jueves 2 de abril de 2026
Camino al cuarto centenario

Versión del hallazgo de la Virgen Morena

Por Redacción El Ancasti

En esta entrega final, transcribimos el capítulo en que los historiadores Mauricio Herrera y Ramón R. Olmos describen la belleza americana de la imagen y relatan su primer milagro.

(Viene del domingo anterior) “Comenzaron, pues, a establecerse sin pensar en regresos imposibles y sí solo en el agro confiado a sus esfuerzos.

Eran devotos sobre todo de la Virgen. Rezarían diariamente su rosario al anochecer, después que el Ángelus había dejado en la tarde dorada el eco humilde de la campana del templo que, poco a poco, edificaron. “El Ángel del Señor anunció a María”…, diría el castellano persignándose y a continuación la esforzada compañera comenzaría a desgranar las cuentas, una a una…
Bella y noble escena primitiva, digna, como pocas, de la protección de la Santísima Virgen…
He ahí, al alcance de nuestra comprensión el porqué en esta tierra y en esa época, de la santa aparición de Choya…
El indio no fue más que un vehículo humilde y candoroso del superior designio.
¿Por qué, si no, el pasaje tan fugaz por la montaña y por la tribu?
Cuenta la tradición que no se alzó contra Salazar por su actitud. A lo menos en forma batalladora. Y no por manso dejó, en parte, de conmoverse con las sublevaciones generales que después hubo. No. No obstante su devoción y sus fiestas –y ya se sabe cómo hasta el pueblo más pacífico defiende los objetos de su culto- no se consideró hondamente despojado, ni intentó recobrar la bella aunque pequeña imagen.


Es así como el colono peninsular iba a adquirir la más bondadosa patrona, la madre más noble y generosa, la dulce virgencita munífica y acogedora, que sería guía y protección de la magra colonia.


El simulacro catamarqueño de Nuestra Señora es sencillo, pobre, humilde como su origen. Lujosos ornamentos ocultan hoy la pintada vestimenta de la estatua originaria. Pequeño también, ya que su apariencia actual se debe a la pedana en que ha sido colocado. Pero tiene sobre toda esa condición de avara realización, un detalle principalísimo que lo ilumina y lo hace resplandecer.
En su presencia, fuera de lo que pueda ser efecto simple de la fe, se siente siempre el visitante cohibido y arrobado.


Baja de la imagen una luz que conmueve el espíritu. ¿Qué es? La expresión de sus ojos y de su rostro en general, profundamente humano, como si la Virgen hubiese querido infundir confianza a su pueblo. Alargado éste, de pronunciados pómulos criollos, tiene indiscutiblemente una belleza nativa, superior a toda suerte de realizaciones clásicas. No es linda, no es bonita, mucho menos es hermosa dentro de un estricto criterio artístico, ni siquiera hay en sus rasgos una corriente de bondad y de dulzura. Su faz es más bien severa, noblemente severa. Sobre su morena tez, morena con levedad, con parca discreción, hay sin embargo el aletazo formidable de la vida… Es bella. Sus ojos grandes y rasgados miran al infinito en la vaga ensoñación del más allá.


Parece ver sobre el contorno lo que está fuera del campo visual del espectador. Mira el Cielo, sin salir de la tierra, y esa visión ultra terrena es la que alumbra el conjunto con la luz de una presencia superior. Entonces, cuando se la advierte, parece que sus rasgos se ablandasen, se distendiesen del gesto austero, y sonríe. Sí; sonríe. El severo rostro regala, generoso, la bondad acogedora y maternal de la madre de Dios.


He ahí el contraste inexplicable que la hace superiormente bella, no con la única belleza del rasgo ni siquiera con la espiritual de una Mona Lisa, sino con la belleza pura que ha de tener un alma sin materia.


Nada habla a ésta en su presencia. Hasta el rostro muy amado de la dulce mujer que nos dio el ser, atrae no sólo espiritualmente, sino que también materialmente, en lo que la materia, tan vilipendiada tiene, sin embargo, de noble y santo. Mas, ninguna fibra material se estremece ante Dios, y eso es precisamente lo que resalta ante esta Virgen: la materia mira suspensa el más allá, como si un pequeño atisbo se hubiera abierto en el velo de la vida.


Por eso esta imagen no es “virgencita” sino en lo que la expresión tiene de amoroso, ni “madrecita”, sino en lo que tiene de filial. Es la VIRGEN, no obstante su proporción reducida. Es la Virgen, grande y gigantesca, alzándose por sobre el Valle y protegiéndolo.
Hemos dicho que es autóctona. Americana, puramente americana es su belleza.


¿La hizo un español? ¿La hizo un indio? ¡Qué sabemos! Para nosotros, la hizo la sabiduría de Dios. Él la envió al valle con un superior designio.


Por ello apareció aquí, entre los indios humildes para hacer cátedra de humildad; entre los indios mansos, para hacerla de mansedumbre; entre los indios dolientes, para hacerla de sufrimiento y martirio; entre los indios ingenuos, para hacerla de llaneza y de simplicidad.


Vino, y su protección fue indiscutible y categórica desde el comienzo.

 

Primer milagro

Dejamos para la segunda parte de este libro el relato de sus milagros.
Ahora queremos referirnos al más visible después del de su aparición.
Él define el porqué de su visita y la relieva desde el principio, enalteciendo su presencia y señalándola, no solo al conquistador del Valle, sino a todos los rudos, valientes y cristianos caballeros que traían a América la cruz como un escudo y como una enseña.
Y escudo y enseña fue también esta imagen desde entonces.
Por eso quiso demostrarlo con el hecho prodigioso ocurrido con motivo de lo que se ha llamado por los historiadores de la era colonial “la gran sublevación”.
Por causas que no es del caso estudiar aquí, la población indígena de los valles calchaquíes se levantó en masa. El hecho tuvo origen al norte de esta región, en Hualfín, y en su principio, más adentro de los valles mencionados propiamente dichos.
La sublevación no sólo fue cruenta, sino cruel. Familias íntegras cayeron en la masacre hecha por los indios en las estancias y chacras de los peninsulares. El contagio se extendió como un reguero de pólvora y pronto toda la región ardía.
El poblado de las Chacras que estaba, puede decirse, en el centro de la vorágine, se encontraba inerme, pues los hombres habían tenido que acudir en defensa de sus compatriotas a regiones azotadas por la indiada.

La Virgen hacía ya varios años (unos diez) que había sido encontrada y su culto se halaba muy extendido.
¿Cómo se originó y se extendió este? ¿Lo favoreció la existencia de un templo que, a la sazón, no había aún sido levantado en esa banda? ¿Fue -acaso- el encuentro inexplicable de la imagen que acicateó la devoción, comunicando al movimiento espontáneo de la fe, una corriente de romance y de misterio? ¿Fue lo uno y lo otro?
Quizá hubiere de todo; pero lo indudable es que la propia imagen campeó tan inmediatamente por sus respetos, que muy poco tiempo después su culto se hallaba extendido aún a lejanas regiones, como Santiago del Estero, según se desprende de un documento de la época.
La casa del colono y administrador español debió convertirse al principio, pues, en un verdadero santuario. Allí acudirían los promesantes a quienes había llegado la noticia y allí congregados rezarían a la bella Virgen sus preces y le entregarían sus humildes exvotos.
Esa casa, en el pequeño caserío o fuera de él, debió ser pronto centro religioso de los comarcanos.
Allí estaba Ella, la protectora y benefactora, y por ello el indigente poblado sólo defendido por mujeres quedo apartado de la saña desatada y violenta de los naturales sublevados.
Las Chacras quedaron incólumes, constituyendo un verdadero oasis de paz. Todo cayó en la región, menos el santuario de la nueva imagen. Todo fue arrasado, menos estas pocas viviendas que, como pequeña bandada de gaviotas, quedaron de pie en la “isla” desierta, frente al porvenir y a la vida”.

(*) Cita textual del primer capítulo “La imagen – su descubrimiento” de la “Reseña histórica de Nuestra Señora del Valle”, redactada por Mauricio Herrera y Ramón Rosa Olmos como encargo de la Comisión de Homenaje en el Cincuentenario de la Coronación de la virgen morena de Catamarca. Editorial “La Raza”, 1941.
 


 

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