¿Cómo es alguien que denominamos “peleador”?
Vivir para pelear
Aunque es consciente de sus límites, se siente impotente. Como resultado, vive ansioso.
Tiene estallidos emocionales con el fin de alejar a la gente de su lado porque el otro es un recordatorio de lo que no puede.
Actúa por impulso y, por lo general, grita, golpea y discute con quien se cruce por su camino.
Esconde mucha amargura y muestra cambios de humor a menudo, razón por la cual quienes lo conocen se preguntan: “¿Cómo estará hoy?”.
Alguien que vive peleando tiene ira a flor de piel. Si bien, todos somos capaces de saber con claridad qué decir y cómo decirlo, una sola palabra puede construir o destruir una relación. Por eso, escojamos siempre hablar con inteligencia para tender puentes que nos acerquen a los demás; no paredes que nos separen como muchos hacen.
Enojarse de vez en cuando es perfectamente normal. Se trata de una reacción que nos ayuda a enfrentar el peligro. Por eso, cuando sentimos una ira justificada, la sangre se dirige a nuestras manos (para pelear) o a nuestros pies (para escapar). Por supuesto, solo cuando es absolutamente necesario.
Pero los peleadores se enojan todo el tiempo, por lo que su ira se transforma en “patológica” o “tóxica”. Es decir, en una emoción permanente y muy intensa que, mantenida en el tiempo, puede desembocar en violencia. En el otro extremo, quien jamás se enoja solo está reprimiendo su ira y podría llegar a enfermarse.
¿Dónde nace la ira? En la mente a través de los pensamientos que escogemos tener. Un pensamiento puede tanto generar como calmar mi enojo (independientemente de lo que suceda afuera). Muchos culpan a los demás y expresan: “Me hizo o me hicieron enojar” pero la verdad es que es uno mismo quien decide cómo va a reaccionar siempre.
Andar por la vida enojado, peleando, pone a los demás en una encrucijada porque se hallan frente a dos únicas posibles reacciones: rendirse ante la ira y sentirse resentidos; o redoblar la apuesta y responder con más de lo mismo. Muchos hoy en día se sienten avasallados y optan por lo segundo. Es así como se originan la mayoría de las peleas de las que somos testigos a diario, algunas con final trágico.
Pero, si en vez de enojarnos y pelear, recurrimos al humor o pedimos disculpas cuando alguien se violenta, dispondremos de más herramientas para tender un puente que nos una. Lo ideal frente a alguien furioso es evitar el conflicto a toda costa. ¿Cómo? Por ejemplo, diciendo: “Tal vez tenés razón, disculpame o lo hablamos en otro momento”.
Como mencionamos, todos podemos enojarnos pero tenemos que hacerlo solo cuando es necesario para no vivir peleando con otros y hacernos y hacer daño.