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CARA Y CRUZ

Política tóxica

17 de julio de 2024 - 00:13

La reticencia de los jugadores de la Selección nacional de fútbol a compartir escenario con las autoridades del país denuncia la degradación de la política argentina, su enajenación respecto de los sentimientos del pueblo cuya representación se arroga.

Los miembros de un equipo que ha ganado todo con talento y entrega enormes se niegan a contaminar la felicidad que han ofrendado a los argentinos con especulaciones facciosas tan tóxicas como pigmeas.

Con esta sensata decisión, se protegen tanto a ellos mismos como al glorioso triunfo de manoseos tendientes a esgrimirlos como botín.

Solo un puñado retornó al país después de coronarse bicampeón de América y eligió una celebración discreta tras compartir la alegría con la gente que los esperó en Ezeiza. El resto se quedó en los Estados Unidos o retornó a Europa.

Política afuera, pero porque la política se encargó de desterrarlos previamente.

El recuerdo de lo que vivieron después de ganar la Copa del Mundo les habrá bastado para desestimar la oferta de Javier Milei para que saludaran desde el balcón de la Casa Rosada. En aquel 2022, bajo la Presidencia de Alberto Fernández, también pretendieron parasitarles la victoria y prefirieron soportar un festejo popular caótico y peligroso antes de quedar entrampados en enjuagues publicitarios de tahúres.

También habrá contribuido a la prudencia la memoria del papelón que signó las exequias de Diego Armando Maradona, con barrabravas copando la escena y parlamentando como pares con Fernández en un velorio prolongado para satisfacer especulaciones demagógicas.

Lionel Messi llorando como una criatura por no poder terminar la final contra los colombianos fue la síntesis del compromiso genuino y ayuno de cálculos. Imposible compatibilizar eso con el muestrario de mezquindades y golpes bajos de la política nacional.

La degradación ha llegado a un punto en que el Estado envilece lo que toca, por puro que sea.

En la Argentina, la veneración por los héroes deportivos contrasta con el descrédito del poder público brutalmente.

La Selección española campeona de la Eurocopa, en cambio, fue recibida por el Rey Felipe IV y su familia y el presidente Pedro Sánchez sin temor a intoxicaciones, en ceremonias impecables por el respeto de los representantes del Estado hacia los campeones. La frialdad del saludo a Sánchez de algunos integrantes del plantel, por divergencias políticas, fueron evidentes y destacadas por los medios, pero de ningún modo alcanzaron para empañar las celebraciones oficiales.

Es improbable que los españoles adoren a sus políticos, en todos lados se cuecen habas. Pasa que en España el Estado representa a todo el país, al margen de quien ocupe los cargos. Que una Selección campeona sea recibida y honrada por las autoridades es lo más natural del mundo y a nadie se le ocurriría mezclar los tantos.

Es una diferencia abismal con lo que ocurre en la Argentina, donde el prestigio de las investiduras públicas se ha desplomado a niveles subterráneos. La distancia entre el respeto por la Selección y el desprecio por la política es tan insalvable que los políticos quedaron inhabilitados para participar de las manifestaciones de felicidad popular. Su descrédito les impide encarnar el sentimiento colectivo.

Esta Selección, aparte, tiene el mérito de haber desmentido a puro esfuerzo y humildad las impiadosas críticas que se descargaban sobre ella cuando los resultados no se les daban o no les alcanzaban para llegar a la cúspide. Estas objeciones, que incluían la imputación de no tener el suficiente amor por la camiseta, fueron sepultadas no solo por el desempeño deportivo sino también por la conducta.

Es un equipo con el que los argentinos pueden sentirse identificados con legítimo orgullo, que los redime ante el mundo de la mediocridad y el odio infructuoso con que los engrillan sus gobernantes. n

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