todos podemos quebrarnos a nivel emocional y la razón es que todos albergamos expectativas en nuestro ser interior. Cuando estas no se cumplen, o sucede todo lo contrario de lo esperado, perdemos la esperanza y sentimos dolor que nos lleva a aislarnos y, en algunos casos, no desear seguir vivos. Y todos esperamos algo porque, aun cuando no nos demos cuenta, tenemos una cuota de fe, aunque sea pequeña.
Nuestra fe se puede quebrar pero es a la vez el combustible que nos ayuda a seguir adelante, sobre todo, en medio de las crisis. Tal vez el mayor desafío que tenemos hoy los seres humanos en todo el mundo sea el de seguir adelante manteniendo la fe, aun cuando somos golpeados por las circunstancias y nuestra alma ya no soporta más dolor.
Hay personas que expresan: “Tengo fe pero quién sabe qué me deparará el destino”. Eso no es fe, es estrés. La fe tiene la capacidad de liberarnos del estrés que acumulamos a diario, porque nos permite confiar y, como resultado, relajarnos. La fe es una verdadera fortaleza que nos habla y nos dice que nos espera algo bueno en el futuro… a pesar de las crisis.