Con firmeza, Alejandra aseguró que los fieles de la Iglesia no ven al abuso sexual que comete un sacerdote como un delito sino como un pecado. Lo dijo desde la experiencia porque su hija denunció a un sacerdote de haberla abusado en Belén, donde vivían. En octubre de 2015, cuando la adolescente tenía 16 años, denunció que el cura Juan de Dios Gutiérrez había abusado sexualmente de su hija.
Desde entonces, recorre los pasillos del Juzgado de Control de Garantías y de la Fiscalía para que la causa avance. Pasada la feria judicial, comentó que espera novedades. “La causa se elevaría a juicio. Estamos esperando la notificación”, expresó. Este sacerdote tenía a cargo el grupo Jóvenes Unidos por el Amor a Cristo y en ese espacio es que habría abordado a la chica, de la que habría abusado sexualmente.
Aunque el debate sería inminente, Alejandra remarcó que Gutiérrez, a diferencia de otros sacerdotes imputados por este tipo de delito, no está privado de la libertad. “Otros curas esperan el juicio tras las rejas”, enfatizó.
En Catamarca, éste no es el único caso de religiosos acusados de abuso sexual contra una adolescente. Andalgalá, la Perla del Oeste, tiene su causa. El sacerdote Renato Rasguido. En marzo de 2014 la madre de un joven de 15 años lo denunció por abusos sexuales ocurridos dos años antes. Dos meses después fue imputado, pero no quedó detenido. En julio de 2016 se le sumó una imputación por "corrupción de menores".
Las causas contra Rasguido y Gutiérrez están incluidas en los casi 20 casos que tienen a curas de la Iglesia Católica como imputados por abusos sexuales contra menores. Estos terribles testimonios quedaron registrados en el documental "No abusarás (el mandamiento negado en la iglesia de Francisco)".
Entre la fe, la duda y la sed de justicia, Alejandra impulsó la creación de la Asociación Latidos Sin Pausa que se sumó a la Red de Sobrevivientes de Abusos Eclesiásticos. “En verdad, somos sobrevivientes porque aprendemos a sobrevivir con el dolor”, contó. Para esta mujer, una situación como ésta no es fácil de sobrellevar. “No todos reaccionamos igual pero estamos para ayudar. Hacer la denuncia es un gran paso”, consideró.
Al mismo tiempo, reconoció que denunciar a un sacerdote por un delito de abuso sexual implica coraje y también rechazos. “Muchas personas no se animan a denunciar porque los mismos fieles de la Iglesia piden que no se denuncie. Ellos lo ven como un pecado, no como un delito. El mensaje que dan es ‘no lo hagas, Dios te va a castigar’”, reflexionó.
Esta mujer sabe que para denunciar se necesita valentía y coraje –palabras que siempre dice- para vencer prejuicios, propios y ajenos, y la vergüenza. “Hay que hacer lo correcto, hay que denunciar”, insistió.
Cuando se denuncian casos ocurridos tiempo atrás pero silenciados, por temor o vergüenza, Alejandra aseguró que es muy difícil transitar la vida con ese sufrimiento. “Admiro cómo hicieron para vivir tanto tiempo con ese dolor. Se necesita valentía. A veces pasan los años y recién se animan a denunciar”, reconoció. En cambio, si la denuncia es inmediatamente después de haberse consumado el abuso, debe felicitarse “por tener el coraje” para dejar de lado muchas emociones como el miedo, la angustia, el temor al qué dirán o vergüenza. También aseveró que el apoyo de la familia es fundamental, más aún ante un tema tan delicado, con sus propios tabúes, que tiene como acusado a un hombre de la Iglesia.




