El descubrimiento de la violencia que Alberto Fernández ejercía sobre Fabiola Yánez termina de revelar la impostura institucional y política que Cristina Kirchner impuso al país durante cuatro años.
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La última máscara de Cristina
Indicios de esta ficción que ya estaban en el evidente desequilibrio de la fórmula presidencial con la que el Frente de Todos ganó las elecciones de 2019 fueron cobrando fuerza de evidencia a lo largo de la gestión albertista, signada por la falta de reacción del Presidente a las sistemáticas humillaciones que en forma de reconvención y advertencia le dedicaba su Vicepresidenta desde los púlpitos ultrakirchneristas.
El acceso de Sergio Massa al Ministerio de Economía en julio de 2022 verificó la farsa. Que reemplazara a Martín Guzmán, denostado por el kirchnerismo desde el acuerdo con el FMI, era un dato. El otro, más significativo pero menos destacado en aquel momento, era que los componentes de mayor densidad política del Frente de Todos se despojaban de la máscara de Alberto y tomaban el poder directamente, sin que el Presidente se resistiera.
Oferta contranatura
Fue un blanqueo.
Fernández era un operador insignificante en términos políticos. La feligresía cristinista festejó su nominación a la Presidencia como una demostración más de la infalibilidad estratégica de su líder, que atenuaba los rasgos más irritantes del kirchnerismo entregándole el protagonismo del binomio a un sujeto supuestamente mesurado y sensato. Se trataba de una concesión del genio cristinista a la mediocridad, justificada en la necesidad de evitar la reelección de Mauricio Macri.
Sin embargo, no era Fernández sino Massa el que hacía el aporte determinante.
Massa tenía un partido propio, el Frente Renovador, con el que había obtenido un 17% en las elecciones presidenciales de 2015 tras fracasar la intentona de sumarse al Cambiemos de Macri, los radicales y la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Contaba con terminales en el interior y también una estructura en la Provincia de Buenos Aires edificada desde la intendencia de Tigre y solidificada a partir del triunfo como candidato a diputado nacional sobre el postulante kirchnerista Martín Insaurralde en 2013.
La oferta del Frente de Todos era contranatura.
La dirigente de mayor gravitación ocupaba la Vicepresidencia y quien le seguía en términos de peso específico, Massa, acordó por la Presidencia de la Cámara de Diputados. El poder formal se delegaba en la pata más frágil y menos representativa de la alianza.
Fernández tenía asignadas funciones ornamentales, de tapadera y jamás pudo desembarazarse de ellas. Fue en el origen y terminó siendo instrumento de las ambiciones de Cristina y Massa. Lo que era: no un líder, sino un prescindible operador.
Denigración
El denigrante ocaso de Alberto cierra la perversa secuencia: acusado por violencia de género y expuesto en el desenfreno de sus veleidades donjuanescas, Cristina y sus fanáticos apuntan a convertirlo en el culpable exclusivo del estrepitoso fracaso al que arrastraron al peronismo y que abrió paso a la traumática experiencia de Javier Milei. Esto es: pretenden reutilizarlo en el rol profiláctico que le dieron desde el principio.
Reinciden para esto en el bastardeo de las banderas de género, práctica que Fernández desplegó a la perfección con las enfáticas reivindicaciones del feminismo que profería mientras maltrataba a la madre de su hijo y se refocilaba en romances extramaritales.
El tuit de Cristina franquea la táctica, con saña característica sobre el caído en desgracia.
No solo dijo que Alberto “fue un mal presidente”, sino que lo ubicó en la línea de Fernando De la Rúa y Macri.
Luego de tan somera referencia política, procede a ponerse la careta seleccionada para tratar de inmunizarse del escándalo.
Las fotos de Yáñez y los chats en los que le recrimina a Fernández por las golpizas “delatan los aspectos más sórdidos y oscuros de la condición humana”, esclareció Cristina antes de asentar el hallazgo intelectual más importante: “La misoginia, el machismo y la hipocresía, pilares en los que se asienta la violencia verbal o física contra la mujer, no tienen bandera partidaria y atraviesan a la sociedad en todos sus estamentos”.
Nada más cierto, aunque sea una lástima que tantos exponentes de tales miserias hayan contado con el amparo del kirchnerismo. El intendente de La Matanza Fernando Espinoza, sin ir más lejos, procesado por abuso sexual y sin embargo recibido sin mayores reproches en el acto de jura de la nueva Constitución de La Rioja que tuvo al gobernador bonaerense Axel Kicillof como figura principal junto a Ricardo Quintela.
A continuación, la exvicepresidenta se puso autorreferencial, no es cuestión de que esta Fabiola Yáñez sea la única víctima estelar del momento por haber ligado unos chirlos.
“En lo personal y como mujer que ha sido objeto (y lo sigue siendo) de las peores violencias verbales y políticas, hasta la máxima experiencia de violencia física, como fue el intento de asesinato del 1 de septiembre del 2022, expreso mi solidaridad con todas las mujeres víctimas de cualquier tipo de violencia”.
Omisión
La pieza se destaca por las obviedades, el egocentrismo y las omisiones. La peripecia protagonizada por Fernández, de entusiasta “aliade” pañuelo verde a golpeador, induce a desconfiar de las sobreactuaciones.
La solidaridad de Cristina y el cristinismo con Fabiola Yánez es tardía: la necesitaba antes, cuando la apaleaban y humillaban, no ahora, que está protegida por la Justicia, el respaldo social y el absoluto aislamiento de su victimario.
¿Quién puede creer que una facción política tan propensa al control como el kirchnerismo desconocía los escabrosos detalles domésticos de la vida en Olivos? ¿Todo le alcahueteaban a Cristina, menos esto?
Menos obvio y redundante sería el pronunciamiento de la exvicepresidenta si al menos hubiera insinuado alguna explicación por haber encumbrado a la Presidencia a tamaño fraude.
Es irónico, porque asumir que Cristina ignoraba quién era Fernández implica desacreditar su inteligencia y su talento político. El limitado Fernández se las habría apañado para engañar a la más sagaz estadista del país. Insoportable.
Alberto Fernández fue fundador del kirchnerismo y tenía trato íntimo con ella y con Néstor. Fue su Jefe de Gabinete hasta 2008, año en que lo despidió por considerarlo demasiado amigo del Grupo Clarín y propenso a acordar con el campo.
Fernández se convirtió desde esa exoneración en uno de sus más enconados enemigos, con más acidez después de la muerte de Néstor.
Por prolongada amistad, pero más por enemistad, Cristina conocía al detalle las características del personaje que promovía a la máxima magistratura del país.
La pregunta es si lo eligió a pesar de esos inconvenientes rasgos o debido a ellos.
Hipocresía
La indecorosa decadencia muestra a un hombre débil, esclavo de sus pasiones, que descargaba su frustración política en violencia contra su pareja. Un hombre manipulable por sus fragilidades.
A ese sujeto le entregó el control la máxima líder argentina. Su responsabilidad en la degradación institucional es indelegable, por mucho que pretenda afligirse por la violencia de género.
Hay episodios que condensan una época.
La revelación de los maltratos a Fabiola Yáñez es una inesperada derivación de la causa por corrupción con los seguros de los organismos públicos que gestionaba la secretaria privada histórica de Fernández, María Cantero.
Cristina y sus tropas completan el círculo con la malversación de las luchas de género, en la misma senda transitada por el expresidente.
Abusos de poder, corrupción, hipocresía.
El ensañamiento sobre Alberto Fernández es la última máscara de Cristina Kirchner.
Por prolongada amistad, pero más por enemistad, Cristina conocía al detalle las características del personaje que promovía a la máxima magistratura del país. La pregunta es si lo eligió a pesar de esos inconvenientes rasgos o debido a ellos.