La localidad de Palo Blanco pertenece a la Jurisdicción Municipal de Fiambalá, Departamento Tinogasta, provincia de Catamarca. Se llega a él, partiendo desde la ciudad cabecera, Tinogasta y pasando por las localidades de Santa Rosa, Villa San Roque (antiguamente Los Chanampa), El Puesto, Río La Troya, Ciudad de Fiambalá, La Ramadita, Pampa Blanca, Saujil, ingreso a la localidad de Medanitos, y después de casi 100 kilómetros, desde el punto de partida explicado, está esta población, que a la distancia ya se puede observar filas de álamos, cientos de ellos que como dedos humanos, señalan al cielo.
Escuela Histórica de Palo Blanco
Palo Blanco, según los dos últimos censos poblacionales, ha tenido una disminución de habitantes, ya que en el año 2001, contaba con 1.082 habitantes y en el último censo realizado en el año 2010, indica que su población es de 992 habitantes. Este pueblo sufre las mismas consecuencias que el resto del departamento y el Oeste de la provincia, ya que sus hijos emigran hacia distintos puntos del país, especialmente la Patagonia, en busca de mejores oportunidades laborales que les permita crear o mantener dignamente a sus familias.
Esta población precordillerana se encuentra a una altura de casi dos mil metros sobre el nivel del mar, por lo que su producción de uvas, manzanas, duraznos, principalmente, tienen un sabor especial, y la particularidad que debido al clima, su madurez se produce 30 o 40 días después que en el valle de Tinogasta.
Al recorrer las calles de este pueblo, me encuentro con un edificio en ruinas, al llamarme la atención, detengo mi marcha y me dirijo hacia esa antigua construcción. Doña Paulina Mercedes Reyes, que es oriunda de este lugar, nacida en el año 1935, me indica que estas ruinas albergaron una escuela primaria, donde ella concurrió. “Aquí solo había 1º grado, Primero Superior, 2º, 3º y 4º grado. La escuela era la N°206 y actualmente lleva el N°406 a partir de cuando se inauguró el nuevo edificio, faltándole muy poco para cumplir cien años, ya que de acuerdo con las placas de la escuela, esta dataría del año 1925, aunque algunos viejos vecinos dicen que es de antes”, contó.
“Estas ruinas son de la escuela donde yo empecé a cursar mis estudios primarios, por aquel entonces era la única escuela que había en el pueblo y donde concurríamos todos los niños. Como he dicho se cursaba desde primer grado hasta cuarto, pasando por primero superior que estaba entre el primero y el segundo, que con el tiempo ha desaparecido, pasando de primero a segundo directamente.
Cuando llegabas a 4º grado, ya egresábamos del Primario, pero con la diferencia que se estudiaba profundamente, de modo que cuando estaba en 1º grado, no pasabas a Primero Superior si no habías aprendido a leer, escribir, saber las escalas. Y de Primero Superior teníamos que leer bien de corrido para pasar a 2º grado. Y ya en 2º debíamos saber todas las tablas de dividir, multiplicar y en 3º nos enseñaban todas las operaciones y continuábamos con la lectura. En 4º grado debíamos tener un muy buen nivel, si queríamos egresar. Es decir que las exigencias eran muy fuertes, pero a la vez muy buenas porque aprendíamos en cinco años lo básico para enfrentar la vida.
Pero todo lo que hacíamos era a partir del desarrollo mental, tanto dividir, multiplicar o sumar. Tengamos en cuenta que por ese entonces no había celulares, computadoras, calculadoras, y todo eso que ha facilitado obtener el resultado de las operaciones, pero ha atrofiado en parte, el uso de la calculadora que Dios naturalmente nos dio.
De igual modo que cuando se necesitaba un mapa, lo teníamos que hacer nosotros mismos, dibujando. No había fotocopiadoras, ni había librerías que vendan los mapas ya hechos, como sucede en la actualidad, y de esta manera también nos ejercitábamos en el dibujo. En la Dirección de la escuela nos proveían de lápices, de cuadernos y de todo lo que necesitábamos, pero nosotros teníamos que justificar el uso del material que se nos proveía, estudiando y demostrando preocupación constante.
En este momento vienen a mi memoria mis maestras. La señora Elia de Lobo fue mi maestra de 1º grado, que era oriunda de la localidad de Santa Rosa, en Tinogasta. Doña Teresa Contreras fue otra de mis maestras, pero ella era de 1º Superior, que era de la ciudad de Tinogasta. Don Florencio Carrizo fue mi maestro de 2º, él era de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca y el señor Gazán Lobo fue el maestro que me enseñó en 4º y que era el esposo de mi maestra de 1º.
En las mañanas se poblaban las calles del pueblo con los alumnos que de distintas direcciones se dirigían a la escuela. Todos de guardapolvos, que cuando llegó Evita al poder, proveía de todo a todos los alumnos, y nos aconsejaba estudiar para poder salir de la opresión. Ella nos proveía de ropas pero también de zapatos colegiales y cuando llegaba el invierno, el guardapolvo era más grueso, acompañado de una tricota de cuello alto para que no sintamos tanto frío.
De modo que los padres no gastaban nada en hacer estudiar a sus hijos, porque además en el establecimiento nos daban de comer, desayunar y almorzar.
Yo veo mucha diferencia con lo que es actualmente la enseñanza, especialmente la responsabilidad, no había esas palabras llamadas ‘malas palabras’, el respeto estaba siempre presente, especialmente hacia nuestros mayores, y si algún alumno decía alguna cosa que faltare el respeto, se lo ponía de plantón o hincados, hasta que el docente consideraba que había cumplido con el castigo de acuerdo con la gravedad de lo que el alumno había hecho.
En mi caso nunca he estado en ese tipo de castigo, que por otro lado cuando eso ocurría y tomaban conocimiento los padres, el castigo se redoblaba, por cuanto el niño sufría otro castigo por parte de los padres, quienes les daban todo el apoyo a los maestros, pues siempre nos enseñaron que ellos, eran los segundos padres.
Recuerdo que cuando llegué a 4º grado, el director era don Justo Pereyra, de la localidad vecina de Saujil. Este docente solía sacarme del grado, como era abanderada y buena alumna, para ir a enseñarles a los otros chicos, que les costaba más aprender, es decir que ayudaba a los docentes. Junto a otra buena alumna llamada Eulalia, realizábamos esa tarea y los alumnos solían respetarnos mucho llamándonos señoritas, tal como llamaban a las maestras.
Después de terminar la escuela primaria, junto a Valle Ochoa, nos volvíamos a inscribir en 4º grado y el director como nos conocía, nos anotaba para ayudar en la enseñanza, esta actitud la hemos tenido por varios años, más precisamente hasta que cumplí los 14 años de edad, ya que no había más para estudiar. En ese entonces solíamos trabajar en la cosecha de uvas que nos pagaban un peso, y en el horario de escuela nos transformábamos en alumnas que estudiaban y ayudaban a los docentes a impartir enseñanza.
En esos años, los chicos trabajaban y mucho, nosotros con una planta silvestre llamada ‘jaboncillo’, hacíamos una especie de acolchadito redondo, que lo llamábamos ‘pachequí’, lo colocábamos en la cabeza y sobre él, poníamos el canasto con uvas para llevarlo hasta la cancha y tenderlo .
El horario de trabajo era todo el día; apenas salía el sol empezábamos a trabajar y salíamos del trabajo cuando el sol se ponía. No había horario de ocho horas como ahora, que también es una obra de Perón.
Con los compañeros había una buena relación, y jugábamos con varones al zapatero, piza pizuelas, la rayuela y la payana. Viene a mi memoria en este momento el zapatero, que decíamos: ‘Zapatero, zapatero que trabajas sin cesar, con la alesna y el martillo tipi, tipi, tipi, ta. El zapato se me ha roto y lo quiero componer, necesito suela nueva porque así no puedo andar’.
Además, la señora de Lobo nos enseñaba cocina, como hacer empanadas y todo tipo de comidas, para que podamos cocinar y sorprender en nuestros hogares, esas son cosas que jamás he de olvidar. También nos enseñaba manualidades y a partir de una bolsa arpillera, construíamos una alfombra que era muy bonita y de mucha utilidad en los hogares.
Esas otras paredes -señala- que se ven distanciadas de la escuela, allí era el baño, tipo letrina, había uno para todos, varones y mujeres íbamos al mismo. Y cuando íbamos nosotras siempre lo hacíamos acompañadas, de modo que entraba una y la otra cuidaba la puerta que como protección tenía solo una cortina.
Antes había una especie de represa al lado de la escuela, de donde obteníamos agua para todas las necesidades, pero después se construyó el aljibe, una modernidad total para aquella época”.
Un vecino de Palo Blanco, don Domingo Rasgido, más conocido popularmente como “El Viejo”, al pasar realiza un comentario que aclara algunas cosas cuando dice: ‘Al no tener sillas ni mesas para desayunar, ni almorzar, una vez que nos servían, corríamos al aljibe y alrededor de él, nos sentábamos, el que llegaba tarde, comía de pie, sin protestar, pensando en ser más rápido para la próxima vez. Sin protestar y con el plato en mano, aprovechábamos esas ricas comidas’.
Ambos coinciden que de acuerdo con lo que se dice en el pueblo, en ese lugar se va a construir un museo, pero también coinciden en lo bueno que sería que se respeten las paredes existentes y que la construcción nueva se haga siguiendo la arquitectura y paredes viejas de la escuela, porque si se hace una demolición para construir un edificio nuevo, se perderá la historia y toda referencia que recuerde a ese momento del edificio y de Palo Blanco”.
Doña Paulina Mercedes Reyes recordó más. “Cuando vemos la escuela destruida nos da una tremenda tristeza, y alguna vez con Lina, que también fue compañera de estudio, lloramos por el edificio abandonado y donde tantos niños fueron formados. También solíamos ir con Eulalia, pero en la actualidad ya no puede por su problema en las piernas. En fin, es el tiempo que todo lo lleva, al edificio, a su alumnos, rescatemos entonces esas paredes del olvido y las pongamos en valor para las nuevas generaciones que logren tener una explicación de lo que el pueblo de Palo Blanco ha sido”.
Texto y Fotos:
Colaboración de Oscar Hugo Alaniz