Los límites a nuestros hijos son absolutamente necesarios, pues nos permiten construir una relación con ellos y les transmiten seguridad. Un niño o un jovencito con rasgos de timidez o de agresividad, muy probablemente, careció de límites sanos.
Límites sanos
Cuando un menor sabe con certeza qué es lo que puede y lo que no puede hacer, crece sintiéndose libre.
Durante la infancia el objetivo de los límites se enfoca en la conducta individual. Por ejemplo: “Tenés que irte a dormir a tal hora”. En cambio, con los adolescentes el límite tiene que ver con el comportamiento a nivel social. ¿Cómo deberíamos fijarle límites a un hijo adolescente? Básicamente de tres maneras:
a- Ofreciéndole una explicación razonable. Resulta muy positivo explicarle a un adolescente en detalle la razón de un límite. Pero no deberíamos tratarlo como un adulto porque aún no lo es y ya no podríamos establecer límites.
b- Ayudándolo a reconocer su condición de adulto. Los chicos en esta etapa acostumbran disputar esa posición con los adultos. Por ese motivo, para que no se vuelva agresivo y aunque aún es menor, podemos ofrecerle un espacio de igual a igual.
c- Negociando. Acompañar el límite con la negociación nos permite dialogar de manera razonable y adulta.
En los primeros años de vida de nuestros hijos, resulta muy útil determinar sus actividades cada día, es decir, armar una especie de agenda cotidiana con todo aquello que van a hacer. Dicha agenda debería incluir las responsabilidades acordes a su edad, como poner la mesa, ordenar su habitación, ayudar a los padres en alguna actividad fuera de casa, etc. Lo ideal es asignarles varias tareas porque existe la posibilidad de que no quieran realizarlas todas. Y también recordar que ellos necesitan un tiempo de descanso, pues… ¡son niños!
Una persona que no aprende desde chico a asumir responsabilidades tendrá dificultades para hacerlo en la adolescencia y en la adultez. Pero tengamos en cuenta que todo lo que intentemos enseñarles a nuestros hijos debemos modelárselos con nuestra propia vida. Si deseamos que sean responsables en cuanto a los horarios, tenemos que mostrarles responsabilidad en esa área y no llegar tarde a todos lados. Muchas personas quieren enseñarles a sus hijos conductas que ellos mismos no siguen.
Los padres somos prisioneros de los buenos comportamientos que deseamos transmitirles a nuestros hijos. De nada sirve decirle a un hijo que debe buscar y seguir la paz, si nos ve peleando con otros. Es imprescindible darles el ejemplo de lo que queremos enseñarles pero nadie puede darles a los demás, sean los propios hijos u otras personas, lo que no se da a sí mismo.
Cuando una mujer fue a ver a Gandhi con su hijo y le pidió que le dijera que dejara de comer azúcar, él le dijo que volvieran a verlo en dos semanas. Esa madre así lo hizo y esta vez Gandhi le dijo al niño: “Dejá de comer azúcar”. Sorprendida quiso saber por qué no se lo había dicho quince días atrás. Gandhi respondió: “Porque hace dos semanas, yo estaba comiendo azúcar”.