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SALUD

Aprender a pedir

1 de julio de 2018 - 04:00 Por Redacción El Ancasti

Mucha gente se queja de que no recibe lo que quiere o necesita de los demás y se siente desilusionada. Lo que sucede es que ellos creen que no necesitan pedir lo que quieren porque el otro ya lo sabe. La realidad es que no es así porque, aunque alguien nos conozca bien, no puede leer nuestra mente.


Las falsas suposiciones y los juicios equivocados solo dan lugar a emociones negativas y generan situaciones tensas en las relaciones interpersonales. La mayoría de nosotros, nos demos cuenta o no, elaboramos teorías que damos por ciertas para sentir que tenemos razón en cuanto a lo que hemos decidido pensar. Esto es así porque no nos atrevemos a pedir lo que deseamos. Tan sencillo como eso.


Nunca deberíamos dar nada por sentado. Es decir, hacer interpretaciones personales de por qué el otro no nos da algo, sobre todo cuando no lo hemos pedido. Para recibir, hay que pedir. Aunque nos cueste o no nos guste hacerlo. Hay un pasaje muy conocido de La Biblia que dice: “Pidan y se les dará”. 


Ahora, la persona a quien uno le pide algo es poseedora del derecho a concedernos o negarnos eso. De la misma manera, que todo el mundo tiene derecho a pedir. En cualquier posición que nos encontremos, y para llevarnos bien con el otro, es fundamental que aprendamos a pedir. 

 

¿Cómo hay que pedir?


En primer lugar, hay que ser claro con respecto a lo que queremos recibir. Esto le permite a nuestro interlocutor saber con exactitud qué esperamos de él o de ella. A muchos les resulta difícil pedir, no saben cómo hacerlo o no quieren hacerlo, por distintas razones. La más común es la vergüenza. Por ejemplo, en el caso de alguien que está por encima de otros, como un líder, un jefe o un maestro.
Otros no piden porque no quieren molestar. Por lo general, son personas a las que desde chicos les han enseñado en su familia a no ponerse primeros y a pensar siempre en los demás, antes que en ellos. Se trata de una “falsa modestia” porque quien tiene una estima sana sabe que tiene que priorizarse, lo cual no significa ser egoísta. Otros no piden porque piensan que ellos se pueden arreglar solos. Detrás de esta actitud se esconde un rasgo de omnipotencia. Todos necesitamos algo o la ayuda de alguien en ciertos momentos y es sano reconocerlo y pedirlo. 
Y otros, como no pueden pedir de modo directo, lo hacen indirectamente. Conocí a una mujer que había ayudado a los suyos toda la vida. Siempre estaba dispuesta a dar, aun cuando no se lo pidieran porque negarse la hacía sentir culpable. Hasta que un día… se enfermó. La enfermedad fue su manera de reclamar atención y decir: “Ahora me toca a mí”.
Pero no necesitamos llegar a esos extremos, para descansar o pedir colaboración a los demás. Podemos aprender a pedir con palabras y de buen modo. Y sobre todo, darnos permiso para no hacer nada y dejar que alguien lo haga en nuestro lugar. Es verdad que debemos ser fuertes para pedir y dejar el orgullo de lado, pero esa fortaleza podemos encontrarla en el reconocimiento de que somos humanos y necesitamos y merecemos ayuda, o lo que fuere que nos haga falta, de vez en cuando.
 

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