Al comprender que la vida y obra de nuestro ilustrísimo Beato fue y sigue siendo estudiada por prestigiosos historiadores; creí oportuno aportar -desde el campo de las letras- algo diferente. Me incliné por el género literario “Ensayo” que -además de permitir otras aperturas- acepta opiniones disidentes que invitan al debate para enriquecerlo. Por esta razón, en “Fray Mamerto Esquiú a Corazón Abierto” hago hablar a ese corazón que, a mi juicio, sigue vivo y nos alienta a transitar los difíciles momentos socioeconómicos que atraviesa hoy el país. No olvidemos que la reliquia, milagrosamente intacta, fue profanada varias veces; arrojada a los techos y a la basura hasta hacerla “desaparecer” de la Iglesia de San Francisco, en Catamarca. Agrego comillas al vocablo, porque sigo creyendo que puede estar en manos de alguien -dentro del país o en el extranjero- sin que nadie se preocupe por continuar la investigación. Ello nunca ocurriría en naciones ordenadas, que valoran genuinamente su patrimonio identitario y jamás cerrarían un caso como éste, tan caro al sentir de todos los argentinos.
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Una aproximación al ideario político/jurídico del Beato Fray Mamerto Esquiú
Por Magíster Víctor Russo.
Para graficar someramente algunos contenidos del libro y no ser autorreferencial, me remito a un sólido fragmento de su Prólogo -escrito por la actual presidente de la SADE filial Catamarca, Prof. Hilda Angélica García- quien, entre otras cosas, dice: “El espíritu de Fray Mamerto Esquiú está contenido en este ensayo de Víctor Russo, porque interpreta pensamiento, palabra y acción del franciscano, quien “A Corazón Abierto” ha iluminado un espacio de existencia purificado, en contraposición a la concepción materialista de la vida.
En primera persona derrama los avatares de su experiencia vital, reflexiones acerca de sus convicciones religiosas y filosóficas que, desde el plano de lo invisible, descienden para acercarnos sus consejos, erudición y cultura. Víctor Russo va tramando, de ese modo, la historia de este hombre que tanta gloria ha dado a la identidad catamarqueña y nacional...
El autor sobrepasa lo obvio y polémico del accionar del fraile, para analizar e interpretar, desde su ideario, la realidad actual en los fundamentos de su prédica religiosa, cívica y social. En un pasaje que oficia de disparador temático dice: “Los detractores siempre consideraron que mi opinión sociopolítica no era razonable en una homilía”.
Las ajustadas palabras de la Prof. Hilda García grafican, con claridad, la esencia argumental de este trabajo y confirman mi visión (como autor) de que la enorme tarea pastoral de Esquiú no se limitó -pese a los convulsionados tiempos en los que le tocó vivir- únicamente a rezar y decir la Santa Misa. Dedicó su vida a estudiar, enseñar, escuchar y predicar comprometido con la realidad nacional y en ocasiones tuvo que ausentarse del país, para reflexionar acerca de los graves y acuciantes problemas que agobiaban a la población civil; a ello se sumaron las duras internas que debía soportar en el seno del Clero; donde muchos no toleraban su punto de vista sacerdotal. Eran tiempos de total anarquía; donde no se respetaba la Ley y la preservación de la vida humana pendía de la decisión caprichosa del jerarca de turno.
Por ello, el humilde fraile piedrablanqueño optó por emigrar y tomar distancia en búsqueda de la gracia y tranquilidad espiritual que necesitaba. Él sostenía que los sacerdotes no sólo debían ser, sino también parecer, ya que detentaban el poder que otorgan las Sagradas Escrituras y el don de la palabra.
Recordemos que con sólo recurrir a tres bienes: el amor, el ejemplo y la oración, Jesucristo acercó a más de 2.400 millones de fieles a su doctrina en gran parte del orbe; y ésa fue la verdadera revolución moral que cambió la visión espiritual de gran parte de la humanidad; al lograr, sin presiones ni violencia, convertir a la religión católica en la más numerosa y practicada en el mundo.
Es decir que (desde la ficción literaria) el Beato Esquiú -hoy ya camino a la Canonización- nos aclaró que, desde el púlpito, se puede criticar, disentir, hablar de justicia, paz, respeto a la Ley, hermandad, valor científico, honradez e igualdad, al proclamar al bien común como principio caro y recurrente tanto en la vida pública, como en la privada.
Esos mojones calaron hondo en la conciencia nacional y se extendieron para consolidar y afiatar la paz interior en un país desorientado que -como sabemos- se encaminaba a la desintegración a causa de las ambiciones personales, permanentes revueltas y luchas fratricidas.
De su célebre Sermón, pronunciado el 9 de julio de 1853, “Laetamur de gloria Vestra” (Nos alegramos de vuestra gloria) en la Iglesia Matriz de Catamarca y que le valió el apelativo de ORADOR DE LA CONSTITUCIÓN, rescato un par de fragmentos que, cada vez, cobran mayor actualidad. “¡ARGENTINOS! Al encontraros en la solemne situación de un pueblo que se incorpora, que se pone de pie para entrar dignamente en el gran cuadro de las naciones, la religión os felicita, y como ministro suyo es que vengo a saludar en el día más grande y célebre, con el doble grandor de lo pasado y de lo presente, en el que se reúnen sigilosos el transcurso del tiempo con el halago de la esperanza... ¡Rey de los siglos! ¡Tiempo eterno y soberano de los pueblos! ¡Antes que me posterne a los hombres, me humillo ante Vos!
Antes que bendiga vuestras obras e imagen, bendigo y adoro vuestro ser infinito e inmutable. Os invoco por la Nación Argentina y, sobre mi corazón y mi lengua, para que sean fieles a vuestra verdad. Recibid mis votos y plegarias por medio de María Santísima a quien saludamos: AVE MARÍA”.
Y -más adelante- ratifica y valora el candor de la Ley Suprema. “La vida y conservación del pueblo argentino depende de que su Constitución sea fija; que no ceda al empuje de los hombres; que sea un ancla pesadísima a la que está asida esta nave, que ha tropezado en todos los escollos, que se ha estrellado en todas las costas y todas las corrientes y vientos la han lanzado. Renunciamos con justicia a nuestra primera metrópoli; descabezamos después la República y todos los pueblos se precipitan a apoderarse de la presa. Conquistamos la soberanía nacional, después la soberanía provincial, destruimos la monarquía, fuimos republicanos, ora unitarios, ora federales; reacción, anarquía, gobierno de un año, de dos años, triunviratos, dictaduras, oligarquías. ¡Válgame Dios!”.
Al proclamar con firmeza su compromiso personal con sus semejantes me pregunto: ¿De dónde emerge tanta sensatez y valentía, para echar luz sobre los tiempos más oscuros de la vida nacional? Sin duda, a la respuesta la vamos a encontrar en la formación que le dieron sus lecturas y reconocido intelecto, que trascendió fronteras; ésa fue la razón por la cual era permanentemente convocado desde naciones hermanas (Bolivia, Ecuador, Perú, Uruguay, Italia) que requerían su presencia; no sólo para conocer personalmente su vasta experiencia, sino para entrar en contacto con su innovadora visión y ponderable elocuencia.
Esquiú también visitó Tierra Santa, como peregrino, y a ella dedicó memorables palabras con dúctil y elevado tono poético. En su Diario de Recuerdos (comentado por Luis Cano en 1961) exclama: “¡Jerusalén! Yo sabía que tú eras llamada la Ciudad del Gran Rey, que por ti no se extinguió en el lujo la descendencia de David; sabía que la sangre de Jesucristo no pide venganza como la de Abel, sino que, siendo la de un hombre de Dios, pide misericordia y perdón... Así lo pensaba, hasta que te contemplé con mis propios ojos. Centenares de veces he recorrido tus calles desde el sitio de la antigua Elia hasta el fondo del valle de Josafat; te he contemplado muchas veces desde las alturas del monte Olivete, como desde el sitio del campamento de todos tus conquistadores. He dado la vuelta a tus muros y he mirado de lejos la cima de tus cúpulas y almenas, como he penetrado en tus lóbregas necrópolis; durante un año y medio he respirado tu aire y he contemplado tus días y noches, tu sol abrasador, tu melancólica luna y por doquier no he visto otra cosa que la Ciudad de Dios, oprimida por la ingratitud humana; no he sentido nunca acentos de ira, sino los gemidos de la más bella y desolada de las criaturas. ¡Jerusalén! Yo deseé acabar mis días a la triste y solemne sombra de tus ruinas; pero el Señor tu Rey no quiso y debí volver donde era honrado sin ningún mérito. Sólo pido a Dios el inestimable bien de que me haga participante de tu suerte, que es la suerte de todos los Santos: ser nobles y desolados, como eres tú, oh amada Jerusalén”.
Indagar en su vasta vida pastoral nos permite encontrar múltiples valores no sólo en su epistolario y homilías, sino también en el panegírico que -como Obispo de Córdoba- pronunciara en su reconocido “Elogio fúnebre en honor al sacerdote fundador de la Universidad Nacional de Córdoba, Fray Fernando de Trejo y Sanabria” En ese texto, de 1881, se refiere a Godofredo Leibniz (el sabio alemán más respetado del S. XV, matemático, estadista, teólogo y filósofo) quien -pese a su formación protestante- decía que las ciencias eran los escalones de una enorme escalera que llevaba a Dios: que es la fundación de todo conocimiento y sabiduría. Al hablar de su obra “Sistema Theologicum” (1697) reflexiona acerca del origen definitivo de las cosas (lo cual indica que lo había estudiado). Además, Leibniz había logrado crear una máquina que realizaba cálculos mínimos, lo cual en su tiempo no era poco y entendía al universo como unidad dominante y, su existencia, estaría más allá de él, en Dios, como una necesidad metafísica, cuya esencia sería su propia existencia.
Intuía que la impronta del ser, que creó la naturaleza, es infinita y, para comprenderla, hacía falta una matemática basada en la aprehensión de lo infinito; y sólo el cálculo infinitesimal conduciría hacia esa posibilidad. Recordemos que estamos hablando del ilustre científico que ideó el método de anotación matemática que luego sería adoptado universalmente. Y, de este diálogo entre fe y razón de Leibniz -aunque parezca una paradoja- es similar al concepto que proclama Esquiú cuando -al finalizar el “Elogio Fúnebre”- dice “Que la piedad sea útil para todo, teniendo consigo la promesa de los bienes de la vida presente; poblada de un modo palpitante, por el hecho gloriosísimo de esta Universidad; con su duración, sus hombres ilustres y la esplendorosa aureola. Sois vosotros mismos, ilustres Señores, con el bien que hacéis con el honor y todo el género de ventajas para las ciencias, para el pueblo y vosotros mismos broten como de fuente abundantísima de esta Universidad. Sois vosotros, digo, una prueba viviente de la piedad cristiana que está en otros, siendo útil para todos”.
Esquiú valora el aporte incuestionable de la ciencia para el desarrollo de la humanidad y deja de lado la tradicional oposición ciencia / religión. Para él, ambas se necesitan y complementan solidariamente como elementos sustanciales para el progreso.
Estas increíbles correlaciones intelectuales unen la experiencia y el saber de siglos y dejan de lado (al menos en duda) criterios perimidos, que impedían la vinculación de lo antiguo con lo nuevo.
Tanto los conceptos de Leibnitz, como los del Beato Esquiú sostienen los principios de causa / efecto y coinciden con San Agustín al entender a Dios como el primer motor inmóvil de todas las cosas. Ambos -separados por el tiempo, pero unidos en lo experimental- estiman al Ser como necesario e innegable, caso contrario no se podría explicar lo contingente.
En síntesis, y dejando todo lo anterior para teólogos y científicos, asistimos a un gratísimo encuentro con el corazón del Beato Esquiú que generosamente nos ilumina el camino y explica, que la tarea religiosa no tiene por qué separarse de la vida pública y política en su deber para con la Patria; a la cual no le ve un futuro digno si no se legitiman, oportunamente, los valores morales y cristianos.
Si bien, esta interesante temática hace imposible encontrar respuestas definitivas; lo cual no impide abrazar al conocimiento e indagar sobre lo nuevo. Tampoco podemos olvidar otra casualidad o causalidad, que amerita el hecho de nombrar y que, para muchos, pasó desapercibido. El arte de nombrar no es casual, porque se trata de una elección que, muchas veces genera controversias entre familiares y amigos que opinan. El nombre fidedigno que fue asignado a nuestro Beato es el de “Mamerto de la Ascensión Esquiú y
Medina” formulado por sus padres ante la Pila Bautismal y consagrado por el sacerdote actuante. Nombre que (por gracia de Dios) eligieron -quizás sin proponérselo- como una premonición, “DE LA ASCENSIÓN” (ese apelativo designa a una entidad elegida; atribuible a una persona que, una vez bautizada y valorada su vida terrena, puede ir más allá. Es decir, puede elevarse a lo más alto, a lo inasible). También podría ser una señal: “Estar en presencia de un elegido” “Un Illa” (dirían los quechuas) “tocado por un rayo benéfico” que aún hoy espera la Canonización a instancias de la resolución del Episcopado y el Santo Padre Francisco.
Por último, recordemos que nuestro máximo escritor y poeta Jorge Luis Borges (que se consideraba agnóstico) llegó a decir -cuando se le preguntó por Dios- “Entiendo a Dios como una infinita sucesión de efectos y de causas”.