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Pedaleando por el Capagñan

Enrique Traverso

28 de abril de 2024 - 23:56

Las crónicas de historiadores dicen que los guerreros calchaquíes que habitaron el Valle de Yokavil eran hombres de buena estatura, cobrizos y de larga cabellera. Tenían conocimientos e inquietudes astronómicas y estrategia para el combate. Adoraban a otros dioses. Poseían conocimientos de cerámica avanzados, una cosmovisión propia, habilidades en torno a la agricultura. Acabaron diezmados y sometidos, arriados a los confines de Buenos Aires.

Otoño a pleno en el valle de Yokavil. El pimiento rojo se seca sobre las espaldas de unos morritos que algunos campos tienen acá en El Cerrito o en Fuerte Quemado. Las vainas son gemas rojas que gozan de sol y viento para llegar a su punto óptimo.

Es ésta una zona viñatera. Hay doce bodegas, algunas de reconocido prestigio, que producen los mejores vinos en la región, y otras pequeñas que hacen vinos orgánicos de una tersura particular.

Una vieja docente polemiza una gastada polémica: en lugar de Margarita Palacios, la enorme figura que se yergue en donde se dividen los caminos (a Lampacito para un lado, a Fuerte Quemado para el otro) debería ser la de don Carlos Acosta Villafañe, “patriarca del folclore argentino”, agrega altiva y con toda razón.

El sitio La Ventanita demarca el límite entre Catamarca y Tucumán en un brazo de la ruta 40. La línea atraviesa unos cerros con formaciones rocosas, anteriores a la Cordillera de Los Andes. Parado ahí arriba, un poeta, que es un astrónomo de alguna manera, percibe a lo lejos y siempre antes del cenit el patio donde Eusebio Mamaní hace tallas con raíces y troncos que trajo alguna creciente. Con casi 90 acuna la caja con sus dos manos-montañas, que parecen aquellos cerros azules primero y rojos después, meciendo a la luna. Genuino cantor de vidalas y bagualas, bajo su pañuelo al cuello lleva una bala de soldado de aquel batallón que defendió a Perón. La enseña explicando de qué lado le tocó estar en el 55.

El sitio es una pequeña ventanita reconstruida, inspirada en una similar que antes de la llegada del inca era un observatorio astronómico. La arqueoastronomía tiene en este sitio un lugar de privilegio para trazar el azimut, que dará el arco medido sobre el horizonte celeste, formando el punto cardinal norte y la proyección vertical del astro sobre el horizonte de quien, parado en la ventanita por un momento en cualquiera de los dos solsticios, parece comprenderlo todo. Primero se apaga el comando de la razón. Desde ese cerro se domina todo el Valle de Yokavil: se puede ver Colalao del Valle y Tolombón, el pueblo donde residía el bravo Juan Calchaquí, que hoy es reguero de bodegas prestigiosas y sublimes. Como diría Virgilio, el vino sublime que embriagó a David.

Pedaleando por el Capagñan en plena pandemia del covid, cuando ya se había instalado aquello de quédense en casa, nos bañamos con mi amigo Juan U. en Pozo Verde de Hualfín. Pozo Verde es una cuchillada roja y no verde con un riacho de aguas carmesí, entre piedras marrones, amarillas y rojas. Otra vez el rojo en crepúsculo viniéndose sereno sobre el rostro del mundo. Atardecer rojo. Tomamos unos mates con un porongo muy pequeño en un sitio arqueológico a orillas del camino, del capagñan, el camino principal del inca, una obra de ingeniería y arquitectura del siglo XV. Sendero madre, muchas veces rojo, que nace en el Cuzco y viene hasta Londres de Belén.

La curva que hicimos a pedal empezó en “La Aguada”, cerca de Londres de Belén, y terminó en un espacio centinela que une ese rincón de Fuerte Quemado con suelo tucumano: Los Chañares. Un pueblito majestuoso, con una aguada y frutales edénicos. Todos en el pequeño caserío son parientes, pero los trasciende el patronímico Los chañares. Es cada uno de ellos un chañar y juntos son Los Chañares. Es como llevar de fantasía el apellido del árbol a cuestas del nombre.

Una vez pasó Perecito, el poeta Miguel Ángel Pérez de Santa María, por aquel paraje encantado. Escribió una copla simple y pura como una gota de agua: Pa lo que mande/ -soy del Chañar-/ Pa cuando ya no ande/ me ha de extrañar.

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