Atraso, pobreza e ignorancia nos habitan tórridamente y nos impiden forjar una comarca mejor para nosotros, para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos.
A este trabajo no le preocupa la comodidad y el progreso de los que transitan la vida provinciana sin sobresaltos. Esos pocos no son objeto de esta preocupación. No por ser pocos, sino porque no necesitan de estos estudios. Ya están encaminados en sus vidas. Son los otros; los muchos, la inmensa mayoría de los más, los que no se han respondido todavía con énfasis sobre las causas de su postergación y atraso, el hambre que padecen, la falta de oportunidades y el olvido; la sinrazón de sus vidas condenadas a reverenciar subsidios, becas y puestos de trabajo, entre choripanes, chapas de cinc y bolsones de leche y comida, condenados a aceptarse eternamente como pobres o miserables.
Este escrito tiene que ver con eso. Un estudio de la Catamarca de la segunda mitad del siglo XIX parece especialmente útil para ello, no por capricho, sino porque nuestros problemas vienen desde lejos, y al mezclar noticias políticas, económicas y sociales, quizá pueda observarse -eso espero- razones, causas y consecuencias.
Este escrito sostiene que la suerte económica, política y social de Catamarca se jugó sustancialmente en la segunda mitad del siglo XIX. Para ser más preciso aún, entre la década de 1850 y la de 1880. Aquí se fundamenta esta aseveración y se sugieren caminos para corregir los errores del pasado intentando una mirada de anticipación al nuevo mundo que se avecina. Vayamos a la cuestión.
DÉCADA DE 1850
En la década de 1850, Catamarca contaba con un 24% de la población de Buenos Aires. Ahora sólo el 2%. Si hubiéramos conservado aquella proporción, hoy seríamos 4 millones de habitantes.
Recién en 1861 instalaron los porteños un reloj de fabricación inglesa en la torre del Cabildo. Nosotros, por nuestra parte, tuvimos quién hiciera uno similar de madera con manos e ingenio catamarqueño sin necesidad de comprarlo en Inglaterra. Lo instalamos en la entonces precaria iglesia Matriz pero seis años antes que los porteños, el 8 de septiembre de 1855. Un ingenio técnico que no supimos aprovechar cultural ni económicamente y que nos hubiera permitido desarrollar una industria tecnológica singularmente competitiva para vender a los numerosos cabildos e iglesias del país y América latina, instalando una conciencia industrial en la población que lamentablemente no fue.
Nuestro primer Presupuesto (año 1857) establecía una remuneración de $f 100 (pesos fuertes) anuales para cada uno de los 20 diputados y $f 120 para el portero. ¡El portero de la Legislatura ganaba más que un diputado!
En la escala de sueldos había 22 categorías. Ocupaba el primer lugar el Gobernador que ganaba 36 y ½ veces el monto del escalafón más bajo y los diputados ocupaban el 16° lugar, juntos al portero de la Corte de Justicia. En materia de sueldo, no eran muy importantes.
Todos los empleados y funcionarios de los tres poderes alcanzaban un total de 98 personas, es decir, el 0,17% de la población de la provincia. El empleo público no era la fuente principal de trabajo en la Catamarca de ese tiempo. Para el año 2010 -un siglo y medio después- la administración pública provincial representaba alrededor del 13% de la población provincial.
Los catamarqueños en su mayoría podían calificarse de religiosos, honrados, hospitalarios y sumisos. Laboriosos en los lugares de agricultura y holgazanes en los de pastoreo. Éramos poco susceptibles de entusiasmo y siempre quejosos solicitábamos con frecuencia medidas salvadoras de la situación de indigencia en que vivíamos. Las continuas riñas por la distribución del agua desnudaban nuestra la falta de leyes, policía y justicia.
Mamerto Esquiú tenía un juicio poco halagador para nosotros:
… teniendo en cambio…un viento incesante…todas estas condiciones de nuestro clima deben influir y engendrar en nosotros la apatía y un modo de ser enojoso. Añádase que nuestro estado intelectual y moral es ese tristísimo estado medio en que hablamos de todas las ciencias del hombre, de sus adelantos e industria, sin que seamos capaces de fabricar una aguja, ni tirar un solo rasgo original en Filosofía, ni en Religión, ni en Política, ni en Historia, teniendo en todas nuestras relaciones la servil condición de imitadores, juntándose la manía de lo grande con la pequeñez del sujeto…y siendo la mediana mezquindad nuestro carácter en clima, en costumbres, en ciencia, en política, en religión…
Mamerto Esquiú (Pbro. Alberto Molas Terán, 1943)
Para Joaquín Fillol (1856), que estaba en Catamarca enviado por el presidente Urquiza para organizar el correo y las postas nacionales, éramos una de las provincias más atrasadas de la Confederación. Nuestro carácter mezquino y antisociable impedía que los extranjeros sintieran agrado de vivir entre nosotros, y pocas veces un catamarqueño presentaba un forastero a su familia y amigos. Las mujeres decía- asistían a los templos no tanto por vocación religiosa sino para alterar de algún modo la tediosa monotonía de sus vidas.
Había observado que nuestros pobladores se retiraban a sus domicilios a partir de las 20 horas para amanecer recién a las 8 de la mañana del día siguiente. Se dormía siesta desde las 12 hasta las tres de la tarde, y nuestra semana sólo se componía de 5 días puesto que el sábado era ocupado para asistir a misa y el domingo para no hacer nada.
La década de 1850 fue no obstante, un remanso de paz y promesa de prosperidad. Al descubrimiento de oro en California en 1848 siguió el despertar del cobre acá. Nuestros emprendimientos mineros comenzaron a desarrollarse vertiginosamente y numerosos provincianos y extranjeros atraídos por la posibilidad que ofrecía, se instalaron para fundar sus negocios productivos en Catamarca. No obstante, no resultó fácil. Rosario se opuso a que comerciáramos directamente con Chile, sosteniendo que los productos del exterior debían ingresar siempre por los puertos del litoral. Mendoza, por su parte, consideró con insistencia que el ferrocarril andino que Urquiza propiciaba, debía pasar por su territorio y no por Catamarca.
DÉCADA DE 1860
La década de 1860 en Catamarca es, además de trágica, sumamente curiosa en sus contrastes. Políticamente un fracaso tanto para liberales como para federales, permitió a las nacientes empresas mineras comenzar un rápido proceso de crecimiento y acumulación. En esta década nacieron los subsidios nacionales al interior, los regalos del Poder Ejecutivo a las provincias pobres. Había que conquistarlas de algún modo para que no molestaran y Mitre encontró la manera.
La ofensiva federal por torcer el poder porteño fue constante pero poco feliz, y los esfuerzos de Chacho Peñaloza, Felipe Varela y otros, no lograron prosperar.
Los fusiles, lanzas y carabinas de las tropas provincianas de Varela poco pudieron hacer contra los rémington modernos del Ejército Nacional de Mitre. La guerra antes exitosa de la caballería había sido superada y reemplazada por la infantería, pero esto no lo entendían los caudillos. Varela estaba atrasado no sólo militarmente, representaba un orden económico arcaico, una economía artesanal, primitiva, feudal y, en suma, precapitalista (José Pablo Feinmann, La filosofía y el barro de la historia, pág. 690 Planeta, Buenos Aires, 2008).
El Manifiesto de Varela de 1868 era todo un ambicioso proyecto nacional y continental, pero, lamentablemente, desde el punto de vista militar, absolutamente ineficiente; no podía siquiera apropiarse del poder político de nuestra pequeña y pobre Catamarca. En Cepeda habían hecho falta 10.000 hombres para vencer a los porteños, en Pavón se habían enfrentado 16.000 federales contra 18.000 porteños. Varela pretendía hacer la guerra y vencer a los porteños con 4.000 hombres y precarias armas. Ni en Pozo de Vargas, con fuerzas numéricamente equivalentes, pudo hacerlo.
Los federales locales estuvieron demorados en el tiempo histórico. No entendieron la fuerza económica, política y psicológica de la Modernidad. Los animaba una causa justa, pero fueron incapaces de presentar sus ideas de manera renovada y atractiva, generar una esperanza, una promesa al resto del país y en especial a Buenos Aires. Carecieron de propuestas seductoras que supusieran una renovación superadora. Los federales de talento y condición económica y social de tiempos anteriores se habían exiliado políticamente, estaban convencidos, salvo Varela y unos pocos, que Urquiza no intervendría más y que sólo él tenía capacidad militar y recursos económicos suficientes para enfrentar con éxito a los liberales de Buenos Aires. Pensaron que con la nacionalización de la Aduana y lo que parecía muy posible, la capitalización de Buenos Aires, la lucha ya no tendría mayor significación. Por el contrario, había que ayudar a este proceso de paz que parecía abrirse.
De este modo podemos explicamos por qué hombres como Octaviano Navarro y Vicente Bascoy ayudaron a sofocar las montoneras, aunque es preciso aclarar que lo hicieron priorizando la diplomacia al combate, la comprensión a la intransigencia, la razón a la emoción. También es posible pensar que obraron así para recuperar el espacio político perdido.
La Modernidad occidental y cristiana había deslumbrado a los porteños, dueños del poder económico y militar del país. Por eso no les importó los sucesos internacionales de la época: la invasión de Inglaterra, Francia y España a México, la de España a Perú y Chile, la nuestra junto a Brasil y Uruguay contra Paraguay. Los porteños y muchos provincianos no eran ni se sentían americanistas sino occidentales y cristianos, es decir, racionalistas, cultores del dinero como valor supremo de la vida, dominantes, usurpadores, exclusivistas, contradictorios, desentendidos de los problemas de los más pobres, injustos, etnocidas, genocidas y ecocidas. Actitud que se corroboraría en la década de 1880 con la conquista de un desierto plagado de gente, para expropiarles su tierra, rechazar su cultura y destruirles la vida.
Buenos Aires ahora gozaba constitucionalmente del enorme producto del país entero, administraba el dinero nacional y la Aduana, mientras los demás pueblos pobres y arruinados debían atender sus gastos con sus mínimas rentas. La orgullosa Buenos Aires botaba ingentes sumas en embellecer sus paseos públicos, en construir teatros, en erigir estatuas y en elementos de puro lujo…De modo que las provincias eran desgraciados países sirvientes, pueblos tributarios de Buenos Aires, que perdían la nacionalidad de sus derechos, cuando se trataba del tesoro nacional…
Buenos Aires es la metrópoli de la República Argentina como España lo fue de la América… Ser porteño, es ser ciudadano exclusivista; y ser provinciano, es ser un mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. diría Varela en su Manifiesto.
DÉCADA DE 1870
Bartolomé Victory y Suárez -un periodista español que muy joven se afincó en el país y que no ha sido estudiado por el pensamiento económico argentino- publicaría en 1873 un trabajo de gran interés y altamente ilustrativo para lograr una idea de la Argentina económica de ese tiempo.
Las rentas nacionales se habían triplicado en sólo una década a pesar de la guerra del Paraguay y la fiebre amarilla de 1871. Insólita progresión en las rentas de un país emergente que no se conocía en ninguna potencia europea.
La fantástica renta de 1872 provenía fundamentalmente de los derechos de importación. Exportábamos fundamentalmente productos primarios derivados de la ganadería, entre los que ocupaban un lugar preponderante la lana sucia, los cueros vacunos y lanares, sebo y grasa derretida, carne tasajo, cerdos, vacas y novillos.
Sólo los productos ganaderos representaban 45 millones de pesos fuertes pero Catamarca, que era una provincia fundamentalmente pastoril-minera, contaba con otros productos para vender como cobre, plata, oro, aguardiente, mulas, maderas, pastos y algunas otras cosas más, todo lo cual, lamentablemente, no era significativo en materia de exportación: sólo 500 mil pesos. Todo el cobre nacional exportado representaba sólo 200 mil pesos frente a los 45 millones de los productos ganaderos.
El grueso de los dineros públicos provenían de los derechos de importación y no de los de exportación. ¿Pero, qué era lo que compraba nuestro país?
Las manufacturas representaban la mitad de nuestras importaciones. La otra mitad, se componía de bebidas en general, azúcar, harina, tabaco, pastos, frutas, cereales, maderas, queso, manteca, etc., que se podía producir o se obtenía ya en pequeña escala en el país y todo lo pagábamos con las carnes, cueros, lanas, sebo, etc. de Buenos Aires principalmente, la que no podía producir, tabaco, maderas, azúcar, frutas, vino, aguardiente, ni cobre, ni oro, ni plata.
Ante todo ello, ¿qué diría Bartolomé Victory y Suárez?
Se comprende pues que si diéramos impulso a la producción de aquellos artículos, la importación disminuiría y aumentaría en cambio la de maquinaria y de numerario para la explotación de nuestras minas y la explotación de metales, piedras y carbón, que darían un desarrollo extraordinario a la riqueza nacional.
Precisamente los artículos de fuentes agrícolas de mayor consumo y de mayor importación, pueden ser obtenidos en grande escala en el país mismo sin grandes sacrificios, á juicio de los hombres competentes del ramo, que a ello han dedicado sus estudios.
Como plantas industriales de algodón, el añil, la cochinilla, el tabaco, la caña de azúcar y como plantas alimenticias el trigo, el maíz, la mandioca, la remolacha, y como forrajes la alfalfa, la esparceta, etc., brotan en esta bendita tierra como por encanto en sus respectivas zonas.
Si se diera pues impulso a su cultivo, pronto se levantarían en todas partes las fábricas de tejidos, las de alcoholes, las refinerías, las de tinte, de cigarros, etc., á las que indudablemente seguirían todas aquellas que de ellas dependen para modificar de mil maneras los productos…con que atiende a las múltiples necesidades creadas por la civilización.
Con ellas se levantarían las empresas para la explotación de las maderas, los mármoles, el carbón, el fierro, el cobre, la plata y el oro, que parecen destinados á inundar el viejo mundo como una oleada de alta mar.
Pero no ocurrió así. ¿Por qué?
Porque para vender los 45 millones de pesos en productos ganaderos al exterior había que comprarle al mundo un importe similar, es decir, equilibrar la balanza comercial. Si se compraba dentro el país -sustituyendo importaciones- no habría tanta exportación ganadera. Para que se enriqueciera el litoral había que dejar inerte a las provincias andinas. Y así fue.
Los elevados derechos de importación no eran para proteger ni desarrollar las industrias o artesanías locales, sino que constituían la fuente principal de ingresos del Estado. Si comprábamos menos al exterior, el tesoro nacional se achicaría.