Hoy mis memorias van al Simón... Simón nació allá por 1930, allí donde Amaicha abre sus brazos de piedra. Fue un niño parido por el valle, un duende descalzo que aprendió a correr entre las pircas y los misterios de La Puntilla.
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Simón, el viejo uturunku
Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo
Primero fue pastor, guiando cabras por el filo de la noche en la Salamanca; después fue hachero, conversador fraterno de los algarrobos antiguos. Con los años, su piel se fue pareciendo a la corteza de los árboles y sus ojos aprendieron a descifrar el latido del tiempo, ése que solo conocen los abuelos sabios que conversan con la tierra. Él no caminaba el cerro: lo escuchaba.
Sabía que las leyendas flotan suspendidas entre el aroma amargo de la jarilla y el brote amarillo de las tuscas. Bastaba que Simón se detuviera en un sendero de herradura para que el aire se poblara de alas, desatando el vuelo sagrado de los loros, palomas monteces y benteveos.
Escuchaba el murmullo de los arrieros bajo la sombra del monte, las coplas que el sol le cantaba a las estrellas, y las crónicas de polvo y silencio de la gente que habita las quebradas profundas.
En el mapa de su memoria habitaban los sauces criollos, esos viejos guardianes que dividían las fincas con sus brazos de hojas. Guardaba también el secreto de la uva que se vuelve aguardiente y mistela, la dulzura oscura del arrope y el milagro dorado de la algarroba madura.
Su historia era el eco de un tiempo lejano, un tiempo de pozos de balde y acequias místicas, donde la vida se medía con el ritmo pausado de la arada con bueyes y la siembra sagrada en las terrazas de cultivo.
Mi abuelo Simón olía a alba. Traía en las manos el pulso rítmico del maíz despertando en el mortero de piedra y el rescoldo tibio donde las tortillas doraban su corteza de ceniza. Su sombra andaba entre el perfume del pimentón, el comino y el ajo tostándose para el sofrito, justo cuando el mate amargo empezaba a entibiar el pecho frente al frío que baja del cerro.
Su liturgia diaria era un puente con la vida: tirarle maíz a las gallinas, soltar a la pastura a los caballos, a las vacas, a los burros y a las ovejas, mientras el cielo entero se arrodillaba a beber en los atajados de agua. Cosas sagradas. Cosas de mi gente del valle.
Yo vengo de allí, de ése rincón del mundo donde la Pachamama es la primera y la última palabra. Un territorio sagrado donde los hombres no necesitaban relojes para sembrar el maíz capia o para pedirle permiso a un cardón antes de hachar su madera seca. Su única guía era el pulso de la luna.
Cuando el sol o la luna se coronaban con un cerco de luz, el abuelo ya sabía si el verano traería aguaceros benditos o si el invierno mordería con su viento blanco. Le bastaba oler el aire de la tarde para saber desde qué cumbre bajaría el viento Toro o zonda, despeñando las nubes sobre el valle.
En el universo del Simón las distancias tenían cuerpo. No hacían falta cintas métricas ni herramientas ajenas; bastaba extender la mano, abrir el pulgar y el meñique, y a pura cuarta, con la medida exacta de su propio cuerpo, calcular el largo de un tirante o de un horcón de algarrobo para levantar un rancho de adobe, paja y barro.
Para medir la anchura de una melga, alcanzaba con sus pasos firmes; contando los medios pasos, la tierra le revelaba cuántos surcos se abrirían para acunar el maíz, el poroto o las habas.
Yo vengo de ésa estirpe de viejos que empeñaban la palabra como quien entrega el alma, porque la palabra dada era un juramento de piedra. Sí, señores: yo vengo de esa tierra de viejos sabios, hombres llenos de una experiencia tan honda que todo lo sabían y todo lo sanaban, sin excusas y sin pretextos.
El tiempo, que a veces cree que pasa, intentó llevarse al abuelo Simón una tarde de viento Zonda. Pero los hombres que tienen el valle sembrado en las venas no caben en la muerte. Simón no dejó sus tierras. No se marchó. Decidió desatar sus nudos y quedarse disuelto en el paisaje.
Hoy, cuando el sol de la tarde enciende los cerros de La Puntilla o el atardecer de El Puesto o la noche estrellada de la Salamanca, se lo puede ver en el brillo de los cardones. Su aliento sigue vivo en el viento que menea los sauces criollos, su voz resuena en el golpe del agua que corre por las acequias, y su mirada sabia vigila, eterna, cada surco de maíz que vuelve a brotar en el valle.
El abuelo Simón ya no camina sobre la tierra: ahora es la tierra misma. Ahora es memoria viva que recorre mi cuerpo, la palabra sagrada, la sangre que brota y ruge en mis venas...
A Simón, el Tigre del Valle...