Cuando con el Rotary Club San Fernando de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca visitamos al Hogar de Ancianos Fray Mamerto Esquiú, ubicado en Avenida Belgrano y Salta, no imaginé encontrar historias de todo tipo, cuyos protagonistas, vencidos por el tiempo, habitan en este lugar rodeados de higiene y naturaleza.
“Puede esperar un momento, estamos terminando de limpiar el salón donde va a ser la reunión”, me dijo muy amablemente una empleada de esta institución catamarqueña, próxima a cumplir el siglo de existencia, albergando abuelos de ambos sexos y dándoles el cuidado y atención que merecen.
Poco a poco los amigos rotarios fueron llegando, cada uno con lo que se había comprometido, leche, unos, facturas y masitas, otros, mientras que el presidente del Rotary y su esposa fueron los encargados de traer los “regalitos” para los ancianos. Cuando ingresamos al salón, ya estaban los abuelos sentados a distintas mesa, en grupos de cuatro o más por mesa, preparados para merendar, algunos tenían termos, mates y yerberos, mientras otros contaban con tazas sobre la mesa.
El cantante folclórico catamarqueño, Emilio Morales, ya preparaba el sonido y sus instrumentos para deleitar con su canto a los abuelos que aplaudían y se notaba que estaban muy contentos con las visitas que habían llegado para acompañarlos. Mientras se servía la merienda, empezó a escucharse a Emilio Morales y los presentes acompañaban con aplausos y algunos, cantando. Chocolates, mate y café había para degustar, acompañados de masitas, bollitos, bizcochos y facturas. “Aquí, nadie se adapta definitivamente, se está porque no queda otra, porque uno ya está viejo y no se puede cargar a los hijos con nuestros problemas y preocupaciones, con nuestras buenas o malas decisiones, ellos tienen que hacer sus vidas, como las hicimos nosotros. Yo hace cuatro meses que estoy, y venir fue mi propia decisión, nadie me pidió que lo hiciera. Se extraña mucho la vida que uno solía llevar, pero los años transcurridos van disminuyendo las fuerzas, y solo queda ver el pasado fuerte, juvenil cargado de audacia, como si hubiese sido la vida de otro. Yo he recorrido el país, conozco todas las provincias, he sido un gran andador, un caminante constante y un enamorado del país y la provincia de Catamarca. Hoy desde esta silla de rueda ya no puedo andar, aunque puedo salir cuando quiera de aquí”, sostiene uno de los abuelos, aunque lo dice con voz firme, se puede notar cierta tristeza.
“Yo tengo una casa en San Antonio, pero allí están mis sobrinos, porque creo que ellos lo necesitan. Además, cuando vinimos nada hemos traído, y cuando nos vayamos, nada llevaremos. Entonces para que nos vamos a hacer problemas por cuestiones materiales”, acota un señor con una amplia sonrisa que deja ver su paz interior.
“Yo soy el más viejo aquí, hace once años que estoy. Soy boliviano, tengo noventa años y hago de cuenta que esta es mi familia, todos los días compartimos un momento, inclusive con desavenencias para saber que es igual que en todos lados. Las diferencias surgen siempre entre los humanos, y lo mismo ocurre aquí, pero se solucionan rápido y sin que las cosas pasen a mayores. Pero generalmente todo es tranquilo y armonioso.
La verdad que cuando repaso mi vida, me encuentro con muchas circunstancias lejanas en el tiempo pero que me marcaron para toda la vida. Por ejemplo, siendo un adolescente, casi un niño, y como era un buen alumno, me iban a dar una beca para viajar a Italia y allí estudiar para sacerdote, pero el gobierno cambió, la democracia se fue, y el nuevo gobierno de facto, no me quiso otorgar, lo que ya estaba otorgado. Esa fue una etapa de mi vida que me marcó mucho, porque primero tuve que convencer a mis padres y segundo, porque quienes me negaron la posibilidad de ir a Italia, lo hicieron con frases irreproducibles y adversas a los sacerdotes. Aquí en Catamarca he sido encargado de la Galería Liberty por mucho tiempo, entre otras muchas cosas que hice, eso también me enseñó mucho, pues había que estar atento a todo lo que pasaba alrededor de esta gran galería comercial. Cuando dejé de trabajar, estaba por regresar a mi país, y alguien me habló del Hogar de Ancianos y poco a poco, me fui quedando hasta ser parte integrante de los internos.
Aquí adentro, como dije, es una gran familia que día a día lucha por llevarse bien, primero y avanzar en el conocimiento de todos, después. Este es mi hogar, esta es mi casa”, expresó.
También nos contó Epifanio Rodríguez, tal es el nombre de este abuelo boliviano, que está de novio con una abuela que también es una interna de este Hogar de Ancianos. Cuando él habla de su noviazgo, la señora que en ese momento invitaba mate a la rueda que se había formado, sonríe, dejando entrever que ella es la aludida, confirmando este supuesto diciendo: “Sí, estamos de novios, pero si no se porta bien, él ya sabe lo que pasará”. Cuando hablamos de casamiento, ella y él fueron claros, “ya nos casamos una vez cada uno, no creo que lo volvamos a repetir”.
Las historias son muchas, una por cada uno de los abuelos, cada uno con su bagaje de recuerdos y sueños cumplidos a medias o no cumplidos, que se pueden advertir cada vez que hablan y gesticulan, dejando entrever el gran amor por la familia, y “aunque nos visiten poco, son nuestros hijos, nuestros nietos, bisnietos y los queremos, soñamos con ellos y todos los días rezo para que le vaya bien”, decía una señora que estaba en una silla de ruedas.
Mientras tanto los empleados iban y venían con las bandejas sirviendo, junto a los rotarios, para que los abuelos pasen un día distinto, pasen un hermoso momento. Después me cuentan que hay un parador, anexo al Hogar, donde van personas que pueden estar en situación de calle y que no tienen dónde ir. Allí pueden comer, dormir, pero no son internos. El número de personas en esta situación es de nueve, según informan los empleados. Empleados que cuando hablan de los abuelos internados, lo hacen con respeto y cariño, pues “es mi segunda familia, y este lugar mi segundo hogar”, decía uno de ellos.
Finalizando esta visita del Rotary Club San Fernando a esta institución, los amigos rotarios entregaron prendas de vestir a los abuelos, y en la despedida “para endulzar la noche”, se distribuyó alfajores.
Cuando salimos, lo hicimos en medio de agradecimientos y pedidos de visitas futuras, pero en mi interior estaba convencido de que ellos, los abuelos residentes de este Hogar de Ancianos, nada tienen que agradecer, ellos son parte de los que nos precedieron en esta sociedad y nos dejaron como legado esta realidad, esta cultura y todo lo que heredamos, y entonces la conclusión es que ellos con anticipación ya hicieron lo que les tocó y merecen no solo visitas sino atenciones de acuerdo con las demandas que realicen.
Texto: Colaboración de Oscar Hugo Alaniz




