John Maxwell, famoso autor y conferencista estadounidense, explica que todos podemos dejarles a quienes vienen detrás de nosotros tres cosas:
La mejor herencia
1- Un recuerdo de algún acontecimiento, como un cumpleaños o una boda;
2- Un premio por alguna batalla ganada, es decir, un logro personal; y
3- Una herencia que disfrutarán aquellos que queden y trascenderá el tiempo.
Una tarea que compartimos todos los seres humanos es entrenar, o formar, a otros. Es en realidad uno de los más grandes privilegios que podemos disfrutar pero no deberíamos pasarlo por alto porque, antes, alguien lo ha hecho con nosotros. Tal vez pienses: “Pero yo no tengo nada que transmitir”… todos podemos transmitir conocimientos, experiencias y sabiduría a las próximas generaciones. Un legado que los convierta en mejores personas.
Con respecto a este tema, podemos extraer algunas enseñanzas interesantes de las carreras de posta. Veamos…
El corredor y el pasador corren a la par durante un tiempo. ¿Alguien está corriendo junto a vos? ¿Estás dedicando tiempo a entrenar a alguien? El acto de pasar la posta se realiza en segundos; en cambio, la formación de otro ser humano lleva años. La vida no consiste en ser más rápido que otros y superarlos, sino de aprender a pasar la posta (también conocida como testimonio). El corredor tiene que entregarla en la mano del acompañante en un lugar determinado. Si el siguiente corredor no puede tomarla en el momento preciso, pierden tiempo. ¡La posta no se puede caer!
A todos nos llega el momento en el que tenemos que pasar la posta, lo cual se requiere en la carrera para que el equipo gane. He tomado un lema de los médicos cardiólogos, a quienes admiro, y dice así: “ver, hacer y enseñar”. Todos aprendemos viendo a alguien, para luego enseñárselo a otros.
Para concluir comparto la siguiente anécdota:
Eran las siete de la tarde de un día de verano caluroso durante los Juegos Olímpicos del ‘68 en México. La gente se retiraba del estadio, después de presenciar las actividades de pista y campo. La medalla de oro del maratón de 20 millas se había entregado hacía una hora. De pronto, se escucharon las sirenas de la policía que estaba ordenando el tránsito para que una persona ingresara al estadio: John Steven Aquari, el último corredor en el maratón.
Con los colores de Tanzania y un rostro que reflejaba su dolor, cojeaba en la pista recorriendo los 500 metros finales. Una caída durante la carrera había provocado que se dañara gravemente un tendón de la corva de sus piernas. Sangraba pero con tenacidad se arrastró hacia la meta. La multitud no tardó en animarlo. Finalmente se derrumbó, agotado, sobre la línea de la meta. Más tarde, un periodista le preguntó lo que todos estaban pensando: “Si estabas lesionado, ¿por qué seguiste adelante?”. A lo que Aquari respondió sentidamente: “Mi país no me envió tan lejos para comenzar la carrera, sino para terminarla”.
Tu carrera aún no acabó. Alguien tomará la posta cuando ya no estés pero, mientras tanto, no dejes de inspirar y mejorar la vida de otros.