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Palmeras

28 de octubre de 2018 - 09:07 Por Redacción El Ancasti

La cena había empezado temprano. Dos de los miembros fundadores de la asociación de empresarios se habían excusado de asistir, por la presencia de Chirola, un embaucador serial que se había quedado con una decena de los mejores locales comerciales de la capital y que les había espetado a todos en la última reunión “como dice mi sobrino ustedes son la pequeña burguesía analfabeta que no sale de atrás de la caja registradora. No se van ni a La Rioja de vacaciones”. Antes de que lo insultaran aquella vez dio un portazo que casi saca la puerta del marco.


Esta era la cena de fin de año. Chirola llegó con su nueva mujer .Una mujer tan alta como él con un metro ochenta centímetros al que llegaba sin uso de zapato con plataforma o taco alguno. Llegaron en un Plymouth belvedere del 57 cuya pintura verde había conseguido en Estados Unidos.


Para la mesa de misóginos ricachones, muchos comehostias con bigotito fino y señoras con peinados como una torta de novios, los nuevos invitados eran advenedizos sin escrúpulos sentados a la mesa de “los empresarios”. Aunque si el asunto se mensura en realidad por la bolsa de dinero que podían cargar y los bienes de los comensales, aquella pareja de comerciantes tenía bien merecida la aceptación del llamado “núcleo duro” de la asociación. El díscolo señor Merep con su ojo de águila izquierdo que siempre se precipitaba a salirse de su órbita desparramó el comentario “si hemos sentado a banqueros durante años qué mal tiene sentar a nuestra mesa a un truhan capaz de vender el aire en bolsas transparentes”.


M. A. el presidente dio un discurso breve que interrumpió levantando la copa cargada de champagne dos veces, una para brindar por la renovación de autoridades (en realidad la renovación sucedió por la muerte de uno de los socios, el dueño de un gran taller textil y la parálisis cerebral de uno de los capitostes de la construcción). En la segunda vez que levantó la copa miró a don Chirola, que hacía esfuerzos para no bostezar. Al final como buen anfitrión se dirigió a su mesa y le dio dos o tres estocadas para que hable. ¿Tenía el don de la palabra? O mejor el don de hacer hablar a su interlocutor.


Chirola contó de su viaje en un crucero de gran jerarquía que se pasearía por las costas de las islas Bali, y toda la costa de Indonesia que lo tomarían en Dubai al que llegarían luego de seis meses de navegación partiendo del puerto de Rio de Janeiro. M. A., lo escuchó toda la noche, logró saber cuándo, a qué hora emprendería el viaje en un crucero brasilero-americano primero y luego en uno de un jeque árabe.


A poco de haber partido Chirola y su señora enorme y con cara lobuna, M. A. empresario de todo rango, ganó una licitación para colocar 56 palmeras de gran porte en el parque Quiroga, desde donde se hallaba el llamado parque Las Heras y otras en la llamada plaza de los Niños. Durante algunos días los parsimoniosos habitantes de la Vista Larga de San Antonio, vieron cómo una decena de camiones contratados por el director de Flora trasportaban las gruesas palmeras con su raíz como si fueran una cabezas enormes con los pelos enmarañados. 


Chirola enrojeció de bronca cuando volvió de su largo viaje y su hermana a la que detestaba que decidió salir de sus rezos y cavilaciones le dijo. “Che ese campo de palmeras que te compraste, creo que de ahí se llevaron varias para adornar el parque de la ciudad”. Odió a M.A. desde ese instante y empezó a buscar la manera de vengarse.

Silvio Olivari
 

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