cine

Tragicomedia entre pinturas y bastidores

domingo, 02 de septiembre de 2018 · 08:40

Calificación 4 (cuatro)
Mi obra maestra (España y Argentina, 2018) Dir. Gastón Duprat. Guion: Gastón Duprat. Con Guillermo Francella, Luis Brandoni, Andrea Frigerio, Raúl Arévalo, María Soldi, Alejandro Paker, Pablo Ribba.

Gastón Duprat, director de El ciudadano ilustre (que en 2016 lo hizo junto a Mariano Cohn), vuelve al cine con Mi obra maestra, una historia en la que el desarrollo del personaje es nuevamente el centro de la historia.


En El ciudadano ilustre, Oscar Martínez se llevó todos los aplausos, interpretando a un egocéntrico escritor ganador del Premio Nobel que retorna a su pueblo natal, mientras aquí Luis Brandoni –también en la veta artística– se pone en la piel de un talentoso pero problemático pintor que se encuentra en la decadencia de su carrera.


En este film, Renzo, el personaje de Brandoni, es la contracara del personaje de Martínez ya que donde este triunfa, el otro fracasa; donde uno se acerca a sus raíces, el otro se aleja y soporta la soledad de un artista peleado con el mundo.


Por eso, tanto en El ciudadano ilustre como en Mi obra maestra el desarrollo del protagonista –artistas atormentados y complejos– es el motor que impulsa el relato, aspecto que descansa sobre los hombros de grandes actores. Aquí Brandoni sorprende en un papel al que no estamos acostumbrados a verlo interpretar: Un artista megalómano con una filosofía muy particular que transita la peor etapa de su carrera, y que es ayudado (a pesar de todo) por su único amigo, Arturo, un galerista interpretado por Guillermo Francella.


Lleno de diálogos y escenas para guardar en la memoria popular, el personaje de Brandoni cautiva por su soberbia y desfachatez; en tanto la dupla que compone con Francella es otra fortaleza del filme, que atrapa con sus peleas y complicidades. En este punto, la intervención del personaje de Raúl Arévalo es decisiva y genera una de las escenas más tensas de la película. 


Sin embargo, si El ciudadano ilustre era impredecible, Mi obra maestra es todo lo contrario, y eso es quizás la única debilidad del largometraje. En todo momento, la película nos lleva por un camino que el espectador anticipará sin mucho esfuerzo, desinflando un poco el clímax de la historia. Es decir, disfrutamos de los personajes y sus taras, pero la historia es predecible y no sorprende.
En aspectos técnicos, es destacada la dirección de arte que nos pasea entre el lujo de las galerías de arte y sus pinturas, para luego pasar a la desastrosa casona de Renzo, atiborrada de bártulos y mascotas por doquier.


Otro gran aspecto es la fotografía que brilla en las locaciones jujeñas donde se rodó el filme y le otorgan una identidad regional inconfundible. Para ello, la producción eligió rodar en una cabaña ubicada en Rumiyoc, en la localidad de Volcán; y en El Hornocal y la Cuesta de Lipán, ambas en Humahuaca. Los coloridos cerros jujeños se roban todas las miradas y es un placer –y hasta un orgullo como norteño– disfrutar los bellos paisajes del noroeste argentino en la pantalla grande.
A pesar de ser muy predecible, Mi obra maestra es un comedia que hace reír pero también un drama que entristece, pero sobre todo es un ensayo sobre complejos personajes que, anclados en una amistad inquebrantable, renacen de sus errores y se reinventan.

Lidia Coria
Twitter: @liXoria
Facebook: Cinéfilos a Bordo 
 

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