jueves 24 de septiembre de 2026
En mi cielo de tierra

La medida exacta

Por Celia Sarquís

Hay un poema conmovedor, “La medida de mi madre”, de la española Begoña Abad, que nos atraviesa con estas imágenes:

No sé si te lo he dicho:

mi madre es pequeña

y tiene que ponerse de puntillas para besarme.

Hace años yo me empinaba, supongo,

para robarle un beso.

Nos hemos pasado la vida estirándonos y agachándonos

para buscar la medida exacta donde poder querernos.

Tiene que ver con la relación y el amor entre una madre y su hija o su hijo, como primera lectura. Detrás de eso, como círculos concéntricos que se van abriendo paso en una fuente de agua (así lo planteaba Gianni Rodari), van apareciendo otros vínculos, otras analogías. Otras lecturas.

La tarea del cuidado de los niños. Esa responsabilidad que recae (o debe recaer) sobre un adulto y que va mucho más allá de la salud y la alimentación. En los primeros años, el nivel de dependencia, a veces, es abrumador. Con el correr del tiempo, como esas viejas balanzas de pesas, va equilibrándose.

Y un día, alguien te para en la calle y te dice: ¡¿Mirá cómo ha crecido tu niña?! ¡Ya tiene tu estatura!” O esa otra, tan churita: “Parecen hermanas”. Es casi inevitable seguir el camino sin una sonrisa en la cara.

Pero más inevitable es ese tiempo que empieza a disminuirnos y hoy no podemos enhebrar una aguja o con un reconocimiento facial (acerque, gire hacia la izquierda, cierre los ojos) en este mundo digital.

Bueno, todo sabemos de eso, y lo que sigue. Y cómo el cuidador se vuelve el cuidado. No es la idea ponernos reflexivos. Así que voy a contarles una anécdota familiar.

La mayor de mis hijas le temía (le sigue temiendo) a las inyecciones. Pavor le daban. Un día, hubo que llamar a un servicio de emergencia. Todo iba bien: la doctora que la revisaba, el enfermero que le pasaba los elementos, y ella desparramada en mi cama. Hubo un diálogo breve, el diagnóstico (pongamos de caso, un empacho) y el enfermero desenfundó la jeringa.

Salto de gato de mi hija, que sale corriendo; por instinto, costumbre o lo que sea, salgo detrás. La doctora, que me sigue, el enfermero que sigue a la doctora. Damos dos vueltas corriendo alrededor de la casa, pieza, pasillo, hall, cocina, pieza, hasta que, en una mala jugada, la niña intenta esconderse en el baño. Entramos como tiro los cuatro.

La escena que sigue la recuerdo asi: ella tirada en el piso, el enfermero que la sujeta de los brazos. La doctora y yo, de las piernas.

-¿Qué hacemos? -murmura la doc. Capaz que no murmura, porque m´hija estaba a los alaridos.

-Si hay que ponerle un inyectable, se le pone.

Una de las tantas historias familiares que reaparecen en el memoria muy de vez en cuando, por suerte.

Salto de tiempo. Casi cincuenta años.

Me duele mucho la cabeza. Un dolor raro.

-A nivel epidermis, como un hormigueo…-le explico a la doctora.- solo del lado derecho.

Me toman la presión, me auscultan. No paro de hablar (no me gustan los médicos), le cuento que estoy con mucha presión, que llevaba semanas con contractura en el cuello…

- Es del estrés -me dice la doc. – le sugiero un analgésico.

Con una sincronía teatral, ingresa la enfermera con esa latita alargada y plateada.

-Ah, un inyectable… -y entro a dudar- Tengo pastillas en casa…

De atrás, sale la voz (cierto que le pedí que me acompañe) de mi hija mayor:

- El inyectable te va a calmar ahí nomás el dolor.

Asiento con una sonrisa forzada, me recuesto, ladeo el pantalón.

Salgo rengueando. El dolor de cabeza ya pasó a cuarto puesto.

-Me la cobré – dice.

La vida nos regala “la medida exacta donde querernos”.

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