domingo 23 de agosto de 2026

Esquiú: de ayer a hoy

En los momentos de duda en torno a temas que hacen a la vida nacional, los pueblos sabios recurren a sus fuentes; a los ideales iniciales que les dieron origen y les permitieron consolidarse como nación. Al hacerlo, no solamente recuperan el sentido de su existencia, sino que se reconocen parte de una continuidad histórica. En el plano humano, esa búsqueda o necesidad nos lleva no solamente a los ideales germinales, sino a los mismos hombres que les dieron vida. Por eso los llamamos padres de la patria o padres fundadores; porque por ellos y a través de ellos logramos nuestra identidad individual y colectiva como miembros de una nación. Pero esto no se limita a quienes se sacrificaron en los campos de batalla. La lucha por nuestra organización nacional fue un proceso que se inició en 1810 y no se consolidó hasta 1853, año en que por fin, después de 43 años de luchas contra enemigos externos o entre los mismos argentinos, nuestras elites gobernantes de entonces comprendieron la necesidad de legalizar nuestra existencia como nación, aprobando una Constitución.



Quien mejor comprendió la importancia de aquel acto no fue alguien que portara armas, comandara ejércitos o montoneras o presidiera algún partido político, sino un hombre simple del interior, de Catamarca, de aquí a la vuelta, de Piedra Blanca; sacerdote por inspiración, patriota por vocación: Fray Mamerto Esquiú. Y lo hizo desde el púlpito de la Iglesia Matriz de Catamarca el 9 de julio de 1853, en un discurso memorable que le gano el reconocimiento histórico de Orador de la Constitución. Lo invocamos, aquí y ahora, porque de tanto en tanto es necesario recordar que aquello de crear una Constitución e imponerla en las conciencias de un pueblo no fue fácil y no lo sigue siendo. Por lo pronto, siete veces se la modificó a lo largo de nuestra historia, lo que nos hace pensar que como nación aún no hemos superado la adolescencia.



Esquiú pronunció su célebre sermón para celebrar la promulgación de la Constitución de 1853, porque con ello la patria se legitimaba ante el mundo y terminaba, al menos por el momento, toda la anarquía que siguió a la Revolución de Mayo, desde 1810 hasta 1853. Como lo dice él, en ese periodo prevalecieron los intereses facciosos controlados por triunviratos, dictadores, oligarquías, negándole a la nación la base jurídica de su propia existencia: una Constitución. Y asume la valentía y la obligación de justificarse sin rodeos: Ni sería lo que debo ser como sacerdote y como patriota si solo me ocupara en perorar sobre la justicia de la independencia, sobre el heroísmo de sus defensores…. Y comienza reflexionando, preguntándose ¿por qué …hemos sido por casi medio siglo la presa de todas las pasiones políticas … un teatro vasto de guerra y desolación? ¿Por qué hemos mimado los tiranos que se señorearon de nosotros provincial y nacionalmente? Su conclusión es terminante: la emancipación, puesta al servicio de las mezquindades políticas, engendró la desunión y en su nombre nos lanzamos con ardor de fieras al combate del egoísmo individual.



En su discurso, Esquiú analiza dos conceptos básicos que hacen a toda nación: la idea de patria y su relación con los individuos que la constituyen. Lo hace delimitando de entrada el terreno a cada uno de ellos al declarar que, así como es santo, justo e incuestionable el derecho a la independencia y la libertad de la primera, así también el individuo tiene derecho a su individualidad, a su dignidad y a sus derechos personales, los cuales deben ser libres de toda sumisión a cualquier autoridad. Según nuestro comprovinciano, estas ideas convergieron en esa doble independencia que significaron la declaración del 9 de julio de 1816 y la promulgación de la constitución en 1853, sin las cuales no podríamos habernos consolidado como nación civilizada ante el mundo: cuando los pueblos, pasado el vértigo consiguiente a una transformación inmensa, sosegada la efervescencia de mil intereses encontrados …se aúnan y levantan sobre su cabeza el libro de la ley…entonces existe una creación magnífica que rebosa vida, fuerza, gloria y prosperidad; entonces la vista se espacia hasta las profundidades de un lejano porvenir. Tal es el valor de la Acta de nuestros padres reunidos en Tucumán y de su complemento, la Constitución [de 1853].



No hay dudas en la visión del Orador de la Constitución. Para él la vida de una nación es algo más que la simple demarcación de un territorio, o la aglomeración de un cierto número de individuos encerrados en ese espacio. Tampoco le basta el que hayamos compartido gimiendo trescientos años bajo las cadenas del conquistador, ni el habernos sacado reciamente esas cadenas en un día solemne. Tampoco que se convoquen nombres venerados como el de San Martín o de Belgrano. Para Esquiú la vida y conservación del pueblo argentino dependen de que su Constitución sea fija; que no ceda al empuje de los hombres; que sea un ancla pesadísima a que esté asida esta nave, que ha tropezado todos los escollos, que se ha estrellado en todas las costas a que todos los vientos y todas las corrientes la han lanzado.



Esquiú se pregunta en su discurso qué es lo que había impedido a nuestra nación argentina por treinta y siete años, que le parecieron treinta y siete siglos, entre 1816 y 1853, darse una Constitución y leyes que regularan la vida nacional. Asegura que nada le faltaba a ese pueblo de entonces; sobraban ideas, principios y fuerza; no hacía falta importar ninguna idea. Y lo responde: contener y ordenar las fuerzas, trazando alrededor de los pueblos, como de los individuos, una línea insalvable, que obviamente estaba representada en la fuerza de una Constitución.



Esquiú no estaba en contra de introducirle modificaciones. Pero previene al momento de su sermón contra la ligereza de los que promulgan la necesidad de adaptarla a cada rato al progreso, la libertad, el porvenir; a los que la relativizan sosteniendo que lo inmóvil es inerte, [que] lo inmóvil no vive. A estos, Esquiú les recuerda que los principios no progresan y que la Constitución, en el orden social, es como un axioma en el orden científico: la Constitución es el resorte del progreso, y los medios no deben confundirse con los fines, porque no hay más libertad que la que existe según la ley. Más todavía, como adelantándose a su tiempo advierte: si la Constitución cede un punto a nuestros embates, si no es un baluarte inamovible, la sociedad pierde terreno, el interés individual adelanta, y ya sabemos que ensanchándose hasta cierto grado caemos en el terreno de las disputas sangrientas y la anarquía. Por eso reclama una sumisión pronta; porque la Constitución necesita penetrar enmarañadas y multiplicadas fibras, porque necesita tiempo para vivificar el sistema; porque como una inmensa máquina compuesta no de ruedas, sino de voluntades, necesita cooperación universal.



El cierre de su homilía es terminante cuando le recuerda y le advierte a su patria, a la nuestra: ¡Republica Argentina!.... Cuarenta y tres años has gemido en el destierro!; medio siglo te ha dominado tu eterno enemigo en sus dos fases de anarquía y despotismo! Y del recuerdo pasa a la acción demandando sumisión universal. No hay un hombre que no tenga que hacer un sacrificio de algún interés; y si cada uno adopta la Constitución, eliminando el artículo que está en oposición a su fortuna, a su opinión o a cualquier otro interés, ¿pensáis que quedaría uno solo?.... ¿Quedaría en la carta constitucional la idea de soberanía que supone…?. Obedeced señores; sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad; existen solo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra…. Palabras de innegable actualidad; de un patriota que no portaba armas, no comandaba ejércitos ni montoneras ni partido político alguno, sino de un hombre simple y de principios, del interior, de Catamarca, de aquí a la vuelta, de Piedra Blanca.

Colaboración: Rodolfo Schweizer (*)

(*) Rodolfo Schweizer nació en Ancaján (Santiago del Estero), lacalidad cercana a Frías y al límite con Catamarca. En nuestra provincia fue director de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Catamarca (1988-1990). Es ingeniero eléctrico (Universidada Nacional de Córdoba), doctor en Filosofía y profesor de Literatura Latinoamericana (Universidad de Filadelfia).



Vive buena parte del año en Filadelfia y el resto en Argentina, repartido entre Catamarca y Frías.



Escribió tres libros: Daniel Moyano: Las vías literarias de la intrahistoria (1996); Juan José Hernández. Aproximación a su cuentística (2001: y Literatura y deformación nacional (2008).



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