Análisis

La memoria que tiembla, la memoria que nos habita

Por Karina Tapia

1 de noviembre de 2026 - 21:13

En este Día de los Muertos, la obra teatral Temblar es la cisura de la memoria, escrita y dirigida por T atiana Valdez, estrenada el viernes pasado por el Elenco de la Comedia Municipal de la Capital de Catamarca, nos invita a volver la mirada hacia nuestros abuelos y abuelas, esos habitantes entrañables de nuestra memoria que siguen viviendo en nosotros a través de sus gestos, sus palabras, sus hazañas cotidianas y sus maneras singulares de cuidar la vida.

La obra construye una poderosa metáfora: el tembladeral de la tierra del NOA, de sus valles y montañas, se traslada al tembladeral de nuestros cuerpos y nuestras almas cuando los recuerdos más significativos de nuestra historia emergen, conmueven y reconstruyen nuestra identidad. Porque el recordar así también es experimentar un movimiento sísmico: algo se desplaza dentro de nosotros y algo esencial permanece.

Sumado a esto, la obra parte de un relato autobiográfico fragmentado a través de distintas edades del personaje principal, Tatiana Luján Paula, que a su vez es representada por distintos actores, y se instala en la memoria de las abuelas del NOA, es decir desde un yo concreto, la obra convoca la memoria de un nosotros cultural norteño en torno a la figura de la Abuela -con todo el peso que tiene la palabra “Abuelas” en nuestro país, Argentina-.

Según los sentidos que atraviesan la obra teatral, las Abuelas del NOA participan muy activamente en la crianza y marcan rumbos en el devenir hereditario de sus nietas y nietos, como el de “creer y crear” que reitera Tatiana a lo largo de la obra. Las abuelas del NOA están consustanciadas con la naturaleza al tiempo que las atraviesa una profunda religiosidad cristiana. Las abuelas del NOA dejan huella similar, incluso, al apego maternal. Las abuelas del NOA –y del mundo- están entre los primeros duelos que tenemos que afrontar.

Particularmente conmovedora resulta la reconstrucción del recuerdo de armar el pesebre en Navidad. Allí, la memoria recupera una práctica familiar que excede su dimensión religiosa para convertirse en ceremonia de encuentro, transmisión y pertenencia. Desde ese pesebre inicial hasta la presencia de la Señora del Milagro, de Salta, y de la Virgen del Valle, de Catamarca, la religiosidad aparece como una dimensión protectora invocada por la Abuela, que acompaña la fragilidad humana frente a los acontecimientos de la naturaleza y de la existencia.

La propuesta escenográfica merece una consideración especial. Los círculos rodantes, dispuestos en diferentes alturas y articulados alrededor de un eje escénico central, construyen por momentos -junto a las telas blancas y las cerámicas contenedoras- imágenes visuales simétricas y armónicas. Los cuerpos descalzos de los intérpretes, vestidos de blanco y verde, parecen habitar un espacio suspendido: el verde convoca la vida y su persistencia; el blanco sugiere pureza, dimensión espiritual y cierta sensación de levitación. Las prendas, al dejar los pies y parte de las piernas al descubierto, contribuyen a esa percepción de cuerpos que transitan entre lo terrenal y lo trascendente.

Las piedras condensan otra de las grandes imágenes de la puesta: la acumulación, el derrumbe, el choque entre ellas desde la construcción del pesebre hasta la muerte, desde los recuerdos familiares hasta la recuperación de los restos que dejan los terremotos y los temblores de nuestras geografías cordilleranas y precordilleranas. Todo eso construye memoria, porque la memoria también es materia, huella y vestigio.

La cámara en mano introduce, además, una interesante doble dirección de actuación: la teatral y la cinematográfica. La amplificación de los gestos en pantalla gigante —especialmente los de la abuela y la nieta— y el uso de dos micrófonos de pie para potenciar las voces, acercan al espectador a la intimidad de los recuerdos.

Una dimensión especialmente significativa es la interacción que la obra propone con el público. Desde el ingreso, los espectadores son invitados a escribir sus deseos y los nombres de sus abuelos y depositarlos en una urna. Esos nombres y esos deseos, posteriormente recuperados y ritualizados en la escena mediante sahumos, adquieren una nueva presencia. La ruptura de la cuarta pared y la presencia actoral entre los espectadores profundizan esta experiencia: la memoria abandona los límites del escenario y se instala en el espacio común. Ya no se trata solamente de recordar a las abuelas de la pieza teatral, sino también de convocar a los nuestros. El teatro se convierte así en un espacio de evocación, reconocimiento y ceremonia colectiva donde cada espectador entrega algo de su propia historia y la escena lo devuelve convertido en ceremonia.

Hay en esta obra una sensibilidad álmica: la memoria reúne distancias, geografías, afectos y milagros. Porque nuestros muertos no desaparecen completamente mientras sus historias encuentren cuerpos, voces y espacios donde volver a contarse. En definitiva, somos también aquello que nuestros abuelos hicieron por nosotros. Y cada vez que los recordamos, la tierra vuelve a temblar, pero esta vez para recordarnos de dónde venimos y quiénes somos.

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