jueves 2 de abril de 2026
historias

Un ángel en el colectivo

Por Redacción El Ancasti

En la calle ocurren cosas que muchas veces pasan inadvertidas. El correr diario y las exigencias sociales nos enceguecen ante las cosas simples de la vida, cosas que nos permitirían vivir sin demasiados sobresaltos, escapándonos del manejo social que se ejerce masivamente a través de los medios.


El relato que sigue es totalmente verídico. Y el escenario es el transporte de pasajeros de una línea de colectivos muy conocida de la Capital de Catamarca, que circula diariamente.


Un niño subió al colectivo, pasó su tarjeta por el lugar indicado y, levantando la vista dirigiéndose al hombre que conducía el colectivo, dijo: “Hola amigo, ¿cómo te va? espero que estés bien porque el día es lindo y no hay que ponerse triste ni pensar mal de nadie”.


El conductor lo miraba desde que subía los peldaños hasta llegar a pasar su tarjeta, abonando el pasaje. Lo miraba con dulzura y se notaba que esperaba este momento.


El conductor, después de sonreír, respondió: “Hola amigo, ¿cómo estás? Es verdad que está lindo el día, y que no hay que mancharlo ni con un mal pensamiento; hay que disfrutar este día y en cada momento agradecer a Dios”.


“Para no llegar tarde al colegio, tuve que correr un poco, amigo, menos mal que vos me esperaste porque no quiero llegar tarde, no quiero que la maestra me llame la atención”, continuó el niño mientras acomodaba su mochila en el primer asiento, disponiéndose a charlar.
“¿Qué comiste hoy amigo? No me digas que también repetiste lo de ayer, porque te van a salir plumas…” bromeó el conductor.


“Hoy comí pollo con ensalada. ¡No! ¡Estaba mintiendo!, comí milanesas con puré” respondió contagiándose de la broma que le cruzara el hombre mayor.


“A ver, a ver… dime para saber si te volverás gallina o no: ¿De qué eran las milanesas?”, preguntó el chofer.
“De pollo. Eran muy ricas y muchas, así que todos estábamos muy contentos con el almuerzo”, respondió sonriendo y sabiendo que estaban bromeando.


“Pollo comés, pollo serás; si todos los días pollo comés, en gallina te convertirás”, replicó casi cantando el colectivero.


La charla siguió sin parar, como si fueran los únicos que iban a bordo, aunque también viajaba una señora. Pasaron varias cuadras y la charla seguía, se notaba el cariño que se tenían entre sí.
“En la esquina me bajo amigo, ya estoy llegando. Gracias a vos llego bien a horario; nadie me llamará la atención. Pero lamento que me olvidé la gaseosa en la heladera; tengo una tremenda sed”, gritó el muchachito a la vez que tomaba la mochila entre sus maños.


“Esperá, amigo, esperá. Si deseás beber una gaseosa, yo te doy para que la comprés ahora que estamos llegando”, invitó el chofer a la vez que metía la mano en un bolsillo y sacaba un billete de veinte pesos que luego pasó al niño. El amigo menor recibió el billete y descendió del colectivo.
Y el niño no se calló. Siguió hablando y decía: “Amigo no te olvidés que a las siete te espero, no me falles, como cada día, te esperaré”.


“Sí, a las siete estaré en la parada para buscarte, no te fallaré, espérame como todos los días”, asintió el conductor.
El niño bajó del vehículo, no sin que antes se saluden dándose las manos.  Luego, y desde la vereda, con sus deditos le indicaba que a las siete lo esperaba.


Fue entonces cuando el colectivero, dándose vuelta y dirigiéndose a la otra pasajera, le dijo: “Mire cómo me hace; me señala que a las siete me esperará. Hace dos años que nos conocemos y tenemos esta forma de tratarnos. Es muy hablantín y cariñoso”. Hizo un largo silencio y siguió relatando. “Hace un tiempo que he perdido a mi hijo. Era un muchacho sano, pero enfermó de cáncer. Duró treinta días y falleció. No lo puedo superar. Veo en este niño pasajero a mi hijo, es tan parecido…”, decía mientras afloraba un fuerte llanto sin poderse contener.


Al cabo de unos minutos el chofer logró dominar sus sentimientos y el llanto. Pidió disculpas a la señora que viajaba, y le explicó que “muchas veces ante este intenso dolor, hablar con este niño que solamente conozco de aquí, del colectivo, me hace mucho bien. Ese profundo sentimiento es como que se ve reconfortado con esta presencia y la larga charla que tenemos a diario. De lunes a viernes viajamos juntos, y cuando él no viene, me preocupo y pienso que podría estar enfermo, así que es una gran alegría cuando aparece de nuevo”.
Cuando la señora descendió del colectivo, se despidió del chofer, dirigiéndole palabras tranquilizadoras. Estaba convencida de que el niño pasajero es un ángel enviado por el Señor para aliviar la dura vida del hombre que perdió a su hijo.
 

Seguí leyendo

Te Puede Interesar