A partir del trabajo diario, realizando entrevistas y tratamientos psicológicos con niños, recibo un alto porcentaje de demandas de consultas por mal comportamiento en la escuela, cambios en elcomportamiento a partir de un determinado hecho, “ataques de pánico”, "no hace las tareas", etc. Pero el “noto que mi hijo ya no juega o no les es fácil relacionarse con los amigos” puede ser un dato que aparece a partir de una pregunta del terapeuta que no siempre es escuchada como significativa.
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"Los niños necesitan más a sus padres que al terapeuta"
Por Graciela Walther
Como terapeutas sabemos que en este dato nos encontramos con indicadores clínicos significativos. Sobre el jugar se ha escrito mucho. Entonces ¿qué aportes puede hacer este artículo? Si pareciera que lo que nos es central no resuelve los malestares de los adultos consultantes, pero si aporta salud mental en el niño.
Hace unos días me vi sorprendida al escuchar en una sala de espera a una nena de un año que le decía “cucú papá” y el padre le cantaba: cucú, cucú cantaba la rana. Ella en sus brazos lo miraba y de nuevo “cucú papá” y él volvía a cantar.
Me pregunté por qué me sorprendía, quizás era porque hace mucho tiempo no veía una escena así, acostumbrada a que el tiempo de espera sea una contienda por quién tiene el celular. Pensé esto es extraordinario, va a ser una niña saludable, curiosa, segura y con confianza en sí misma. Un hecho extraordinario, luego me preocupé ¿Cómo que esto es extraordinario?
Qué pasa: el mundo está patas para arriba. Cuando preguntamos qué se espera obtener de un tratamiento psicológico, se escucha: que sea feliz, que tenga todo lo que yo no tuve. ¿Que faltó? ¿Padres que tengan disposición a cantar una y otra vez, a leer el mismo libro todas las noches, a disfrutar de verlos jugar (algo que a los niños les fascina)¿ ¿Adultos puedan disfrutar de verlos niños y por qué no de meterse a jugar también?
Me vino el recuerdo de una tía abuela, la tía Poro. Se sentaba en el patio de la casa de Belén, con el bastón y en complicidad señalaba dónde estaban escondidos mis hermanos, primos y otros niños. Eran horas de juego donde ella participaba en el “mejor juego del mundo” -como dice mi hija- las escondidas.
La escondida es uno de los primeros juegos. Los bebés lo juegan sin que se lo enseñen, cierran sus ojos y los abren con regocijo, esperan que la mirada del otro siga sostenida y en ese nuevo encuentro aparece la sonrisa porque la presencia de su mirada sigue presente. Cuando pueden coordinar sus manos, se tapan la cara con algo para luego sacársela volviendo a esperar ese encuentro, que lo sigan mirando, continúen presentes y es el inicio de algo fundamental: el sentirse sostenidos en esos momentos de presencias- ausencias, lo que habilita descubrir el mundo, investigarlo, ser curiosos, abriéndose al mundo.
La esencia infantil no se ha modificado, cambia cuando somos adultos: nos miramos menos, jugamos poco y nos desconectamos más. Los niños requieren un tiempo de presencia, de conexión, de escucha. Esto los pone felices, les permite relacionarse con sus pares, estar tranquilos y a los padres sentirse mejores padres.
Siempre repito en las sesiones los niños necesitan más a sus padres que a los terapeutas. Cuando los padres se presentifican en su rol, las dificultades o síntomas disminuyen.