El viento de agosto que zumbaba en las quebradas, sacudiendo las cortezas de los viejos algarrobos, avisaba que ha llegado el tiempo de las semillas. En nuestros pueblos, esta época no se mide en almanaques, ni en cifras mercantiles; se mide en latidos, en la memoria que vuelve a respirar cuando las manos se abren para dar.
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Tiempo de semillas
Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo
Aquí se comparte la simiente, se intercambia, porque como bien dicen los mayores al calor del fogón: "Somos la misma tierra soñándose a sí misma".
Luego llega septiembre y con él la minga, ese abrazo colectivo donde la tierra se trabaja con el esfuerzo de todos y la alegría compartida. Pero antes esta el cuidado sagrado del origen. En cada rincón de este suelo, la semilla se conserva como un estandarte de resistencia.
Es la misma que cruzó escondida en el pelo trenzado de las abuelas, o protegida en el fondo de una chuspa de hilo tosco, esquivando el tiempo, las leyes ajenas y el olvido.
Las abuelas la mantuvieron viva sin permitir que ninguna otra la reemplazara. La ofrecen con devoción a la tierra y la custodian año tras año entre secretos de polvo, cenizas de árboles sagrados y hojas de hierbas aromáticas para que no le entre el gorgojo ni ningún otro bicho hambriento, dice la abuela.
Cuando llega el viento de agosto, se abre el secreto y en septiembre la semilla vuelve a viajar. Se comparte, se intercambia con otros pueblos hermanos, y con ella viaja la memoria, la resistencia, la vida misma.
Sí, en una Tierra donde cada semilla y cada raíz guarda un recuerdo, donde cada hoja susurra el lenguaje antiguo de aquello que nace, muere y vuelve a florecer.
Somos semillas que despiertan bajo la luz del universo,
Son almas que nacen,
raíces que abrazan la tierra.
En cada ser habita un monte invisible,
una flor esperando abrir sus pétalos,
un espíritu antiguo que vuelve a caminar
entre apachetas, estrellas y raíces.
El intercambio de semillas originarias camina entre ferias, trueques y cambalaches. Es mucho más que una transacción: es un acto de soberanía alimentaria y un lazo invisible que teje la comunidad.
Rescata las variedades locales del maíz duro, del zapallo, las papitas collas, de los porotos y habas que ya casi nadie cultiva en los grandes mercados, conservando un patrimonio que se niega a morir.
Es soberana porque asegura el acceso a simientes libres y propias, sin depender de la industria; es resguardo identitario frente a la sombra de los cultivos transgénicos; es, sobre todo, la transmisión viva de saberes donde los abuelos y abuelas le enseñan a las wawas los secretos de la tierra, el clima, el agua y las lunas de siembra. Porque la historia de vida de éstas semillas está profundamente enredada en la historia del territorio.
Los ancestros de este valle saben que las semillas no son meros objetos biológicos. Son entidades bioculturales, biología culturalmente informada y políticamente criada.
Las culturas no son construcciones mentales abstractas; son semiosis bio-geológicamente arraigadas. Así como las semillas deben su forma actual a los pueblos que las cuidaron y seleccionaron con amor, esos mismos pueblos le deben la vida a la sabiduría sobreviviente de aquellas pequeñas custodias del tiempo.
En el mundo de la vida real, no existe tal barrera entre biología y cultura, existe la vida de un pueblo que se niega a ser borrado, del que sabe del milagro sencillo de entregar una semilla "limpia", asegurando que la memoria, la reciprocidad y la vida sigan brotando por siempre...