El otro día me enteré que existe el día del lector, justamente porque se celebró la fecha y yo, tan campante, ese día leí de manera irresponsable, sin ceremonias previas ni salutaciones. Otras personas tuvieron la precaución de anunciar por redes sociales que ese día leerían en honor a la fecha; incluso tengo entendido que hubo encuentros de lectores, en los cuales asumo se habrá tenido el decoro de leer en silencio.
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Leer
Por Rodrigo L. Ovejero
Este asunto me hizo preguntarme acerca de la lectura como actividad, como hábito y como forma de vida. En algunos casos patológicos, entre los cuales me encuentro, la gente lee de manera compulsiva, malsana; si bien todavía conservo el placer de la lectura, a veces me pregunto si no habré reemplazado al cigarrillo, hace tantos años apagado por última vez, por los libros. Al igual que el cigarrillo, la literatura me ha hecho gastar un montón de dinero para matar un tiempo que de todos modos se iba a morir, y no me ha llevado a ningún lugar mejor. Borges dijo alguna vez que no había sido feliz, y todos sabemos que era un gran lector. Probablemente esos dos datos estén más conectados de lo que creemos.
Para mí, la literatura es escape. En los últimos años, por ejemplo, la vengo usando como una manera de escapar de la inmediatez y el vértigo de la vida moderna de Rocko. En una época donde todo tiene que ser nuevo todo el tiempo, comprometerse a una historia, a sus detalles, a su ritmo, a la insoportable lentitud del avance página a página que no se puede saltar mediante un click, me facilita pensar las cosas de otra manera (también equivocada, por supuesto, pero más detenida). De vez en cuando me obligo incluso a leer libros de más de mil páginas, esos mastodontes en vías de extinción. Nada mejor para forjar la paciencia que novecientas páginas de prolegómenos, al cabo de las cuales uno advierte la cantidad de horas tiradas a la basura y decide acometer el último tramo del libro con la justificación de que ya es muy tarde para abandonarlo.
Paradójicamente, creo que hoy por hoy el gran valor de la lectura es no tener una utilidad inmediata. A lo largo de la vida uno se enfrenta a situaciones que puede resolver con mayor solvencia gracias a alguna página pérdida que leyó por ahí, se encuentra más capacitado para soportar desamores, el paso del tiempo, y le presta más atención a cosas que a veces pasan desapercibidas. Pero no vamos a recibir ningún premio por terminar una novela, ni nos van a pagar por la cantidad de libros que leímos en el año. Ni siquiera tendrá un efecto positivo en la salud, porque es una actividad más bien sedentaria. Podrá argumentarse tal vez que es una actividad buena para el cerebro, pero se nos va a echar a perder de todos modos algún día. Y es justamente allí donde radica la importancia de leer de vez en cuando. Últimamente la vida se trata de perseguir cosas: el éxito, el amor, el dinero, la fama, y en esa eterna persecución leer un libro es sentarse un rato en la vereda a ver pasar la vida, algo que cada día nos hace más falta.