8 de noviembre de 2012 - 00:00
Esquiú: de ayer a hoy
Esquiú se pregunta en su discurso qué es lo que había impedido a nuestra nación argentina por treinta y siete años, que le parecieron treinta y siete siglos, entre 1816 y 1853, darse una Constitución y leyes que regularan la vida nacional. Asegura que nada le faltaba a ese pueblo de entonces; sobraban ideas, principios y fuerza; no hacía falta importar ninguna idea. Y lo responde: contener y ordenar las fuerzas, trazando alrededor de los pueblos, como de los individuos, una línea insalvable, que obviamente estaba representada en la fuerza de una Constitución.
Esquiú no estaba en contra de introducirle modificaciones. Pero previene al momento de su sermón contra la ligereza de los que promulgan la necesidad de adaptarla a cada rato al progreso, la libertad, el porvenir; a los que la relativizan sosteniendo que lo inmóvil es inerte, [que] lo inmóvil no vive. A estos, Esquiú les recuerda que los principios no progresan y que la Constitución, en el orden social, es como un axioma en el orden científico: la Constitución es el resorte del progreso, y los medios no deben confundirse con los fines, porque no hay más libertad que la que existe según la ley. Más todavía, como adelantándose a su tiempo advierte: si la Constitución cede un punto a nuestros embates, si no es un baluarte inamovible, la sociedad pierde terreno, el interés individual adelanta, y ya sabemos que ensanchándose hasta cierto grado caemos en el terreno de las disputas sangrientas y la anarquía. Por eso reclama una sumisión pronta; porque la Constitución necesita penetrar enmarañadas y multiplicadas fibras, porque necesita tiempo para vivificar el sistema; porque como una inmensa máquina compuesta no de ruedas, sino de voluntades, necesita cooperación universal.
El cierre de su homilía es terminante cuando le recuerda y le advierte a su patria, a la nuestra: ¡Republica Argentina!.... Cuarenta y tres años has gemido en el destierro!; medio siglo te ha dominado tu eterno enemigo en sus dos fases de anarquía y despotismo! Y del recuerdo pasa a la acción demandando sumisión universal. No hay un hombre que no tenga que hacer un sacrificio de algún interés; y si cada uno adopta la Constitución, eliminando el artículo que está en oposición a su fortuna, a su opinión o a cualquier otro interés, ¿pensáis que quedaría uno solo?.... ¿Quedaría en la carta constitucional la idea de soberanía que supone…?. Obedeced señores; sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad; existen solo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra…. Palabras de innegable actualidad; de un patriota que no portaba armas, no comandaba ejércitos ni montoneras ni partido político alguno, sino de un hombre simple y de principios, del interior, de Catamarca, de aquí a la vuelta, de Piedra Blanca.
Colaboración: Rodolfo Schweizer (*)
(*) Rodolfo Schweizer nació en Ancaján (Santiago del Estero), lacalidad cercana a Frías y al límite con Catamarca. En nuestra provincia fue director de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Catamarca (1988-1990). Es ingeniero eléctrico (Universidada Nacional de Córdoba), doctor en Filosofía y profesor de Literatura Latinoamericana (Universidad de Filadelfia).
Vive buena parte del año en Filadelfia y el resto en Argentina, repartido entre Catamarca y Frías.
Escribió tres libros: Daniel Moyano: Las vías literarias de la intrahistoria (1996); Juan José Hernández. Aproximación a su cuentística (2001: y Literatura y deformación nacional (2008).
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