Creo con firmeza que en las últimas dos décadas hubo una fuerte politización de la sociedad, no solo en la Argentina, sino en el mundo, con matices regionales por supuesto. Las razones de ese proceso tienen una raíz común en las mayorías disconformes con “el sistema”, puesto en pocas palabras, el contrato del capitalismo hegemónico de los ochenta está en cuestión. Claramente esto último, no parece una novedad, pero tampoco parece un valor en sí mismo.
El proceso de distribución de la riqueza y el ingreso, a veces desembozadamente violento, presiona con insistencia sobre los movimientos migratorios despertando fuertes reminiscencias malthusianas que justifican el accionar de grupos extremos y peligrosamente masivos en el hemisferio norte, que siempre encuentran exégetas en el sur donde arrecia la pobreza estructural desde siempre.
La agonía del estado de bienestar deja para muchos movimientos progresistas como única guía, una brújula rota y estratégicamente disfrazada la contradicción principal, ponen proa al centro de lo políticamente correcto so pena de quedar en el ostracismo electoral.
La garantía del anonimato, la velocidad cortoplacista de los objetivos y la pereza intelectual, hacen de la irrupción de las redes una herramienta poderosa en la vida cotidiana, diseñada entre otras cosas con el objetivo de incentivar y mantener activos los razonamientos más primitivos de las personas.
Las palabras que antes servían para encausar una discusión casi que han perdido su significado, las banderas reivindicativas están al servicio de cualquiera, las consignas de libertad, igualdad y fraternidad ya no pueden expresar el contenido expresamente definido con el que nacieron, en el mejor de los casos serán consideradas palabras que atrasan.
A mi parecer, en este contexto, resulta ociosa la pretensión de poner todo en términos de izquierda y derecha, de revolucionarios y reaccionarios, zurdos y fachos, tengo la sensación de existe una gran mayoría gris que necesita ser interpretada a la luz de nuevas categorías conceptuales y corresponde entender y atender que por ejemplo las personas tenemos una historia digital de consumo que ayudamos nosotros mismos a construir, pero no tenemos digitalizada nuestra historia clínica, algo así como que el interés público siempre llega tarde a territorios ya colonizados por el interés particular.
Los libertarios verdaderos, esos que creen que cada persona es dueña de si, seguramente estarán de acuerdo con la interrupción legal del embarazo y el matrimonio igualitario y por tanto serán tildados de kirchneristas puesto estos son los responsables de la militancia en la garantía de esos y muchos otros derechos individuales; los kirchneristas que dicen que la patria es el otro pero miran para otro lado ante la negativa de muchas comunidades a la licencia social para la megaminería podrían ser tildados de derechosos socialdemócratas; socialdemócratas que son los que, en algún punto, pretenden hacer entender a los fanáticos del mercado que la justicia social es un bien público deseable y entonces podrían ser catalogados como libertarios que creen que la pobreza como efecto de la acumulación desigual del ingreso, puede ser resuelta sin la intervención del estado.
Así podríamos seguir ad infinitum, con miles de grupúsculos o verdaderas expresiones masivas que deambulan con una grieta en cada dimensión viendo “llorar la Biblia junto al calefón herida por un sable sin remache”.
(*) Licenciado en Economía- Docente e investigador de la UNCA.